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– ¿Tienes ni la más remota idea de la hora que es? -dijo-. ¿Cómo te llamas? ¿Te importaría decirme cómo te llamas? -de pronto sacaba acento británico-. Por teléfono pareces un poco joven.
Me reí.
– Gracias por el cumplido -le dije, así como con mucho mundo-. Me llamo Holden Caulfield.
Debí darle un nombre falso, pero no se me ocurrió.
– Verás, Holden. Nunca salgo a estas horas de la noche. Soy una pobre trabajadora.
– Pero mañana es domingo -le dije.
– No importa. Tengo que dormir mucho. El sueño es un tratamiento de belleza. Ya lo sabes.
– Creí que aún podríamos tomar una copa juntos. No es demasiado tarde.
– Eres muy amable -me dijo-. Por cierto, ¿desde dónde me llamas? ¿Dónde estás?
– ¿Yo? En una cabina telefónica.
– ¡Ah! -dijo. Hubo una pausa interminable-. Me gustaría muchísimo verte. Debes ser muy atractivo.
Por la voz me parece que tienes que ser muy atractivo. Pero es muy tarde.
– Puedo subir yo.
– En otra ocasión me habría parecido estupendo que subieras a tomar algo, pero mi compañera de cuarto está enferma. No ha pegado ojo la pobre en toda la tarde y acaba de dormirse hace un minuto.
– Vaya, lo siento…
– ¿Dónde te alojas? Quizá podamos vernos mañana.
– Mañana no puedo -le dije-. La única posibilidad era esta noche.
¡Soy un cretino! ¡Nunca debí decir aquello!
– Vaya, entonces lo siento muchísimo…
– Le daré recuerdos a Eddie de tu parte.
– No te olvides, por favor. Que lo pases muy bien en Nueva York. Es una ciudad maravillosa.
– Ya lo sé. Gracias. Buenas noches -le dije. Y colgué.
¡Jo! ¡Vaya ocasión que había perdido! Al menos podía haber quedado con ella para el día siguiente.