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Martha, que había sido educada para considerar la frugalidad una virtud esencial, se encontró instalada junto a la piscina rodeada de flores del Coral Winds Hotel, apenas sesenta minutos después de deshacer la mochila (tras liquidar un cuenco lleno de melocotones y uvas cortesía del hotel y mandar sus pantalones cortos arrugados y sucios y las camisetas a la lavandería), llamando al camarero de la piscina y preguntando con cierta irritación si su segundo cóctel tardaría mucho.
Tras recibir una exagerada disculpa junto con el segundo cóctel, lo probó y se levantó, caminó hasta la piscina y se sumergió, nadó un par de largos, regresó caminando lánguidamente a su sitio y volvió a echarse, consciente de que era observada con interés por casi todos los hombres sentados alrededor de la piscina. Que fueran todos de mediana edad y casi todos estuvieran acompañados de chicas tailandesas, o chicos, aumentaba su placer. Era bastante agradable ser la única chica occidental del lugar y poseer el as de la novedad.
– Hola -dijo él saliendo del hotel-. ¿Te encuentras mejor?
– Estoy de maravilla -dijo Martha-, gracias.
– Excelente. Yo también. ¿Qué bebes?
– Un Bellini. -Lo dijo como si los tomara a todas horas, y sólo lo había pedido porque era el primer cóctel de la carta. Era muy bueno.
– Ah, es uno de mis preferidos. Me apunto. He pensado que podríamos comer aquí. ¿Te parece bien?
– Perfecto, pero… -la conciencia la asaltó a pesar de todo- podríamos ir a la playa si quieres.
– No, no tengo ganas de moverme. Hace un calor horroroso. Podemos ir por la noche.
– Vale -dijo Martha-, invito yo.
– Ah, de acuerdo.
Les sirvieron el almuerzo y comieron en amigable silencio. Por la noche pasearon por la playa en la apacible oscuridad. Cada cien metros había un restaurante, sobre la arena con velas en las mesas, un puesto de pescado fresco en hielo y una barbacoa encendida para cocinarlo. Se sentaron, pidieron barracuda, y mientras esperaban, bebieron cerveza bien fría y miraron cómo rompían las olas en la costa.
– Esto es vida -dijo Martha-. Ha acabado siendo un día estupendo. Me siento muy diferente.
– Pareces muy diferente -dijo él-, diferente de cómo te recordaba.
– ¿De verdad? Pues soy la misma.
La verdad es que no lo era. Al menos mientras durara el cuento de hadas se había vuelto despreocupada y segura de sí misma, otra chica completamente distinta, ya no una Cenicienta, sino una princesa y, hasta que sonara el reloj y se marcharan por la mañana, así sería.
Después de cenar volvieron paseando al hotel. Había una cantante de jazz en el bar, se sentaron a escucharla y tomaron más cócteles.
– Te lo juro -dijo Martha-, he bebido más hoy que en los últimos tres meses.
– Te sienta bien -dijo él-. Toma otro, otro Bellini, eso es lo que te has vuelto, una chica Bellini. Me encanta la transformación.
– Gracias.
– No, no, lo he pasado muy bien. ¡Gracias! Ha sido un interludio fantástico. Mañana cogeré un avión a Bangkok, venga, toma otro y después creo que podemos acostarnos.
Fue eso, aquella última copa. Un Bellini de más. La había puesto achispada, tonta, y más y más segura de sí misma.
Así que cuando fueron a sus habitaciones y él se inclinó para besarla, muy suavemente le dijo:
– Ha sido muy divertido.
Ella le respondió con más entusiasmo del que pretendía. Se dio cuenta de la sorpresa de él, y después, de su alegría. Le cogió la mano, la guió por los caminos bordeados de palmeras a sus bungalows y dijo:
– ¿Qué te parece si tomamos otra copa? Tengo media botella de champán en mi minibar y seguro que tú también. ¿Nos las tomamos juntos?
Eso hicieron y entonces, de alguna manera, parecía una buena idea sentarse en la cama y dejar que él la besara. Después de eso, el paso para seguir siendo una de esas chicas despreocupadas y seguras de sí mismas que se tomaban el sexo, como los demás placeres de la vida, sin mucha seriedad, era muy pequeño.
– Eres preciosa -dijo él-, de verdad. No tenía ni idea. No tenía ni idea…
Era muy agradable que le dijera eso un chico tan guapo. No quería volver a ser la aburrida y estirada Martha hasta que no tuviera más remedio.
Su último pensamiento, cuando estaba echada y lo miraba mientras le quitaba la ropa, fue de agradecimiento para un chico que la había librado de la virginidad en el norte, en el pueblo de elefantes llamado Chiang Mai. Tal vez no había sido una experiencia agradable, pero significaba que podía disfrutar de aquélla. Y lo hizo. Mucho. E incluso más a la mañana siguiente, justo al amanecer, antes de que él se fuera al aeropuerto en una de las limusinas del hotel, y ella volviera a convertirse en Cenicienta. Había sido bonito mientras había durado, y nada propio de ella. Pero se había acabado. Total y absolutamente. No se hacía ninguna ilusión sobre eso.