Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 22 из 123

Capítulo 9

¿Cómo podía siquiera pensarlo? Por Dios, ¿se había vuelto loca? ¿Cómo había empezado todo y cómo la había arrastrado en aquella ola enorme que la había dejado sin aliento, aterrada y sin embargo enorme y locamente emocionada?

Había empezado…, bueno, ¿cuándo y dónde había empezado en realidad? ¿En aquella habitación de hospital con la pobre Lina muriéndose? ¿En la Cámara de los Comunes, aquella noche, cuando el ambiente le había parecido tan seductor? ¿O cuando Paul Quenell, el socio director, le había preguntado si le gustaría formar parte del equipo que trabajaría para un nuevo cliente, el Partido de Centro Progresista?

– Es un nuevo partido político, podría interesarte, una escisión de la derecha…

– Ah -había dicho ella-. Chad Lawrence, Janet Frean, ese grupo.

Y a él le había impresionado tanto que los conociera que ella había sentido una excitación casi física por haber estado tan próxima a los pasillos del poder. Aquél había sido un factor importante.

Había ido varias veces a la Cámara de los Comunes para reunirse con ellos, se había familiarizado con su compleja geografía, había escuchado debates desde el anfiteatro público, había ido comprendiendo poco a poco cómo funcionaba.

Había llegado a conocer a Chad y a Janet Frean bastante bien, e incluso un poco a Jack Kirkland, quien la fascinó, con su idealismo apasionado, su intensidad malhumorada, su don para la oratoria, y la forma como, sólo de vez en cuando, de repente se relajaba y empezaba a escuchar en lugar de hablar, e incluso reír, cuando alguien le divertía: con una risa de oso contagiosa. Eran personas a las que era muy difícil resistirse; poseían una cualidad que ella sólo podía definir vagamente como carisma, que hacía que quisieras impresionarlos y agradarles. Y cuando lo conseguías, te sentías fantástica, inteligente y destinada al estrellato y…, ¡vaya!, como una colegiala.

Era una locura, una locura absoluta, pero también estaba el hecho de que se sentía como si hubiera encontrado su habitat natural. Le gustaba que la política fuera un mundo en sí mismo, le gustaba el ambiente de pueblo de la Cámara, que todos se conocieran, que se gritaran de un extremo al otro de la sala y al poco rato estuvieran compartiendo una copa; le gustaba que se basara en los cotilleos y en la información privilegiada y los tratos internos y lo que ella le había descrito a Marcus como una partida vital de ajedrez.

De vez en cuando le proponían que pensara en la posibilidad de participar en ese mundo.

– Yo creo que sirves para esto -dijo Chad una noche, a su vuelta de una batalla prolongada e inútil con un político local-. Te podríamos lanzar en algún sitio. Te encantaría, lo sé.

– No digas tonterías -había dicho ella, riendo-. No sé nada de nada de esto.

– Bobadas. No es nada del otro mundo. Los ingredientes principales son el sentido común y la energía. Y saber expresarse más o menos bien. Todo eso lo tienes. Deberías pensártelo.

Y:

– Deberías pensar en serio en participar, Martha -había dicho Jack Kirkland en una ocasión, con sus ojos brillantes puestos en ella-. Serías muy buena. Elige una circunscripción y te apoyaremos.

Riendo, ella había dicho que apenas era capaz de encontrar su propio despacho, y cómo iba a elegir una circunscripción parlamentaria.

– No, no, no bromees con eso. Hablo totalmente en serio.

¿Cómo podías no responder a eso? ¿A uno de los políticos más famosos del momento, que te decía que le gustaría que formaras parte de su partido?

Era todo muy excitante.

Una mañana de finales de enero estaba sentada a su mesa cuando sonó el teléfono.

– Martha Hartley.

– Hola -dijo una voz-, soy Ed Forrest. No sé si te acordarás de mí. Me trajiste a Londres una tarde, el año pasado.

Claro que se acordaba del guapo y encantador Ed.

– Ed -exclamó-, qué alegría oírte. Pensaba que estarías en Tailandia como mínimo.

– He estado. Pero ya he vuelto. Te dije que te invitaría a una copa. Me sentía mal por no haber cumplido mi palabra, pero no tuve tiempo. Lo siento.

– Ed, no te preocupes por eso. No te lo he tenido en cuenta en ningún momento.

– Ya me lo imagino -dijo él-. No pareces de esa clase de personas. Me gustaría volver a verte.

– Bueno es una gran idea -dijo ella, dudosa. Pero ¿qué mal había? ¿Qué mal podía haber?-. Sería agradable -añadió-. Pero tendrá que ser…, déjame ver, a finales de semana. El viernes, por ejemplo.

A lo mejor él no podía. Los viernes, los chicos de esa edad siempre quedan con alguien.

– El viernes es perfecto -dijo él-. ¿Adónde te gustaría ir? ¿Al Smiths? ¿O ya estás harta de ir allí?

– ¿Por qué lo dices?

– Me han dicho que los de la City van mucho.

– Pues aquí tienes a una que no. Además, me gusta.

Menuda estupidez, pensó al colgar. Si apenas tenía tiempo para respirar.

Estaba sentado a una mesa cercana a la puerta, a la tenue luz y en medio del ruido incesante del Smiths, y Martha sintió una punzada de placer con sólo verlo.

Estaba muy bronceado, y los cabellos rubios, más cortos de lo que los recordaba, estaban descoloridos por el sol. Llevaba una americana azul marino, con una camisa azul claro sin corbata. La sonrisa, esa sonrisa sincera y maravillosa, era como la recordaba, y los ojos azul intenso y las pestañas largas y rubias.

Se puso de pie para saludarla.

– Hola. Estás muy guapa.

– Gracias.

Martha deseó haberse puesto algo menos severo que aquel traje negro, aunque el top de Do

– Lamento llegar tarde -dijo, sintiéndose un poco tonta de repente.

– No te preocupes. Ya contaba con eso; seguro que tienes un montón de cosas importantes que hacer.

– Pues no estaba haciendo nada -dijo, y se rió-. Esperaba un taxi y entonces he visto que a mi móvil se le había agotado la batería. Por eso no te he llamado.

– No pasa nada. Me alegro de verte. Estás muy guapa. ¿Qué quieres tomar?

– Oh… -Dudó un momento-. ¿Vino blanco?

– ¿Qué te gusta? ¿Chardy?

– Sí, está bien. -La verdad es que no le gustaba el chardo

Él se acercó a la barra y volvió con dos copas y una botella de sauvignon.

– ¿Qué ha sido del chardo

– Me he dado cuenta de que no te gustaba, así que he probado con el sauvignon. ¿He acertado?

– Del todo -dijo Martha.

De repente se sintió un poco asustada. ¿Cómo podía entenderla tan bien? ¿Ya?

Tres cuartos de hora después la botella estaba vacía y para su infinita sorpresa Martha le había contado a Ed lo que él había denominado «tus cambios de vida». Previsiblemente su respuesta había sido moderada y aprobadora, y ella aceptó cenar con él.

Martha consideró su probable poder adquisitivo, y que quizá no querría que pagaran a medias.

– Hay un restaurante tailandés en esta misma calle -dijo-, se llama Bricklayers' Arms.

– No suena muy tai.

– Ya lo sé, pero confía en mí.

– De acuerdo. Iré a pagar el vino.

– Puedo…

– Por supuesto que no -dijo, y sus ojos azules mostraron un disgusto sincero.

Ella le sonrió.

– Gracias -dijo-. Ha sido el mejor sauvignon que he tomado en mucho tiempo.

– Me alegro -repuso él-. Esperaba que te gustara.

Ed había hecho vaRIas entrevistas desde su regreso.

– Y hoy, precisamente hoy, he tenido una segunda entrevista y creo que tengo el empleo.

– ¡Ed, cuánto me alegro! ¿Dónde?

– En un canal de televisión independiente. Quiero ser investigador. Y es curioso -dijo, mordisqueando una galleta de arroz-, el primer programa en el que trabajaré es sobre política. Conocer personalmente a un político puede serme de gran ayuda.

– Ed -dijo Martha riendo-, que no soy política.

– No, pero seguro que lo serás -dijo-. ¿Más vino?

Era casi medianoche cuando salieron del restaurante.

– Lo he pasado muy bien -comentó Martha-. Gracias. Cuéntame si te dan el empleo. Si te lo dan, puedo concertarte alguna entrevista con miembros del partido.

– ¿Podrías? Se lo diré a los jefes.

Le dieron el empleo. Chad Lawrence aceptó entrevistarse con él y le facilitó una gira por la Cámara de los Comunes.

– Pero con una condición, Martha. Tienes que unirte a nosotros.

– Oh, Chad, no empieces.

– Sí empiezo. ¿Por qué debería ayudarte a conseguir un amante joven a cambio de nada?

Martha hizo la gira con él, y después le invitó a almorzar.

– Te debo un almuerzo.

Fueron al Shepherds, donde se sentía como en casa, le enseñó a los políticos, le contó chismes. Casi contra su voluntad, aceptó volver a verle.

– Preguntaré si te dejan entrar en la oficina -dijo él-, han entrevistado a varios jóvenes sobre política, qué les interesa y qué no. Podrías ver algunas cintas.

Las entrevistas registradas eran más bien deprimentes. Martha empezaba a darse cuenta de por qué algunos, como Chad, querían tenerla en nómina. La actitud general era de desapego total con la política.

Se pasó un par de horas hablando con los colegas de Ed, que le cayeron muy bien. Eran un grupo joven y alegre. Le intrigó su mente creativa, que dijeran «Intentémoslo» o «¿Por qué no?» en lugar de «Es imposible» o «Habría que encontrar un precedente». Ed le había dejado algunas cintas de sus entrevistas políticas y ella estaba intrigada y un poco apabullada por la forma como estaban montadas, sacando citas fuera de contexto y recortando lo que no les gustaba.

– Francamente, es un poco deshonesto -dijo, riendo, mientras miraban la cinta de la primera entrevista y después el resultado editado. Una de las chicas, la más seria, había dicho que le costaba confiar en los políticos, pero que le caía bien Tony Blair, y que admiraba a Cherie, consideraba interesantes muchas de las ideas del nuevo laborismo, y le gustaría saber más de ellos aunque probablemente acabaría no votando. Y de todo eso, había quedado que ella no confiaba en los políticos y no votaría por nadie.

– Es lo que quería decir -comentó el productor-, el resto era paja. Pero vamos a tomar algo. Así podrás contarnos más. Tal vez deberíamos entrevistarte -añadió esperanzado.

– ¿A mí? Creía que el programa era sobre jóvenes.

– Tú eres bastante joven -dijo él-. Para ser miembro del Parlamento, al menos.

– No soy miembro -dijo ella con firmeza-. Sólo estoy trabajando con el nuevo partido.

– Podríamos decir que eres miembro del parlamento, un miembro nuevo.

– No, no podéis -dijo Martha riendo.

– De todos modos, vamos a tomar algo.

Fue entonces cuando empezó a sentirse incómoda. Estaba en un bar de Wardour Street con el brazo de Ed rodeándole los hombros -eso le gustó, era la primera vez que la tocaba aparte de algún breve beso de despedida-, charlando, y se unieron a ellos algunos amigos de Ed, todos de la profesión, y estaba claro que la relación les parecía rara. Todos tenían veintipocos años, ¿cómo podían relacionarse con una mujer que debía de parecerles casi de mediana edad? Y no era sólo la edad lo que les separaba.