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– Todas las escuelas del barrio son malas. He pensado en coger otro trabajo, por la noche en un supermercado. Para poder pagarle una escuela privada.
– Lina, ya estás agotada.
Lina sonrió.
– Está usted para hablar de agotamiento, señorita Hartley. Después de trabajar toda la noche.
– Es cierto, pero luego yo no tengo que cuidar de una familia.
– Pues no tiene mucho sentido cuidarlos para que acaben viviendo de la seguridad social.
– Estoy segura de que Jasmin nunca…
– La mitad de los adolescentes del estado están en el paro. No tienen títulos ni nada. La única forma de salir de ese círculo es la educación. Y Jasmin no va a tenerla si se queda donde está. Tengo que sacarla de allí. Y si supone trabajar más, trabajaré más.
– ¡Oh, Lina!
Esa clase de cosas sacaban de quicio a Martha. Cómo podía ser que aquel asqueroso sistema se sacudiera a los niños de esa manera y encima proclamara a los cuatro vientos que los niveles educativos estaban subiendo.
Acababa de leer que un gran número de niños llegaba a la escuela secundaria sin saber leer. Pensó en su estupenda educación en la escuela pública selectiva; eso todavía debería estar al alcance de niños como Jasmin, niños inteligentes de entornos pobres, que se merecían que se tuviera debidamente en cuenta su potencial. Pero quedaban pocos colegios públicos como el suyo y hacía poco había oído decir al ministro de Educación que pensaba cerrarlos en la siguiente legislatura, porque según él iban en contra del ideal igualitario de la escuela pública. Menudo ideal…
– Seguro que saldrá adelante -dijo sin mucho convencimiento-. Los niños listos siempre salen adelante. Encontrará la forma.
– Señorita Hartley, se equivoca. No sabe cómo están las cosas. Ningún niño quiere destacar. Si todos los amigos de Jasmin se vuelven contra ella porque quiere estudiar en serio, ¿qué va a hacer ella?
– No lo sé.
De repente a Martha se le ocurrió que tal vez debería ofrecerse para pagar la escuela de Jasmin. Pero ¿y los demás niños inteligentes y desperdiciados?; no podía ayudarles a todos. Y no era sólo la educación. Su padre siempre le hablaba de parroquianos ancianos que esperaban dos años para que les implantaran una prótesis de cadera, asustados y abandonados en hospitales mugrientos, atendidos por enfermeras sobrecargadas de trabajo. ¿Qué podía hacer ella? ¿Qué podía hacer nadie?
Rápida y bruscamente, rechazó la idea de lo que sí podía hacer. O al menos lo intentó.
Echó un vistazo a su agenda, sólo para asegurarse de que no tenía ningún asunto personal importante que atender, mandar alguna postal de cumpleaños -siempre tenía un montón preparado en su mesa- o hacer alguna llamada urgente. Todo estaba al día.
Había mandado flores a su hermana: siempre se acordaba de su cumpleaños. Era el día en que las tres amigas se habían conocido en Heathrow y habían emprendido el viaje. Y ella había dicho que estaba decidida a tener éxito y ser rica. Se preguntaba si a las otras dos les habría ido igual de bien. Y si volvería a verlas algún día. Parecía muy poco probable. Y sin duda sería mejor que no.
Clio no sabía si sería lo bastante valiente para hacerlo. Decirle lo que había hecho, y decirle por qué. No le gustaría. Ni mucho menos. O sea que… venga, Clio, vamos, adelante. Estás a punto de casarte, pero sigues siendo una persona. Venga, coge el teléfono y llámale. Vas a hablar con tu prometido, no con una junta de médicos…
– Hola. ¿Josie? Soy Clio Scott. Sí, hola. ¿Podría hablar con el doctor Graves? ¿Qué? ¿Ah, sí? Bueno. Debe de ser una lista muy larga. Bien, ¿puedes decirle que me llame? Cuando acabe. No, estoy en casa. Gracias, Josie. Adiós.
Maldita sea. No había podido zanjarlo enseguida. Todavía tenía tiempo de cambiar de opinión. Pero…
De repente sonó el teléfono y la sobresaltó. Jeremy no podía haber acabado tan rápido.
– ¿Clio Scott? Hola. Soy Mark Salter. Solamente quería decirte que estamos encantados de que vayas a trabajar con nosotros. Estoy seguro de que te gustará y nosotros te explotaremos. Cuanto antes mucho mejor. Me han dicho que has tenido el valor de pedir vacaciones para irte de luna de miel. Menuda cara. Bueno, estamos deseando verte después de eso. Adiós, Clio.
A Clio le había gustado Mark Salter. Era uno de los socios de la consulta y una de las razones por las que deseaba tanto el empleo. Por él y por lo cerca que estaba de su casa. O lo que sería su casa. Ésa era una de las cosas que podía decirle a Jeremy. Que una de las razones en las que había basado su decisión era que el empleo estaba muy cerca de Guildford. Eso le gustaría. Sin duda…
– No lo entiendo. -Estaban sentados en una mesa al aire libre en Covent Garden, al atardecer. La expresión de él, su cara ligeramente severa, era tanto de desconcierto como de enfado. Clio pensaba a menudo que si alguien quisiera un actor para hacer el papel de cirujano, sería igualito que Jeremy: alto, con la espalda muy erguida, el pelo castaño ondulado y los ojos grises en una cara perfectamente esculpida-. De verdad que no lo entiendo. Quedamos en que sólo trabajarías a media jornada. Para apoyarme en todo lo posible y para encargarte de la casa, por supuesto.
– Lo sé, Jeremy. -Clio rechazó al camarero con un gesto de la mano-. Y debería habértelo consultado antes de aceptar. Pero es que al principio era un empleo a media jornada. Resulta que había dos puestos, y uno de ellos a jornada completa. Me llamaron y me lo ofrecieron, y dijeron que tenía que responder enseguida, porque había otros candidatos…
– Estoy seguro de que podían esperar a que hablaras conmigo.
– Sí, claro, pero… -Tuvo una inspiración. Una inspiración algo deshonesta-. Te llamé. Josie te lo habrá dicho. Pero estabas en el quirófano. Y tenía que tomar la decisión. No entiendo por qué te molesta tanto. Sabes que he hecho el curso de médico de familia, estuvimos de acuerdo en que sería ideal…
– Esto no tiene nada que ver con que trabajes a jornada completa o no. Y si no eres capaz de comprenderlo, diría que tenemos un problema. Un problema gordo.
Por un momento Clio sintió pánico, un pánico ciego y avasallador.
– ¡Jeremy! ¡No digas eso! Por Dios, es ridículo. -Ya se había recuperado-. No me echo a la calle. Voy a ser médico de familia. Y muy cerca de la casa donde vamos a vivir. Necesitamos el dinero, lo sabes perfectamente…
– Clio, ser médico de familia es muy absorbente.
– Tú trabajas todo el día -le dijo Clio, mirándolo a los ojos desafiante-. ¿Qué crees que voy a hacer yo mientras tú operas seis días a la semana? ¿Sacar brillo a los muebles que no tenemos? Soy médico, Jeremy. Me gusta lo que hago. Es una oportunidad estupenda. Alégrate por mí.
– El que yo trabaje tanto es una razón más para que estés en casa cuando vuelva -dijo él-. Necesito apoyo y no quiero llegar a casa agotado y encontrarme con que tú estás o que igual no estás.
– Mira -dijo ella, sabiendo que en realidad, al menos hasta cierto punto, pisaba terreno poco firme-, lo siento, tendría que habértelo consultado antes, pero he pedido un presupuesto para arreglar el techo hoy mismo. Para ponerle las tejas nuevas. Diez mil libras, Jeremy. Sólo por el techo. No creo que con tu consulta privada de los sábados consigas ese dinero. Al menos por ahora. Dentro de unos años puede ser.
– ¿Y hasta entonces tendré que pasar sin tu presencia?
– Oh, Jeremy, no seas tan tonto. -Clio estaba perdiendo la paciencia. Mejor, era la única manera de tener valor para decirle las cosas a la cara-. Lo estás tergiversando todo. Claro que te apoyaré. Y el dinero que gane podemos utilizarlo para la casa, y así la acabaremos antes.
– Empiezo a pensar que no deberíamos haber comprado esa casa -dijo él, mirando con malhumor su copa-. Si va a ser una carga tan pesada para nosotros.
– Jeremy, sabíamos perfectamente que iba a ser una carga. Pero estuvimos de acuerdo en que valía la pena.
Así era, se habían enamorado de ella: una preciosa casa de campo victoriana, en un pueblecito muy bonito, cerca de Godalming. Había estado abandonada durante varias décadas, y a pesar de tener toda clase de podredumbres y humedades, seguía siendo la casa de sus sueños.
– Podemos vivir aquí siempre -había dicho Clio, mirando el techo podrido y manchado de humedad, por el que aún se filtraba la luz del sol.
– Y esa habitación al lado de la cocina será fantástica para celebrar fiestas -dijo Jeremy.
– En cuanto al jardín -dijo Clio, cruzando la podrida puerta trasera para salir a la jungla descuidada que parecía inacabable- es fantástico. Todos esos árboles. Me gustan tanto los árboles…
Así que habían ofrecido el precio absurdamente bajo que pedían por ella y después se habían enfrentado a la realidad cuando los presupuestos de las obras habían empezado a llegar. Era otra de las razones por las que la había tentado tanto la oferta de trabajar a jornada completa. Una de ellas…
Jeremy y Clio se habían conocido cuando ella era interna en el hospital y él un médico adjunto. Ella no podía creer que fuera capaz de atraer a un hombre tan guapo y tan carismático.
Se había enamorado perdidamente de él y había sufrido muchísimo cuando Jeremy le había dejado muy claro que pasarían muchos años antes de que considerara la posibilidad de un compromiso. Humillada en lo más hondo, había tenido una relación con uno de sus compañeros internos, pero tras dos años de vivir casi juntos, había llegado a su piso una noche y le había encontrado en la cama con otra.
Tremendamente dolida y decepcionada, se había mantenido apartada del todo de los hombres una temporada, y había aceptado empleos muy exigentes en el hospital, hasta que se decidió por la geriatría y una consulta en el Royal Bayswater Hospital.
Fue en una conferencia sobre geriatría donde volvió a encontrarse a Jeremy. Trabajaba en el Duke of Kent Hospital de Guildford y había ido a dar una charla sobre cirugía ortopédica en ancianos. Les pusieron uno junto al otro durante la cena.
– ¿Así que te has casado? -preguntó él, tras media hora de prudente conversación banal.
– No -dijo ella-. Ni hablar. ¿Y tú?
– Yo tampoco. Nunca conocí a nadie que estuviera remotamente a tu altura.
Un año después estaban prometidos y ahora faltaban pocas semanas para la boda. En general ella estaba contenta, pero a veces la asaltaba una curiosa ansiedad. Como en ese momento.
– Mira -dijo, apoyando una mano en la de él-. De verdad que lo siento. No se me ocurrió que te lo tomarías así. -«Embustera, Clio, embustera»; ése era un don inesperado que tenía, mentir-. Deja que lo pruebe seis meses. Si después de ese tiempo sigues descontento, lo dejaré. Te lo prometo. ¿Qué me dices?
Él siguió callado un momento, claramente dolido todavía.
– De acuerdo -dijo al fin-, pero no esperes que me guste. ¿Podemos pedir ya? Tengo un hambre que me muero. He hecho tres caderas y cuatro rodillas esta tarde. Una de ellas muy complicada…
– Cuéntamelo -dijo Clio, llamando al camarero. No había forma más directa de hacer que Jeremy recuperara el buen humor que escucharle con atención cuando hablaba de su trabajo.