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Pasaron algunos ratos del vuelo juntos, de pie en los pasillos, charlando, intercambiando revistas, comparando rutas y planes. Josh quería ir al norte del país; Martha iba a quedarse unos días en Bangkok antes de ir a Sidney. Quería pasar unas semanas allí, «trabajando en bares y cosas así» antes de visitar Ayers Rock y después la selva tropical y la Gran Barrera de Coral.
– Después de eso, ya no lo sé, pero me gustaría acabar en Nueva York.
Clio quería visitar las islas durante unas semanas y después viajar hasta Singapur, donde la alojaría un primo lejano de su padre.
– Sólo un par de semanas. Tiene un hijo que a lo mejor querrá viajar conmigo. Después de eso, Australia, probablemente; aunque quiero ir a Nepal, pero no sola; espero encontrar a alguien que quiera ir.
Jocasta no tenía ni idea de lo que iba a hacer.
– Iré a donde me lleve el destino. Pero seguro que empezaré por las islas. No quiero ir al norte con Josh, y él quiere librarse de mí lo antes posible.
– ¿Por qué no vienes conmigo a Koh Samiu? -preguntó Clio-. Seguro que allí conocerás gente para seguir viajando.
– Sí -dijo Martha-. La amiga íntima de mi hermana, que fue el año pasado, dice que no paras de conocer gente de tu ciudad, de tu escuela, casi de tu familia.
– Caramba, espero que no -dijo Jocasta-. De la familia, al menos. Yo ya me llevo bastante de la mía.
– Yo seguro que no -dijo Martha-. Para mi familia, un viaje de un día a Francia es una gran aventura.
– Yo tampoco quiero encontrarme a nadie de la mía -dijo Clio-. Es mi primera oportunidad de hacer algo sola, sin mis hermanas.
– ¿No te caen bien?
– Sí, pero son mayores que yo. Son muy guapas y lo hacen todo bien y me tratan como si tuviera ocho años en lugar de dieciocho.
– ¿Te costó convencer a tus padres para que te dejaran marchar? Siendo la pequeña…
– Mi madre murió cuando era muy pequeña. Mis hermanas convencieron a mi padre. Aunque dejaron muy claro que estaría de vuelta en Navidad, con el rabo entre las piernas.
Su carita redonda expresaba al mismo tiempo indignación y una infinita tristeza, pero no tardó en sonreír.
– En fin, me salí con la mía.
– Mis padres están encantados de deshacerse de mí -dijo Martha.
– ¿Por qué?
– Porque les parece muy emocionante. Ellos llevan una vida más bien… pequeña. Mi padre es vicario. Así que tenemos que vivir en condiciones de increíble respetabilidad. Nada ni siquiera remotamente picante. Estamos en el punto de mira. Un punto de mira pequeño, pero un punto de mira de todos modos. Toda la parroquia nos observa.
– Me asombras -dijo Clio-, en esta época.
– Me temo que esta época no ha llegado a St. Andrews, Binsmow. Allí existe otra dimensión temporal.
– ¿Dónde está?
– En lo más profundo de Suffolk. Si os digo que el año pasado fui al cine un domingo con unos amigos y al menos doce personas se enteraron y se chivaron a mi padre, os haréis una idea de lo que digo.
Lo pensaron en silencio.
– ¿Y tu madre qué hace?
– Dirige el grupo de mujeres y cosas así. Le encanta. Le hace mucha ilusión que viaje, aunque está un poco preocupada.
– ¿Y cómo has salido tú de esas personas tan convencionales? -preguntó Jocasta, riendo-. ¿A qué escuela has ido? ¿A una escuela de chiflados?
– A una escuela pública -dijo Martha rápidamente-. Eso es lo malo de ser hija de un vicario. No abunda el dinero, por decirlo de alguna manera. ¿Adónde fuisteis vosotras?
– A Sherborne -dijo Jocasta-, y antes de eso estuve interna.
– Yo no -dijo Clio-, al instituto en Oxford. Siempre quise ir a un internado.
– No es tan divertido, te lo digo yo -dijo Jocasta-. Te sientes más sola que la una si echas de menos tu casa, como yo.
– ¿Cuántos años tenías? ¿Ocho? -preguntó Martha.
– Sí. Mi madre estaba ocupada sufriendo una depresión, y mi padre ya se había ido de casa. Josh se quedó más tiempo en casa, por supuesto. Pero me acostumbré. Al final te acostumbras a todo en esta vida, ¿no es así?
Miró por la ventana, decidida a no contestar más preguntas sobre su vida familiar. Las otras se miraron y se pusieron a hablar de un artículo de Cosmopolitan sobre cómo tenerlo todo: profesión, amor, hijos…
– No me gustaría tenerlo todo -dijo Martha-. Bueno, al menos hijos, no. Con la profesión tendré suficiente.
Una voz incorpórea les pidió que volvieran a sus asientos.
Pasaron tres días juntos en Bangkok, tres días extraordinarios en los que crearon vínculos, se adaptaron al calor sofocante, al aire contaminado, al olor que todo lo invadía.
– Es como una mezcla de verdura podrida, tubos de escape y caca -dijo Clio alegremente.
Se alojaron en la misma pensión inhóspita de Khao San Road. Fue un impacto cultural increíble y maravilloso: hacía calor, era ruidosa, estaba llena de gente, iluminada con rótulos parpadeantes en tecnicolor, rodeada de salas de masaje y tatuaje y de puestos que vendían desde camisetas hasta Rolex falsos y cedes pirateados. Casi todas las casas eran pensiones, y a lo largo de toda la calle cafés iluminados con fluorescentes pasaban vídeos sin parar.
Las tres chicas llevaban su diario, que se tomaban muy en serio y escribían por las noches. Planearon verse al cabo de un año y leerse sus aventuras unas a otras.
Por supuesto Jocasta se tomaba el suyo especialmente en serio. Al leerlo muchos años después, aunque el estilo afectado le hiciera pestañear, la transportó a aquellos días pasados, en que deambulaban por aquella ciudad sucia, atestada de gente y fascinante. Volvía a sentir el calor, el nerviosismo, y con él, la sensación de intriga absoluta.
Sentía el sabor de la comida, que vendían en los puestos callejeros, pollos muy pequeños pinchados en un palo, que se comían con hueso y todo, kebabs, incluso cucarachas y langostas, fritas en woks; volvía a ver las cascadas de lluvia cálida cayendo verticalmente sobre las calles, la lluvia que en cinco minutos las sumergía en agua hasta los tobillos -«Bangkok tiene lo contrario al desagüe»-, y sonreía al recordar los increíbles atascos de tráfico que llenaban las inmensas calles todo el día, los autobuses llenos a rebosar, los tuk tuks o taxis motorizados de tres ruedas, que se escabullían entre los coches, y las motos scooter que transportaban a familias de cinco miembros, o de vez en cuando a una glamurosa pareja, que se besuqueaba tan feliz en medio de los tubos de escape.
De lo que ninguna escribió, pensando en la cita de un año después, fue de las otras chicas, ni siquiera sobre Josh, pero aprendieron muchas cosas las unas de las otras en esos tres días. Que Jocasta había librado una batalla toda su vida con Josh para conseguir el afecto y la atención del padre; que Clio había crecido envidiando inútilmente la belleza y la inteligencia de sus hermanas; que las quejas jocosas de Martha de su remilgada familia disimulaban un feroz sentido de protección hacia ellos; y que Josh, el inteligente y encantador Josh, era tan arrogante como perezoso. Aprendieron que Jocasta, con toda su impactante belleza, carecía de confianza en sí misma; que Clio se consideraba sumamente aburrida; que Martha deseaba por encima de todo el dinero.
– He decidido que seré muy rica -dijo, mientras estaban sentadas en uno de una infinidad de bares, tomando un cóctel tras otro, y desafiándose entre ellas a comer los insectos fritos-. Pero rica, rica.
Y cuando se separaron, Clio y Jocasta para ir a Koh Samui, Josh al norte y Martha para quedarse un par de días más en Bangkok, tuvieron la sensación de que eran amigos desde hacía años.
– A la vuelta nos llamamos -dijo Jocasta, dando un último abrazo a Martha-, pero si una de nosotras no lo hace, la localizaremos de todos modos. No habrá escapatoria.