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– No. Me llevo a cenar a esta encantadora dama y éste es mi primo, que nos hará de carabina. Venga, Martha -dijo, guiándola hacia la derecha-. Antes de que nos marchemos, una de las baldosas del suelo del salón Pugin está mal puesta, ¿sabe cuál es? Buenas noches, Henry. ¿Te vas? Bien hecho… Venga a ver estos bustos, Martha, le divertirán. ¿Ve ese de Alec Douglas Home? Dicen que perdió las elecciones del 64 porque llevaba gafas de media luna; como ve aquí no las lleva. Bueno, ya estamos otra vez en los Comunes. Se nota cuando cambias, por las alfombras: la de los Lores es roja; la de los Comunes, verde. Los Lores también tienen un sonido con más clase para convocarlos, nosotros tenemos un timbre y ellos tienen una campana. Fíjese, Martha, ahí está la biblioteca. Mucha gente ha muerto practicando el sexo allí dentro.

– ¿En serio? -dijo Martha, riendo.

– Eso dicen. Aquí no está permitido morir en ninguna parte, por si no lo sabía. Te sacan del recinto como sea. Aquí tenemos el salón. Es famoso por la decoración y todo ese horrible papel pintado.

Doblaron a la izquierda y entraron en una sala tan deslumbrante que Martha pestañeó. Con su magnífica vista del río, las paredes y el techo cubiertos con el papel pintado dorado Pugin, y una enorme lámpara suspendida en el centro, era más bien como una zona de recepción de un hotel enorme. Las sillas y los sofás estaban dispuestos en grupos, y había unos camareros ancianos cargados con bandejas de plata con bebidas. Marcus les guió hacia una mesa: alguien se levantó.

– Marcus, hola. ¿Qué piensas de todo eso?

– Una tontería. ¿De verdad esperan que nos entusiasmemos?

– Creo que sí. ¿Quieres tomar algo?

– No, no nos quedaremos mucho rato. Me llevo a estos dos a cenar. -Se sentó y saludó a alguien que pasaba-. ¡Buenas noches! Me alegro de verte.

– Esto es como pasear por el pueblo de mis padres -dijo Martha riendo.

– Es que esto es como un pueblo. Aquí trabajan unas dos mil personas. Tiene de todo: floristería, oficina de correos, peluquería de señoras… Y se puede tomar una copa las veinticuatro horas del día, si sabes dónde buscar. En eso no se parece a un pueblo, supongo. O puede que sí. Y funciona a base de chismes. ¿Qué os apetece?

– Vino blanco con sifón, por favor. -Martha se sentía extrañamente cómoda y sonrió-. Me gusta esto. ¡De verdad!

Cenaron en Patrick's, un restaurante en el sótano, junto al Embankment, que en realidad se llamaba Pomegranates.

– A todos nos gusta -dijo Marcus-. Está muy cerca de la Cámara y su otra ventaja para la vida política es que se encuentra al lado mismo de Dolphin Square. Allí viven un montón de diputados. Antes era donde se mantenía a las queridas, pero ahora todos tenemos que portarnos como santos.

– De santos nada -dijo Richard-. Se me ocurren nombres como Hinduja y Ecclestone.

– Sí, vale, vale. Escándalos de diferente calaña, eso es todo. Mucho menos atractivos, diría yo. En fin, es un trabajo muy deprimente hoy en día. En las últimas elecciones ha habido menos votantes que nunca. El otro día leí que los políticos están incluso por debajo de los periodistas en la estimación de los ciudadanos. Eso sí es un juicio duro.

– No debería sorprenderle -dijo Martha-. Todo el mundo se siente abandonado, desilusionado. No es sólo su partido, por supuesto, son todos. Y por ahora no hay oposición digna de mencionarse. O sea que la gente no vota. ¿Por qué habrían de votar?

– Tiene razón. Y el talento político se está desperdiciando de una forma penosa. Veo que le interesa.

– Oh, sí.

– Pues debería hacer algo… Hola, Janet. Me alegro de verte. ¿Puedo presentarte a mi primo Richard Ashcombe, y a su amiga Martha Hartley?

Martha miró a Janet Frean y, como siempre que se encontraba con una cara muy familiar en una persona desconocida, sintió que ya la conocía. Era una cara simpática, no precisamente bonita, pero sí atractiva, de rasgos marcados. Llevaba el pelo rojizo corto. Era alta y muy delgada, tenía buenas piernas y unas manos finas y elegantes. Sonrió a Martha.

– Martha tiene puntos de vista interesantes -dijo Marcus-, deberías escucharla.

– Me gustaría mucho, pero ahora no puedo. Estoy esperando a… Ahí está. Buenas noches, Nick. Ya conoces a Marcus De

– Claro. Buenas noches, Marcus. -Un hombre muy alto, joven y de aspecto desgarbado se acercó a la mesa-. Janet, no quiero parecer grosero, pero sólo tengo media hora. Después debo volver a la Cámara. El señor Mandelson va a concederme un poco de su valioso tiempo. ¿Chad está aquí?

– No, pero estará aquí en cinco minutos. ¿Nos disculpáis? -dijo Janet a Marcus-. Me encantará escuchar sus ideas algún día, señorita Hartley. En serio.

Martha le sonrió, incómoda.

– No tiene por qué ser cortés. Estoy segura de que mis ideas son de lo más normales.

– Lo dudo -dijo Janet Frean, sonriendo-. No me parece que nada en usted sea de lo más normal. ¿A qué se dedica? A esto no, ¿verdad?

– No, es abogada -dijo Marcus-, es socia en Sayers Wesley. Un puesto muy exigente. Que lo paséis bien.

– Gracias. Oh, ahí está Chad. Nick, venga, vamos a nuestra mesa.

– Me lo presentaron una vez -dijo Martha, mirando a Chad Lawrence-. ¿Quién es el tal Nick?

– Nick Marshall. Un joven muy, pero que muy brillante. Director de política del Sketch. No creo que lo lea.

– No, no muy a menudo. Siempre leo el Sun y el Mail y no necesito más prensa sensacionalista.

– Pues échele un vistazo un día, es muy bueno. ¿Pedimos?

Al día siguiente, Martha compró el Sketch de camino al trabajo. Marcus tenía razón: era muy bueno. Menos previsible que el Mail, más serio que el Sun, pero con la misma vivacidad e inteligencia. Había un artículo de Nicholas Marshall, que leyó con gran interés.

Se titulaba «¿Se acabó el partido?», y eso le gustó. Era una sobria valoración de los conservadores y dónde estaban situados en las encuestas.

«A pesar de que hay mucho de podrido en el estado de nuestra política, los conservadores parecen incapaces de extraer ningún capital de eso. ¿Es posible realmente que, dentro de los confines del partido, no haya nadie capaz de luchar por él? Una de las bestias consagradas de los conservadores, ahora en los Lores, me dijo anoche que si devolvieran a Janet Frean (expulsada del gobierno en la sombra hace ocho meses por su vigorosa posición proeuropea) o a Chad Lawrence (que recibió el mismo trato por negarse a aceptar la posición del partido en cuanto a solicitantes de asilo) a primera línea, la oposición podría recuperar parte de su musculatura. Que se ha vuelto muy flácida.

»Se busca: un Rambo (o una Ramba) para el partido conservador. Antes de que se desmorone.»

Martha no reconoció el fondo del artículo: se trataba de una propaganda cuidadosamente planificada por Lawrence y Frean y lo que fuera que pensaran hacer, pero sí sintió una oleada de excitación por haber conocido a las personas clave en un espectáculo a punto de comenzar. Una emoción que, era consciente, el derecho hacía tiempo que no le proporcionaba.

De todos modos, si alguien le hubiera dicho que menos de un año después sería la candidata parlamentaria propuesta por Binsmow, habría pensado que estaba loco de atar.