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Entró, se quitó el chaquetón y lo tiró sobre la cama. Llevaba un vestido verde. Luego se sentó en una silla que había delante del escritorio y empezó a balancear el pie en el aire. Cruzó las piernas y siguió moviendo el pie. Para ser prostituta estaba la mar de nerviosa. De verdad. Creo que porque era jovencísima. Tenía más o menos mi edad. Me senté en un sillón a su lado y le ofrecí un cigarrillo.

– No fumo -me dijo. Tenía un hilito de voz. Apenas se le oía. Nunca daba las gracias cuando uno le ofrecía alguna cosa. La pobre no sabía. Era una ignorante.

– Permítame que me presente. Me llamo Jim Steele -le dije.

– ¿Llevas reloj? -me contestó. Naturalmente le importaba un cuerno cómo me llamara-. Oye, ¿cuántos años tienes?

– ¿Yo? Veintidós.

– ¡Menuda trola!

Me hizo gracia. Hablaba como una cría. Yo esperaba que una prostituta diría algo así como «¡Menos guasas!» o «¡Déjate de leches!», pero eso de «¡Menuda trola!»…

– Y tú, ¿cuántos años tienes? -le pregunté.

– Los suficientes para no chuparme el dedo -me dijo. Era ingeniosísima la tía-. ¿Llevas reloj? -me preguntó de nuevo. Luego se puso de pie y empezó a sacarse el vestido por la cabeza.

De pronto empecé a notar una sensación rara. Iba todo demasiado rápido. Supongo que cuando una mujer se pone de pie y empieza a desnudarse, uno tiene que sentirse de golpe de lo más cachondo. Pues yo no. Lo que sentí fue una depresión horrible.

– ¿Llevas reloj?

– No, no llevo -le dije. ¡Jo! ¡No me sentía poco raro!

– ¿Cómo te llamas? -le pregunté. No llevaba más que una combinación de color rosa. Aquello era de lo más desairado. De verdad.

– Su

– ¿No te apetece hablar un rato? -le pregunté. Comprendo que fue una tontería, pero es que me sentía rarísimo-. ¿Tienes mucha prisa?

Me miró como si estuviera loco de remate.

– ¿De qué demonios quieres que hablemos? -me dijo.

– De nada. De nada en especial. Sólo que pensé que a lo mejor te apetecía charlar un ratito.

Volvió a sentarse en la silla que había junto al escritorio. Se le notaba que estaba furiosa. Volvió también a balancear el pie en el aire. ¡Jo! ¡No era poco nerviosa la tía!

– ¿Te apetece un cigarrillo ahora? -le dije. Me había olvidado de que no fumaba.

– No fumo. Oye, si quieres hablar, date prisa. Tengo mucho que hacer.

De pronto no se me ocurrió nada que decirle. Lo que me apetecía saber era por qué se había metido a prostituta y todas esas cosas, pero me dio miedo preguntárselo. Probablemente no me lo hubiera dicho.

– No eres de Nueva York, ¿verdad? -le pregunté finalmente. No se me ocurrió nada mejor.

– Soy de Hollywood -me dijo. Luego se acercó adonde había dejado el vestido-. ¿Tienes una percha? No quiero que se me arrugue. Acabo de recogerlo del tinte.

– Claro -le dije. Estaba encantado de poder hacer algo. Llevé el vestido al armario y se lo colgué. Tuvo gracia porque cuando lo hice me entró una pena tremenda. Me la imaginé yendo a la tienda y comprándose el vestido sin que nadie supiera que era prostituta ni nada. El dependiente probablemente pensaría que era una chica como las demás. Me dio una tristeza horrible, no sé por qué.

Volví a sentarme y traté de animar un poco la conversación. La verdad es que aquella mujer era una tumba:

– ¿Trabajas todas las noches? -le dije. Sonaba horrible, pero no me di cuenta hasta que se lo pregunté.

– Sí.

Había empezado a pasearse por la habitación. Cogió el menú del escritorio y lo leyó.

– ¿Qué haces durante el día?

Se encogió de hombros. Estaba muy delgada:

– Duermo. O voy al cine -dejó el menú y me miró-. Bueno, ¿qué? No tengo toda la…

– Verás -le dije-. No me encuentro bien. He pasado muy mala noche. De verdad. Te pagaré pero no te importará si no lo hacemos, ¿no? ¿Te molesta?

La verdad es que no tenía ninguna gana de acostarme con ella. Estaba mucho más triste que excitado. Era todo deprimentísimo, sobre todo ese vestido verde colgando de su percha. Además no creo que pueda acostarme nunca con una chica que se pasa el día entero en el cine. No creo que pueda jamás.

Se me acercó con una expresión muy rara en la cara, como si no me creyera.

– ¿Qué te pasa? -me dijo.

– No me pasa nada. -¡Jo! ¡No me estaba poniendo poco nervioso!-. Es sólo que me han operado hace poco.

– Sí, ¿eh? ¿De qué?

– Del… ¿cómo se llama? Del clavicordio.

– ¿Sí? ¿Y qué es eso?

– ¿El clavicordio? -le dije-. Verás, es como si fuera la espina dorsal. Está al final de la columna vertebral.

– ¡Vaya! -me dijo-. ¡Qué mala suerte!

Luego se me sentó en las rodillas:

– Eres muy guapo -me dijo.

Me puse tan nervioso que seguí mintiendo como loco.

– Todavía no me he recuperado de la operación -le dije.

– Te pareces a un actor de cine. ¿Sabes cuál digo? ¿Cómo se llama?

– No lo sé -le dije. No había forma humana de que se levantara.

– Claro que lo sabes. Salía en una película de Melvin Douglas. El que hacía de hermano pequeño. El que se cae de la barca. Seguro que sabes cuál es.

– No. Voy al cine lo menos posible.

De pronto se puso a hacer unas cosas muy raras, unas groserías horrorosas.

– ¿Te importaría dejarme en paz? -le dije-. No tengo ganas. Acabo de decírtelo. Me han operado hace poco.

No se levantó, pero me echó una mirada asesina.

– Oye -me dijo-. Estaba durmiendo cuando ese cretino de Maurice me despertó para que viniera. Si crees que voy a…

– Te he dicho que te pagaré y voy a hacerlo. Tengo mucho dinero. Pero es que me estoy recuperando de una operación y…

– Entonces, ¿para qué le dijiste a Maurice que te mandara una chica a tu habitación si te acababan de operar del…? ¿Cómo se llama eso?

– Creí que estaba mejor de lo que estoy. Me equivoqué en mis cálculos. Me he precipitado, de verdad. Lo siento. Si te levantas un momento, iré a buscar mi cartera.

Estaba furiosísima, pero se levantó para dejarme ir a coger el dinero. Saqué de la cartera un billete de cinco dólares y se lo di.

– Gracias -le dije-. Un millón de gracias.

– Me has dado cinco y son diez.

Iba a ponerse pesada. La veía venir. Me lo estaba temiendo hacía rato, de verdad.

– Maurice dijo cinco -le contesté-. Dijo que quince hasta el mediodía y cinco por un polvo.

– Diez por un polvo.

– Dijo cinco. Lo siento muchísimo, pero no pienso soltar un céntimo más.

Se encogió de hombros como había hecho antes y luego dijo muy fríamente:

– ¿Te importaría darme mi vestido, o es demasiada molestia?

Daba miedo la tía. A pesar de la vocecita que tenía. Si hubiera sido una prostituta vieja con dos dedos de maquillaje en la cara, no habría dado tanto miedo.

Me levanté y le di el vestido. Se lo puso y luego recogió el chaquetón que había dejado sobre la cama.

– Adiós, pelagatos -dijo.

– Adiós -le contesté. No le di las gracias ni nada. Y luego me alegré de no habérselas dado.