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Era un caso, pensó Ed, colgando. Guapa, divertida e inteligente. Le caía muy bien. Aunque nunca podría enamorarse de ella. Nunca. Era la hija de Martha y eso lo hacía impensable. Pero por lo que fuera, le consolaba. Le hacía sentir un poco menos desesperado. No era Martha, pero de algún modo extraño sí lo era. Una parte de ella. Literalmente. Había algo en su voz, por ejemplo, un tono que era de Martha. Y cuando se reía, también era como Martha. Y sus ojos, esos enormes ojos oscuros, eran los ojos de Martha. De alguna manera debería ser doloroso, y lo era. Aunque no dolía demasiado.
– Bueno, aquí está. Sólo hace un par de días que ha vuelto a casa y se cansa enseguida, pero… sólo unos minutos.
– Hola, señora Hartley-dijo Ed-. ¿Cómo está?
– Un poquito mejor.
– ¿Se acuerda de Kate?
– Sí, claro que me acuerdo. Gracias por venir, cariño.
– De nada. Le hemos traído esto.
Helen había elegido las flores y eran preciosas.
– Que detalle, Peter, ponlas en un jarrón. Has hecho un viaje muy largo -dijo a Kate.
– No, no tanto. Me ha traído mi novio. En coche. Ha ido a comprar no sé qué -dijo, ansiosa por que Grace no pensara que tenía que invitar también al novio-. El motor necesita un ajuste o algo.
– Ah, vaya. ¿Cuántos años tienes, Kate?
– Dieciséis.
– ¿Vas a la escuela?
– Sí.
– ¿Y qué quieres hacer?
– Creo que me gustaría ser fotógrafa. Pero también podría ser abogada.
– ¡Abogada! Vaya por Dios. Como Martha.
– Sí, bueno, y como Ally McBeal.
– ¿Quién, cielo?
– Ally McBeal. Es una abogada de la tele. Tiene que verla, es muy buena.
– Me acordaré. ¿Cómo está Jocasta? Se llama Jocasta, ¿no?
– Sí, Jocasta -dijo Kate-, está muy bien. Va a tener un hijo.
– ¡Un hijo! Qué alegría. Me hace muy feliz.
– Sí. -Miró a Ed un momento y dijo-: Le manda recuerdos y dice…
– ¿Ah, sí? ¿Qué dice?
– Dice que si es una niña… -dijo Kate, y sonrió con ternura a Grace-, me dijo que le dijera que si es una niña la llamará Martha.