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Capítulo 21
«Vestida para triunfar -decía, justo en el centro-. ¿Es Martha Hartley la futura cara de la política?»
Y bajo el titular, varias fotografías muy buenas de la futura cara. Y del cuerpo.
Clio pensó que estaba absolutamente fantástica.
Miró quién había escrito el texto debajo de las fotografías. Se esperaba encontrar el nombre de Jocasta, pero era alguien llamado Carla Gia
Martha y Ed habían leído el artículo en la cama aquella mañana. A Martha le habían gustado las fotos, pero se enfadó mucho por la mención de su coche y su sueldo.
– ¿Qué derecho tenía esa bruja a incluirlo? Le dije que no quería nada personal. No estaba en la última versión que leí. Qué asco, estoy indignada. ¡Me dan ganas de llamar al editor y quejarme!
Ed se inclinó y le cogió la cara con las manos.
– Martha -dijo, entre besos-, estás genial, casi tan genial como desnuda. De haberte sacado así, sí que podrías quejarte. Tienes éxito, por el amor de Dios. ¿Qué mal hay en eso?
– Mucho -dijo Martha-. A la gente no le gustará, Ed, pensarán que no tengo ni idea de cómo vive la gente, desconfiarán de mí, dirán que…
– Oh, cállate -dijo él, arrancándole el periódico, empujándola contra las almohadas, y bajando para besarle el estómago, los muslos, deteniendo la lengua tentadoramente en su pelo púbico, indagando-. Además, yo sí tengo una queja. No has mencionado a tu asombroso novio semental. ¿Por qué no? ¿Por qué el Mercedes tiene más espacio que yo?
Kate había pasado el día mirando las fotos de Martha. Si sus fotos se parecían a ésas, serían alucinantes. Y Carla le había dicho cuando la había llamado que quería que saliera en esa sección en el periódico del sábado.
– El próximo sábado, a ser posible. ¿Podrías salir antes de la escuela algún día? Al mediodía por ejemplo.
– Cualquier día -dijo Kate-. Estoy de vacaciones.
– ¡Maravilloso! ¿Qué te parece el martes? El lunes podríamos salir a comprar la ropa que te guste para las fotos. Ah, Kate, trae a uno de tus padres a la sesión. No quiero que se preocupen.
– Están fuera -dijo Kate-, toda la semana.
– Ah, vaya -dijo Carla pensando que quizá Dios existiera-. ¿Y hay alguna otra persona, como una hermana mayor?
– Podría traer a la abuela -propuso Kate-. Tiene una tienda de moda y es muy enrollada. Le gustará.
– Bien. Dile que me llame si tiene alguna duda.
Kate aún no había hablado con Jilly. Había esperado el momento adecuado. Tal vez aquella noche sería un buen momento. Juliet tenía un estúpido concierto y ellas no tenían que ir, gracias a Dios. Sería el momento perfecto para contárselo todo a su abuela y enseñarle el periódico, para que viera lo importante que era. ¡Qué emocionante!
Janet Frean leyó el artículo sobre Martha Hartley. Normalmente no compraba el Sketch, pero Jake Kirkland, muy excitado, le había mandado el artículo por fax.
La llamó media hora después.
– ¿Lo ha hecho bien o no? Lo ha tocado todo. Me ha parecido muy profesional, teniendo en cuenta que es la primera ocasión que sale en la prensa.
– Por supuesto -dijo Janet-. Y está muy guapa. Lástima que haya hablado de su asesor de imagen, eso puede alejar a algunas personas. Pero ya aprenderá. Sólo es un detalle.
– Lo que tiene de bueno -dijo Jack- es que es joven y ya ha triunfado. En el mundo real. No hay muchos de ésos en política hoy día. Creo que es un hallazgo.
– Claro -dijo Janet-. Jack, tendrás que disculparme, tengo una cola de gente esperando para desayunar.
Bob Frean, que era el que estaba sirviendo el desayuno a la familia, se preguntó qué sería el estruendo procedente del estudio de su mujer y mandó a Lucy, la hija de catorce años, a enterarse de lo que pasaba. Lucy volvió sonriendo.
– Está bien -dijo-, sólo ha sido uno de sus arrebatos. Ha tirado un pisapapeles contra la pared. Dice que no va a desayunar.
– Mejor para mí -dijo Bob.
Nick leyó el artículo sobre Martha Hartley sin mucho interés. Le había caído bien personalmente y pensó que parecía menos atractiva sobre el papel. Seguía desconcertándole que a Jocasta le hubiera costado tanto sacarle un buen artículo: era evidente que había algo más entre ellas que Jocasta no le había contado. La explicación más plausible era que se hubieran peleado por un hombre, que Jocasta hubiera ganado y Martha no se lo hubiera perdonado. O algo por el estilo. En fin, pudiendo elegir, la mayoría de los hombres preferirían a Jocasta, pensó con tristeza. La echaba mucho de menos.
– ¡Querida, qué ilusión! -Jilly miró la cara encendida de Kate y volvió a mirar el periódico con las fotos de Martha-. Creo que puede ser bueno para ti, pero no sé qué dirían tus padres. Creo que deberías esperar a que volvieran.
– ¡Oh, no! -dijo Kate, que sabía de sobra lo que dirían sus padres-. Abuela, no puede esperar. Ella ha dicho que era muy importante que se hiciera este sábado, o no podríamos hacerlo hasta dentro de mucho tiempo, y además después tengo los exámenes y quién sabe cuándo podría hacerlo. Ya me habrán olvidado. ¡Oh, por favor, abuela, dime que sí, por favor! Es una gran oportunidad para mí. Te juro que es muy simpática y que quiere que me acompañes. Me dijo que la llamaras si tenías alguna duda.
– Ah, bueno, eso es diferente -dijo Jilly-. Es evidente que es una mujer responsable. Sí, la llamaré el lunes, Kate, y hablaré con ella.
Carla Gia
– Creo que tiene madera de modelo -dijo-. Aparte de su tipo, que es estupendo, porque es raro ser alta y no ser muy ancha de caderas, tiene una cualidad única: que es vulnerable y segura de sí misma al mismo tiempo. Y tiene gusto para la ropa. Señora Bradford…
– Oh, llámame Jilly, por favor.
– Gracias. Es evidente que eres una abuela muy joven. Bueno, ya te conozco, he visto la fotografía en el periódico, con Kate.
– Salí fatal, la verdad -dijo Jilly.
– Tonterías. Estabas guapísima. En fin, el sábado que viene sería ideal. Tengo chicas contratadas para las próximas tres o cuatro semanas, así que si no ya estaríamos hablando de mucho tiempo. Y para entonces, tengo entendido que tiene exámenes, y por supuesto no querría interferir en sus estudios.
– Es muy considerado por tu parte. -A Jilly cada vez le caía mejor.
– ¿Podrías mandarle un correo a tu hija o hablar con ella por teléfono?
– Sí, podría hablar con ella.
– Estupendo. Pero… -Carla dudó-. Tendría que saberlo enseguida. La verdad es que Kate me hizo pensar que no habría ningún problema.
– Sí, me lo imagino, menuda es ella -comentó Jilly-. Pero…
– Lo sé. Por supuesto, lo comprendo. Para ella es emocionante, una gran oportunidad, no quiere arriesgarse a que sus padres le digan que no. Aunque no veo por qué deberían negarse. Ya le dije que quiero que asistas a la sesión, y si hay algo que no te gusta, sólo tienes que decirlo…
– Sí, se lo explicaré así a mi hija -dijo Jilly- y te llamaré enseguida. Por mi parte no tengo nada que objetar, conozco este mundo.
– Sí. Kate me dijo que tenías una tienda. ¿Qué diseñadores tenéis?
– Los habituales. Nicole Farhi, Gerard Darel, MaxMara, claro; estoy limitada por mi clientela, por supuesto. El ama de casa de Guildford no marca tendencia precisamente.
– Está claro que no y haces bien teniéndolo en cuenta. Seguro que es una gran tienda. Si puedo la mencionaré en el artículo.
– ¿Con el nombre? -preguntó Jilly. Pensó en lo mucho que la había inquietado la tienda en su ausencia y la diferencia que podía representar esa publicidad, aunque fuera en la página dieciséis de un periódico de Guildford.
– Claro. ¿Si no qué sentido tiene? Todo le añade interés al artículo. De hecho es un toque interesante, como si hubiera heredado su sentido de la moda de ti, como está claro que ha sido.
– Sí, es posible -dijo Jilly. No era el momento de explicar los orígenes de Kate-. Carla, te llamaré en cuanto sepa algo.
– Gracias, Jilly. Tiene que ser mañana como muy tarde. Lo siento. Para una editora de moda es maravilloso descubrir una modelo. Es muy emocionante. Tengo muchas esperanzas puestas en Kate.
Carla sonrió mirando el teléfono mientras colgaba. Todo iría bien. No había nada como meterle prisa a la gente para ponerlos nerviosos y hacer que aceptaran lo que querías. Tenía que cerrarlo todo antes de que volviera Jocasta. Era demasiado protectora con Kate…
Jilly llamó al hotel. Una voz malhumorada en francés le dijo que los señores Tarrant habían salido y que podía dejar un mensaje si quería.
Helen llamó por la noche: estaban pasándolo muy bien, el hotel era bonito, el tiempo era maravilloso y Jim iba a invitarla a cenar.
– He pasado toda la tarde tirada en la piscina, me he relajado como nunca. Y, mira, ya toso mucho menos.
– Me alegro mucho, cariño. ¿No te han dado mi mensaje?
– No -dijo Helen-, no son muy eficientes con estas cosas. ¿Ha pasado algo?
– No, no -dijo Jilly apresuradamente-. Nada. No, sólo quería…, bueno, que me alegro mucho, cariño. No debes preocuparte por nosotras, estamos bien y Kate está estudiando mucho.
– No me preocupo, mamá, ni lo más mínimo. Estoy de maravilla. Pero me alegro de que Kate estudie. ¿Se portan bien, las dos?
– Son un encanto. Helen, quería…
– Vaya, Jim está poniendo caras, dice que nos quedaremos sin reserva. Te llamaré dentro de un par de días.
– Sí, pero…
– Mamá, tengo que irme. Lo siento. Un beso para las chicas.
En fin, pensó Jilly, lo había intentado. No era culpa suya si Helen no tenía tiempo para hablar con ella.
Llamó a Carla Gia
– Pero yo no veo ningún problema.
– Bien. Estoy encantada. ¿Te apetece venir de compras con nosotras mañana?
– No, mejor que no -dijo Jilly-. Me canso enseguida. Os divertiréis más sin mí.
– No estoy muy segura de eso. Hasta el martes, entonces.
Chris Pollock se había quedado a trabajar hasta tarde el domingo por la noche cuando le llegó la llamada.
– Hola, Chris. Soy yo, Jocasta.
– Jocasta, ¿dónde te habías metido? ¿A qué te crees que estás jugando? ¿Dónde está el maldito artículo?
– He estado aquí. En Irlanda. En la casa de Gideon.
– ¿En la casa de Gideon? Por Dios, Jocasta, eso es todo un artículo. ¿Has estado allí todo el tiempo?
– Sí. Lo siento mucho, Chris, pero no habrá artículo. Al menos yo no lo escribiré. Puedes decir que está sana y salva en casa, pero nada más. Y otra cosa, Chris, lo siento en el alma, pero presento mi dimisión.
Aquella primera noche había pasado mucho miedo, esperando y esperando a que transcurriera el tiempo: había sido más aterrador que ninguno de los trabajos que recordaba.