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– Yo trabajo en la empresa de la familia. ¿Estás casada o algo?
– No, nada. ¿Y tú?
– Estoy casado. Sí. Muy casado. Tengo dos hijos. Dos niñas. Son un encanto.
– ¿Está aquí tu mujer?
– Sí, está por ahí. Bueno, parece que haya pasado mucho tiempo, ¿verdad?
– Mucho. Como en otra vida… En fin, debo volver a mi mesa. Me alegra verte, Josh.
– Lo mismo digo. Un vestido precioso -añadió.
– Gracias.
No había estado mal. Ninguna pregunta incómoda. Todavía estaba bien, un poco más gordo, quizá, y posiblemente con menos pelo, pero seguía siendo el mismo niño mimado.
Sí, había ido bien. No debería haberse preocupado tanto.
– ¿Quién era ese amigo tan guapo? -Era la voz de Bob Frean. Janet había resultado ser una entusiasta buscadora de tesoros y llevaba horas desaparecida.
– Es el hermano de Jocasta, Josh -dijo Martha con cautela.
– No sabía que les conocieras tan bien.
– La verdad es que no tanto. Nos conocimos de jóvenes.
Empezaba a sentir un poco de pánico. Respiro hondo y sonrió tímidamente.
– ¿Te apetece ir al casino? ¿O bailar?
– Me gustaría ir al casino -dijo Martha. Sabía por experiencia que cuando se sentía así el truco era no parar de moverse.
– Vamos, entonces.
Le cogió la mano y tiró de ella.
– ¿Quieres llevarte una copa?
– No, no, estoy bien. ¿Janet no se preguntará dónde te has metido?
– Me extrañaría mucho -dijo, y sonrió un brevísimo momento demasiado tarde.
Ah, pensó Martha, no son la pareja perfecta al fin y al cabo.
Se alejaron lentamente de la mesa y Martha se sintió mejor.
– ¡Clio! Aquí estás, querida. Te he estado buscando por todas partes. Ven, el club nocturno nos espera.
Clio volvía del servicio cuando le vio hablando animadamente con Jocasta. Probablemente ella le había pedido que cuidara de ella esa noche, pensó, menos segura de sí misma de repente.
– Fergus, seguro que tienes un montón de gente que saludar -dijo intentando parecer distante.
– Ni una. Vamos a bailar.
– No tienes por qué hacerlo.
– Escucha, Clio -dijo-, escucha, tienes que superar ese absurdo complejo de inferioridad. Eres una mujer muy sexy y atractiva. Y además muy simpática e interesante. Todos estarían encantados de bailar contigo, de hablar contigo. He visto cómo babeaba Joh
– Pues…
– Oh, déjate de tanta indecisión -dijo-, o acabaré buscando a alguien a quien saludar. Pero no me da la gana. ¿Cómo puedo hacer que te entre eso en esa cabecita tan bonita, pero tan dura?
Le tendió la mano. Clio la cogió y le siguió sumisa al club nocturno.
– Ah, esto es una pasada.
Kate estaba sobreexcitada, ebria no sólo de champán, sino también de ruido, de música, de saber que grandes personas la observaban, la admiraban, la señalaban.
– ¿Lo estás pasando bien, Nat?
– Sí. Lástima de la música.
– Es una fiesta de mayores, ¿qué esperabas? Pero es divertido, vamos a bailar. ¿Vienes, Bernie?
– No, ahora mismo no. Cal no se encuentra bien.
– ¿Dónde está?
Bernie señaló los matorrales.
– Le he dicho que iría con él, le aguantaría la cabeza y eso, pero me ha dicho que le dejara en paz. Ah, ya vuelve. ¿Te encuentras mejor, Cal?
– Sí, mejor. -Tenía la cara verdosa. Se sentó, inseguro-. Me iría bien un poco de agua. Dentro de un rato.
Volvió a desaparecer entre los matorrales.
– Entonces, mi ex periodista estrella, ¿cómo te trata la vida de casada? ¿Seguro que es mejor que el Sketch?
Chris Pollock había invitado a Jocasta a bailar. Iban hacia la discoteca.
– Es estupendo -dijo Jocasta-. En serio.
– ¿No lo echas de menos?
– Ni pizca. Lo juro.
De repente se calló y le miró, y por un momento supo que sí lo echaba de menos, y mucho. Echaba de menos la emoción, la investigación, el pánico desatado, echaba de menos la charla informal de la reunión matinal, que derivaba con el ritmo imparable de la jornada en el periódico, hasta la tensión de la vespertina. Echaba de menos las habladurías, los rumores sin sentido, echaba de menos la rivalidad, echaba de menos las risas.
– Bueno, un poquito sí -dijo por fin.
– Me lo imaginaba. Nick te echa de menos. Eso seguro. Le has roto el corazón.
– Si no tuviera esa fobia al compromiso, a lo mejor no tendría que habérselo roto.
– ¿Me estás diciendo que te has casado con Gideon de rebote? -dijo Chris con malicia en los ojos.
– Por supuesto que no. No te inventes cosas.
– Lo siento, querida. Bromeaba. Sé reconocer el amor.
– ¿Tú? ¿Desde cuándo?
– Sí, señora. No hay nada más sentimental que un director de periódico. Ya deberías saberlo.
– ¡Martha! ¿Eres tú, verdad? ¡Qué ilusión! -Una chica se había parado frente a ella; una chica bajita y delgada, cogida de la mano de un hombre bastante guapo con los cabellos grises muy cortos-. Soy Clio. Esperaba encontrarte.
No la habría reconocido nunca: la rechoncha y tímida Clio transformada en aquella mujer bonita y chispeante con diamantes en el pelo. Logró sonreír.
– Sí, sí, soy yo. Hola, Clio, ya había pensado que estarías. Te presento a Bob Frean. Bob, Clio Scott. Nos conocimos cuando éramos más jóvenes.
– Viajamos juntas -dijo Clio, sonriendo-. Antes de empezar la universidad. Estoy muy impresionada con todo lo que he leído sobre ti, Martha. Sobre todo lo de la política. ¿Tú también te dedicas a la política, Bob?
– Por suerte, no. Pero mi esposa sí. -Miró a Fergus indeciso.
– Oh, perdona -dijo Clio-, os presento a Fergus Trehearn.
– Hola -dijo Fergus-. Es una fiesta magnífica, ¿no os parece? Y Jocasta está preciosa.
– Desde luego.
Hubo un silencio y después Clio dijo:
– ¿Adónde ibais? ¿Al cine? ¿A la disco?
– Al casino -contestó Bob Frean-. No soy muy bailarín.
– Pues vale la pena echar un vistazo a la disco -le dijo Clio-, en serio. Meted la cabeza un momento. Nosotros íbamos ahora, y después iremos al cine; ponen El cantante de jazz.
– Estupendo -dijo Bob Frean-. No creo que pueda resistirme. Martha, ¿te apetece una peli?
– No -respondió Martha enseguida.
Esa era su vía de escape. Podría desaparecer, llamar un taxi, decirle a Jack Kirkland que no se encontraba bien, que ya había hecho suficiente por el partido en horas bajas por esa noche, podría marcharse, antes de que…
– ¡Clio, querida! Estás guapísima. Y Fergus, tú también.
Una mujer muy elegante se les acercaba rápidamente.
– Qué sorpresa, señora Bradford -exclamó Clio-, cuánto me alegro de verla, su vestido es…
– ¿Me perdonan? -dijo Fergus-. Veo que Helen está sola.
– Qué amable eres, Fergus -dijo Jilly-. ¡Qué fiesta, Clio! Caramba, no sabía que todavía se celebraran fiestas así. Jocasta ha sido muy generosa invitándonos. Siento interrumpir su conversación…
– No, no se preocupe -dijo Clio-. Señora Bradford, le presento a Martha Hartley, una vieja amiga mía y de Jocasta. Martha, la señora Bradford.
– Oh, Jilly, por favor. Mucho gusto, Martha. Estaba arrastrando a Martin a la discoteca, para ver bailar a los chicos. Es divertido mirar.
– Yo he dicho lo mismo -dijo Clio-. Vamos.
– ¿Te importa, Martha? -preguntó Bob-. Parece divertido.
– Por supuesto que no.
Se quedaron a la entrada de la disco, observando las luces estroboscópicas, los globos giratorios. La música estaba muy alta, muy fuerte. De repente Martha se sintió mareada. Apoyó la mano en una mesa.
Bob Frean se fijó.
– ¿Quieres sentarte?
– No, no, es que tengo calor. Creo que será mejor que salga.
Se sentía muy mareada; se sentó de golpe.
Y entonces sucedió.
– ¡Abuela! Ven a bailar. Ven, te enseñaré.
– No, cielo. No puedo.
– Ah, hola, doctora Scott. No sabía que estaba aquí. Es una pasada, ¿a que sí? ¿Lo está pasando bien?
– Sí, mucho.
Tenía que salir. En ese instante.
Era alta, la chica del vestido plateado, alta y de piernas muy muy largas y los cabellos claros y ondulados. Se parecía… se parecía mucho a…
No era posible. Simplemente no era posible. ¿Cómo podía ser? Era sólo una chica, todas se parecen, todas son iguales. Quédate sentada, Martha, quieta, no mires, todas parecen iguales.
– Ah, ahí está Fergus. Tú sí vendrás a bailar conmigo, ¿verdad, Fergus? Me lo estoy pasando bomba. Vamos… -Le cogió de la mano, y tiró de él hacia la pista, caminando hacia atrás y riendo.
Martha oyó cómo decía:
– ¡Kate, Kate!
Kate. Kate.
– Deberíamos irnos -le dijo a Bob.
Pero había llegado otra chica; una chica muy joven. Cogió a Bob de la mano e hizo lo mismo con Martin, tirando de ellos. Todos se reían, los hombres se sentían halagados; hombres mayores invitados a bailar por chicas bonitas.
– ¡Qué divertido! -decía la señora Bradford-. Es divertidísimo.
La sala daba vueltas, la música parecía retumbar. Hacía calor, un calor espantoso, se desmayaría, todo se difuminaba, se difuminaba y alejaba.
Logró ponerse de pie.
– Lo siento. Tengo que salir.
Alejarse de ella. Alejarse para no tener que mirarla.
– Tienes muy mala cara, Martha. -Clio parecía preocupada-. Venga, siéntate, baja la cabeza hasta las rodillas. Jilly, ¿puedes traer un poco de agua?
Ya empezaba a encontrarse mejor, y volvió a ponerse de pie y a intentar salir.
– Abuela, venga. Por favor. Tu novio lo hace de maravilla. Es un tío enrollado.
– Un momento, cielo. Vamos a salir un momento.
– No hace falta que venga -dijo Martha-. Ya me encuentro mejor. En serio.
– Ya tienes mejor cara -dijo Clio-, mucho mejor. Salgamos fuera a tomar el aire.
Cogió a Martha del brazo y empezó a guiarla hacia fuera.
– Cielo, ve a buscar un vaso de agua, por favor -dijo Jilly a Kate-. La señorita Hartley no se encuentra bien.
– Sí, claro -dijo la chica.
Cogió un vaso y las siguió fuera.
– Gracias, cariño. Toma, Martha, bebe un poco. A sorbitos. Así, muy bien. Respira hondo.
– Ya estás mejor, Martha -dijo Clio-. Tienes mejor color. Bien. Ahí dentro hacía un calor espantoso.
– Espantoso -dijo Jilly Bradford-. Claro que tú ni te das cuenta -añadió hablando con la chica de los cabellos ondulados. La chica llamada Kate. Sentada tan cerca que podría tocarla-. Martha, bebe un poco más de agua. Así. No te he presentado a mi nieta. Es Kate. Kate Bianca Tarrant, como le gusta que la llamen últimamente. Kate, cielo, te presento a… ¡Dios mío, Clio, se ha desmayado!