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Capítulo 29

Janet Frean le había conseguido a Martha una entrada para oír hablar a Chad.

– El jueves por la tarde. Sobre la caza del zorro. Para nosotros es un tema importante, porque el voto rural es indeciso. ¿Por qué no vienes a oírle, y después vamos a tomar algo?

– Oh, vale. -Se sintió halagada-. Me apetece. Gracias.

Le gustaba mucho Janet, siempre echaba una mano y estaba a su lado. Una noche en su casa en compañía de otros diputados, en la que no hablaron una palabra de política, la había hecho sentir más integrada en el grupo.

Chad habló desdeñosamente del «gobierno Islington» y su falta de comprensión de lo que significaba la caza del zorro para las sociedades rurales, los empleos que se perderían, y que sólo su partido parecía entenderlo. Hubo gritos y abucheos: «¡Llévate a las cacatúas a China, que cacen ellos!», gritó alguien ingenioso. Chad se mostró imperturbable.

– Seguro que les gustaría, por allí no han oído hablar de la envidia de clase -contestó.

Después se reunieron en el bar del Stranger a tomar una copa.

– No sé cómo lo aguantas -dijo Martha-. Todos esos insultos. Yo no podría.

– Querida mía, podrás y lo aguantarás -dijo Chad. Tenía un subidón de adrenalina-. Es divertido en cuanto te acostumbras. Aunque me temo que esto está perdido. No hay esperanza. La presión para apoyar a Tony será increíble.

– No acabo de entenderlo -dijo Martha-. ¿Cómo funciona?

– Se negocia. Los jefes de partido se ponen en marcha la noche antes de una gran votación, y se negocia. Conocen a todo el mundo personalmente, saben lo que quiere cada uno. Nos das tu voto, dicen, y procuraremos que tu proyecto de ley reciba un empujoncito. Nos das tu voto y tendrás fondos para tu carretera; nos das tu voto, y el título de tu madre se pondrá en marcha. Es vergonzoso.

– Es terrible -dijo Martha.

– Es la política. Ah, hola, Jack. ¿Vienes de la Cámara?

– No -dijo Kirkland. Parecía deprimido-. Estaba en la sede. Los resultados horribles de ese grupo de investigación han llegado. Hemos perdido un diez por ciento de votos potenciales. Sólo en los dos últimos meses. No tengo que deciros por qué. -Echó una mirada fulminante a Chad-. Por suerte, fue un encargo privado mío. Estamos en un buen cuarto puesto, incluso a pesar de Iain Duncan Smith. Esperaba poderlo publicar, si salía bien. Tal como ha salido, me lo guardaré para mí. Esto es un desastre imparable. Ya parecemos viejos y corruptos. Qué pena. Estas cosas son muy duras para los trabajadores del partido. Baja la moral, hace que su trabajo sea el doble de difícil.

– ¿Puedo ver la encuesta? A lo mejor no es tan mala -dijo Janet.

– Janet, es horrible. Pero te la dejaré, si quieres. Que no la vea nadie, por favor. Tú también puedes echarle un vistazo, Chad. Para ver lo que has hecho. Es deprimente.

– Creo que todo se arreglará -dijo Janet a Martha más tarder. Estaban comiendo en el Shepherds de Marsham Street-. Hemos tenido mala suerte, qué se le va a hacer. La gente tiene poca memoria. Otra idiotez de Iain Duncan Smith, otra metedura de pata de Mandy y estaremos de nuevo arriba, volando alto, prometiendo la luna a los votantes. Un buen congreso, que por cierto no podemos permitirnos, y estamos de vuelta.

– Estuve leyendo sobre el SDP -dijo Martha-. Celebraron su primer congreso en un tren. Llevaron el partido a los votantes. Me pareció una gran idea.

Janet la miró pensativa.

– Sí, pero no podemos copiarles. Dirían que no tenemos ideas originales.

– Sí, claro -dijo Martha humildemente.

– Perdona. No quería machacarte. Me preocupo por ti. Te ha caído mucho encima. Tu empleo, que es muy exigente y tus deberes con tu jurisdicción cada fin de semana. Esas asesorías que haces deben de ser muy pesadas. Y no tienes en quién confiar, con quién hablar. ¿O si lo tienes?

– No en el sentido al que tú te refieres -dijo Martha, prudente.

– Sé lo que es la presión. Y es muy complicado, sobre todo para las mujeres. Esto nos afecta mucho. Es un club masculino. De modo que, si tienes problemas, puedes acudir a mí. Yo ya estoy de vuelta. Ya verás cómo necesitas un confidente, alguien que sepa lo que es la presión.

– Vaya, gracias -dijo Martha, un poco incómoda.

– No me des las gracias. Es agradable tener un aliado, una aliada. En potencia, al menos. Tenemos que apoyarnos.

Al día siguiente a primera hora, Janet fue al despacho de Jack para ver la encuesta. Era muy deprimente. Entendía lo que pensaba Jack.

– Creo que la hemos fastidiado. Maldito Chad.

– No es todo culpa suya -dijo ella.

– ¿En serio? ¿De quién es la culpa entonces?

– De Eliot -dijo Janet, y después se rió-. Lo siento, Jack. No tiene gracia.

– Ni pizca. No, tienes razón, es de los dos. Dios mío. ¿Qué vamos a hacer?

– Seguir adelante -dijo-. Mira, he estado pensando. Deberíamos celebrar un congreso.

– Ya lo sé. Pero no tenemos dinero.

– Para uno normal, no. Pero ¿recuerdas lo que hizo el SDP?

– Sí, claro. Lo del tren.

– Fue una gran idea, un golpe de relaciones públicas. Creo que deberíamos hacer algo parecido.

– Fue genial -dijo él-, pero Janet, ya se burlan bastante de nosotros por copiarles.

– Soy consciente de ello. Pero podríamos volverlo a nuestro favor. Salir con las manos en alto, diciendo sí, sabemos que no ha sido idea nuestra, pero somos lo bastante mayores para reconocerlo. Sería barato, sería una gran publicidad, y es justo lo que podemos permitirnos. Por favor, piénsalo, al menos.

– Lo pensaré -dijo él, lentamente.

– O podemos adaptarlo. Llamémoslo un show en la carretera, mantenemos la idea del tren, pero bajamos de él en todas las ciudades importantes, conectamos con los personajes locales, la prensa, los trabajadores de la circunscripción y todo eso. Aunque eso no es muy diferente de los autobuses en las elecciones. Y tú sabes, Jack, que nosotros recordamos esas cosas, pero los votantes no. Estoy segura de que ni una de cada cien sabe lo que hizo el SDP.

– Me lo pensaré. Gracias. Y esta encuesta… nunca se ha hecho.

– Nunca.

Él le sonrió un poco cansado.

– Al menos puedo confiar en ti, Janet.

– Por supuesto que puedes confiar en mí -dijo Janet.

Nicholas Marshall caminaba a menudo de Hampstead hasta St. John's Wood antes de subir al metro. O bajaba del metro en Baker Street y caminaba el resto del trayecto hasta la Cámara. Era la mejor manera de ver Londres, y se veían cosas que no verías en un taxi, y mucho menos en el metro. Como aquel viernes, cuando en el camino a Carlos Place desde Grosvenor Square, sobre las tres, vio a Janet Frean saliendo del Co

Nick estaba en lo cierto al decir que Janet no era trigo limpio, pero se equivocaba con respecto a sus motivos. En cuanto a Michael Fitzroy, cuando volvió a la Cámara llamó al director de política del Daily News y le dijo que tenía una historia interesante. ¿Cuándo podían quedar? Se trataba del Partido Progresista de Centro y de una encuesta.

Ed sencillamente no desaparecía. La llamaba y le mandaba mensajes sin cesar. Estaba esperándola en Wesley el día que Martha llegó. Fue paciente, razonable, nada agresivo, nada difícil. Le dijo que no quería agobiarla, ni acosarla, que sólo quería saber que estaba bien.

La llamaba cada dos días al móvil y muchas veces más a su casa. Se mostraba sorprendentemente alegre, tranquilo, y le preguntaba cómo estaba. Y ella le decía que estaba perfectamente, que no pasaba nada, que tenía que olvidarse de ella, y él decía que eso era imposible, hasta que supiera la razón. Era todo muy cordial, en realidad, sólo que le dolía más de lo que podía haber imaginado.

Le echaba de menos, con desesperación.

Pero sobrevivía. Todo parecía ir bien. Y una vida monótona y sin sexo parecía un precio bajo a cambio.

– ¿Qué te parece?

Kate entró en el salón, donde Nat estaba esperándola. Llevaba un vestido muy corto de lentejuelas plateadas, casi sin espalda, con una banda de chiffon plateado en la cintura baja. Las medias eran blancas, y los zapatos también eran plateados, de tacón alto, con una tira en el tobillo. Se había recogido el pelo en una trenza suelta, caída sobre el hombro derecho. Llevaba una cinta plateada en la cabeza, unos pendientes brillantes y largos y un brazalete en forma de serpiente a la altura del antebrazo. Se había maquillado mucho los enormes ojos oscuros, llevaba pestañas postizas largas, y la boca pintada de un carmín muy intenso en contraste con la piel blanca. Llevaba una gran estola de piel blanca colgando de un brazo. Hubo un momento de silencio y después él dijo:

– Estás preciosa, una pasada de guapa.

– ¡Nat! Me ha llevado tres horas ponerme así. Tienes que hacerlo mejor.

– Ah, bueno. Estás fabulosa.

– Eso está mejor. Tú tampoco estás mal.

– ¿Estoy bien, no? -dijo Nat nervioso-. ¿No parezco un gilipollas?

– Ni mucho menos. ¿Ya tenías ese traje?

– Por supuesto que no. Lo he comprado. ¿Qué iba a hacer yo con un traje?

Kate pensó en la vida que llevaba Nat y entendió que no necesitaba un traje.

– Pues te queda bien. Estás muy sexy, de verdad.

– ¿Sí? -Nat se miró con atención en el pequeño espejo ovalado que había sobre la chimenea-. ¿De dónde has sacado este vestido, Kate? Es muy bonito.

– De un tienda de disfraces a la que me llevó Fergus.

– ¿Ah, sí? ¿Y el pelo qué? Eso no lo habrá hecho Fergus.

– No seas tonto, Nat. No es peluquero. No, me ha peinado la abuela.

– ¿Ah, sí? Tu abuela es enrollada. ¿Va a venir?

– Por supuesto. Irá en el otro coche con mis padres y un tipo viejo que ella dice que es su novio. Está encantada. Mis padres no lo están tanto -añadió-. Mi padre está amargado.

– Ya se le pasará -dijo Nat tan tranquilo-. Puede pegarse a mí.

Había que atribuir a los poderes de persuasión de Fergus que Kate fuera a la fiesta, por no hablar de sus padres. Se habían quedado petrificados al recibir las invitaciones, una para Kate y pareja, una para los señores Tarrant. Jim le había dicho a Helen que tirara la suya a la basura, que Kate sólo iría sobre su cadáver y que ni una cuadriga podría arrastrarlo hasta allí.

– Pues tendrás que morirte -dijo Kate con calma-, porque pienso ir. No me lo perdería por nada del mundo.

Finalmente, en vista de que Kate estaba decidida a ir, irían todos. No podía ir sola, con Nat, Sarah y Bernie, pensó Helen, y sería pedir demasiado que Fergus la vigilara. Jim no quería ni plantearse confiar en Jilly.

– La vendería a una red de tráfico de blancas antes de acabar la noche -dijo.

Con el tiempo, a Helen le empezó a apetecer ir a la fiesta. Fergus la había ayudado a alquilar un vestido, uno plateado muy bonito, y su madre había propuesto que se recogiera el pelo en un moño suelto, se pusiera pendientes largos brillantes y llevara una boquilla larga.