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– No, no podía. Clio, tú no sabes cómo era Binsmow, cómo es. No puedes estornudar sin que lo sepan todos y discutan dónde se te ha pegado el resfriado. Era la hija del vicario y había hecho lo peor que podía hacer una chica. Les habría avergonzado totalmente…

– Hablas como una novela victoriana -dijo Clio, y sonrió por primera vez-. ¿Avergonzarlos? Martha, por el amor de Dios, eran los ochenta.

– Pero toda la parroquia respetaba a mi padre muchísimo, él no se habría recuperado nunca, nunca. Creo que habríamos tenido que mudarnos, no lo habría superado…

– ¿Y cómo te sentiste? Cuando la dejaste.

– Bueno, descansé un rato, me lavé un poco, y después pensé: ya está, se acabó, lo he hecho, la tuve un rato en brazos y la envolví bien en una sábana y una manta que le había comprado en Bangkok, y la dejé en una especie de carrito que tenía toallas. Luego salí y me senté en un banco frente a la puerta, y esperé a que alguien la encontrara. Estaba muy preocupada porque había olvidado comprarle pañales, y pensé que se haría pipí en la manta. Después de todo aquello y estaba preocupada por un poco de pipí. En fin, alguien la encontró, una mujer de la limpieza asiática y salió pidiendo ayuda y se armó un gran jaleo, evidentemente, y entró y salió gente y por fin una policía se la llevó.

– ¿No te sentiste angustiada?

– No. Entonces no. Sólo sentí un gran alivio. Pensé «ya está a salvo, y se acabó», y eso fue lo que sentí. Sé que piensas que soy horrible, pero no sentí tristeza, ni esas cosas que se suponen. Más adelante, sí, pero entonces no.

– No creo que seas horrible -dijo Clio-. Sólo estoy triste por ti. Y te admiro muchísimo por ser tan valiente.

– Y entonces pensé: ahora puedo irme a casa. Aunque, claro, no podía, inmediatamente no. No me encontraba muy bien. Sangraba…, sangraba mucho. Fui al servicio y me duché, fue muy agradable, y después me senté arriba, en unos asientos, y dormí muchas horas. Me sentía bastante feliz, en realidad. Sabía que la niña estaba a salvo, y eso era lo más importante. Ya no tenía que preocuparme por ella. Y entonces empezó: sabía que tenía que quitármela de la cabeza y eso fue lo que hice.

– Y… ¿cuándo volviste a casa?

– Un par de días después, bueno cuatro, en realidad. Fui a un albergue en Hayes. Tenía el dinero justo y dormí mucho e intenté cuidarme…

– ¿Y tus padres no sospecharon nada?

– ¿Por qué tenían que sospechar? Cada día me sentía más segura. Sabía que ella estaba bien porque lo leí en los periódicos. Entonces lo enterré y lo enterré. Me esforcé mucho y lo conseguí. Y me convertí en la obsesa del control que tienes delante. Pero cuando estaba sola, en privado, de repente me acordaba de ella, me acordaba de cómo era, me acordaba de cuando la tuve en brazos, sobre todo en su cumpleaños, y eso era difícil, pero tampoco era del todo real. Era como si le hubiera pasado a otra, no a mí.

– ¿No deseabas contárselo a nadie?

– No, me daba un miedo terrible contarlo. Me aterraba intimar con nadie. Siempre he tenido pocas amigas. Con los hombres me sentía más segura. No era la clase de cosa que le contarías a un hombre.

– Supongo que sí. Oh, Martha, qué historia…

– Ya lo sé. Y después todas esas coincidencias extraordinarias que nos han juntado otra vez. Fue un día terrible, estaba corriendo y la vi en el periódico. El bebé abandonado, Bianca. Ese día me volví un poco… loca.

– ¿Y ahora?

– Ahora no lo sé -dijo Martha-. No tengo ni idea. Será el final de la vida que he llevado hasta ahora. Es un delito. Abandonar un bebé. Pueden caerte diez años en la cárcel. Y, peor que eso, soy candidata al Parlamento. Tienes que firmar un documento que dice que no hay nada en tu pasado que pueda causar problemas o vergüenza a tu partido.

– Sí -dijo Clio en voz baja-, sí, tienes razón. Martha, ¿el padre supo alguna vez algo?

– No -dijo ella enseguida-, absolutamente nada. No podía decírselo de ninguna manera. De ninguna manera. No quiero hablar de eso -dijo-. Lo siento.

– De acuerdo. Pero alguien tiene que hablar con Kate, Martha. Tiene que saberlo.

– Lo sé. Lo sé. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Quién va a decírselo?

– Yo creo que deberías decírselo tú -dijo Clio, con una extrema delicadeza.

Martha la miró.

– No creo que sea capaz -dijo.