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Él la miró fastidiado, pero movió el pie hacia ella.
Jocasta lo palpó con suavidad, y con mucho cuidado lo movió. No parecía roto.
– Creo que sólo es una torcedura. ¿Tienes una linterna?
– Sólo el faro de la bici.
– Vale. Vamos a… -Encendió el faro de la bici y le iluminó el tobillo. Se le estaba hinchando-. ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe a casa?
– No. Ya me las arreglaré. Está colina abajo, camino del pueblo. Sólo tengo que subirme a la bici.
– ¡Lástima! -Le miró con curiosidad-. Es una noche estupenda para la caza furtiva. Poca luna, sólo la luz necesaria.
– ¡No estoy cazando!
– ¿Ah, no? Bueno, ahora sin duda ya no -dijo Jocasta-. Creo que debería acompañarte a casa. Te juro que no se lo diré a nadie, a nadie.
– ¿Seguro? -A la luz de los faros, sus ojos brillaban de miedo-. Mi madre me zurraría con el cinturón.
– Y haría bien. Y tu padre también debería.
– Mi padre murió. Mi madre y yo estamos solos. Con los pequeños.
– ¿Cuántos pequeños?
– Cinco. Soy el mayor.
– Ya. Y una trucha o una liebre de vez en cuando no van mal. Mira, te dejaré frente a tu casa y nadie se enterará.
El chico se miró el tobillo.
– De acuerdo -dijo por fin. Y después, de mala gana-: Gracias.
– No hay de qué. Una cosa a cambio. ¿Cómo se entra en la finca? Tú debes saber cómo.
– No.
– Por supuesto que lo sabes -dijo Jocasta rápidamente-. No seas tonto.
Hubo un largo silencio y después el chico dijo:
– Sigue esta pista hasta el muro. Camina hacia la derecha. A un centenar de metros hay un árbol muy grande. Una de las ramas cuelga hasta el otro lado del muro.
– Es un buen salto, ¿no? -dijo Jocasta sopesándolo-. Este muro tiene tres o cuatro metros de altura. ¿Y luego cómo se sale?
– No pienso decirte nada más -dijo-. Creía que sólo querías entrar.
Ella lo pensó un momento. Era bastante cierto, ya encontraría la forma de salir.
– Es verdad -dijo poniéndose de pie. Le ofreció una mano para levantarse-. En marcha.
Veinte minutos después, estaba de vuelta. Aparcó el coche bastante más abajo. No quería que los demás siguieran sus pasos. Sacó la linterna del vehículo, se colgó la mochila a la espalda y cerró la puerta del coche silenciosamente. Se puso la capucha de la sudadera y empezó a seguir el camino otra vez, por la cuneta, buscando la pista. No quería equivocarse. Sólo le faltaría perderse.
Bien. Había llegado al muro. A la derecha, había dicho él, un centenar de metros… Árbol, árbol, ¿dónde estaba el árbol, caray?
¡Ahí! Justo allí, cuando el muro dibujaba una curva. No le costó mucho trepar, hasta que llegó a la altura del muro, encaramada a una rama muy gruesa, con otra rama paralela sabiamente colocada para apoyarse.
Después la situación empeoró. Saltó a la pared con cierta facilidad, pero entonces tenía que bajar por el otro lado. Y era un salto de cuatro metros: sobre la hierba, eso sí, pero aun así parecía muy alto.
Y la casa no se veía por ninguna parte. No tenía ni idea de la dirección que debía tomar. Calculó mentalmente que apuntaría a las diez desde donde aterrizaría, pero era una pura conjetura.
Mierda, mierda. Debería haberse llevado un mapa. ¿Y si Keeble tenía perros vigilando la finca, o un guardia armado como se rumoreaba que tenían los gemelos Barclay?
– Oh, qué coño -dijo en voz alta.
Se quitó la mochila y la tiró, y después, pensando a la cámara lenta del miedo si aquélla sería la última cosa que haría, saltó detrás.