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Era la primera vez que le fallaba la fuerza de voluntad. No podía ponerse de pie, no podía caminar, ni para cruzar la habitación. Temblaba, todo su cuerpo temblaba con violencia. Primero tenía frío, después calor. Le dolía la cabeza, no veía bien. Se echó en la cama, se tapó y cerró los ojos. Se quedaría en la cama una hora más. No tenía que ir al gimnasio, podía ir al despacho a las siete. O a las ocho. A las ocho estaba bien, todo estaba preparado.

Pero a las siete, y a las ocho, seguía igual, su cuerpo se negaba a obedecerla. No podía ni sentarse ni ponerse de pie, ni siquiera podía darse la vuelta en la cama. Logró sacar un brazo y poner la radio, y oyó la tranquilizadora y maravillosa voz de John Humphry, como una presencia consoladora en la habitación. De repente se adormeció; entraba y salía de sueños, de sueños horribles de criaturas monstruosas detrás de puertas entornadas, de ella que se escondía y caía, de oscuridad y sangre. Después se despertó y oyó la voz de su hija.