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– No, no está, lo siento. ¿De parte de quién?

– ¿Eres Clio? Qué alegría oírte.

Era Fergus Trehearn.

– Sí. ¿Ah, sí? -Por Dios, qué tonta era-. Jocasta me ha dejado su casa un par de días, tengo que estar en Londres y…

– Soy Fergus Trehearn.

– Sí, lo sé, he reconocido tu voz.

– Vaya, me alegro de haberte causado impresión. Al menos mi voz. Sé que es una tontería llamarla a su casa, pero me dijo que pasaba por allí de vez en cuando y no la localizo en ninguna parte. Tiene el móvil apagado. ¿Cómo estás, Clio?

– Estoy muy bien, Fergus. Si quieres hablar con Jocasta, se ha ido a Nueva York. Con Gideon. Están en el Carlyle.

– Ah, sí. Es uno de los favoritos de Gideon. La llamaré allí, pero no es urgente, se trata de Kate.

– Bien. Espero que la localices.

– Lo intentaré. Que te vaya bien a ti también. Seguro que se trata de algún congreso médico importantísimo.

– No, no exactamente -dijo Clio-. Tengo que ir a un hospital. Me presento a un empleo en mi antiguo hospital y voy a uno afiliado.

– ¿Estás buscando empleo? ¿Como especialista?

– Sí. Especialista en geriatría. Que era lo que hacía antes.

– Es un trabajo estupendo, a mí me lo parece. Me rompe el corazón pensar en la cantidad de personas mayores que viven sin nadie que las atienda. Después de todo lo que han hecho por nosotros. Seguro que son más educados que algunos de tus pacientes más jóvenes.

– En eso tienes razón -dijo Clio, sonriendo, y sorprendida al oír su opinión-. Oye, te estoy entreteniendo…

– En absoluto. Me encanta charlar contigo. Pero tengo que hablar con Jocasta. Lástima. Adiós, Clio, ha sido muy agradable hablar contigo.

– Adiós, Fergus.

Clio deseó que no le cayera bien, porque no le gustaba nada lo que hacía. Pero no podía. Le hacía el mismo efecto, pensó al colgar, que tomarse una copa de buen vino tinto. Apaciguador. Agradable. Lo opuesto a irritable.

En un impulso, e inspirada por una foto en la pared de ellas tres en Heathrow con las mochilas, decidió intentar localizar a Martha Hartley. Eran sólo las seis y media, y como en las entrevistas siempre decía que trabajaba hasta medianoche, tal vez la encontraría. Llamó a Sayers Wesley y le pusieron con una chica con un acento cortante y distante, que le dijo que la señorita Hartley estaba fuera pero que le daría su mensaje.

– Aunque le advierto que los próximos días estará muy ocupada. No puedo prometerle nada.

A la mañana siguiente, Nick Marshall estaba cruzando Westminster Bridge cuando sonó su teléfono. Era Theodore Buchanan.

– Hola, Nicholas, chico. Un buen artículo el de ayer. Bien hecho.

– Gracias -dijo Nick.

Había publicado un artículo sobre el desempleo rural, citando a varios diputados sobre el efecto devastador que tendría una prohibición de la caza en el paro en la zona. Era una compensación por el soplo que le había dado Buchanan sobre Chad Lawrence.

– Creí que debías saberlo -estaba diciendo Buchanan-. Esta tarde voy a plantear el otro asunto como un punto del orden del día. Seguramente será tarde, sobre las nueve, porque hay muchos asuntos sobre la reforma de los Lores. Mira, esto es lo que voy a decir…

Más tarde, Nick escribió su artículo y lo mandó, tras confirmar con Buchanan que lo había puesto en el orden del día.

Theodore Buchanan volvió a asegurarle que no tenía ninguna duda de que se tocaría el punto.

– En un par de horas, diría yo.