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Martha nunca olvidaría no sólo la primera visión de la franja de playa bordeada de árboles altos, sino también su primera sensación: la arena blanca, el aire cálido e increíblemente dulce después de la árida pestilencia de Bangkok, el agua cálida de color azul verdoso. Ella y Fran encontraron una cabaña, de forma ostentosa denominada bungalow, por doscientos baht por noche, y pensaron que no querrían marcharse jamás. Tenía ducha, un porche y tres camas. El tiempo se volvió más lento y se dejaron llevar por él.
Unos días después tropezó con Clio, que estaba alojada unas cabañas más abajo; era fácil encontrar a la gente, sólo tenías que preguntar por la playa y en los bares, si los había, y encontrabas a quien querías. Jocasta ya se había ido al norte.
– Pero dijo que regresaría -dijo Clio de manera vaga.
Aquella vida fomentaba la vaguedad: era atemporal, sin rumbo y maravillosamente irresponsable.
El lugar era inmensamente hermoso. Tras la porquería y la miseria de Bangkok parecía un paraíso, con aquella agua cristalina, las palmeras ondulando encima y la arena blanca infinita. El gran Buda estaba al final de la playa, en lo alto de un tramo de enormes escaleras ornamentadas, pintado de un dorado ya descascarillado. Sus ojos severos te seguían a todas partes. Y como estaban en la estación lluviosa, los atardeceres eran maravillosos: naranja, rojo y negro, increíbles y espectaculares. Todo el mundo se sentaba y los contemplaba como si fuera un espectáculo, mejor que ir al cine, decía Martha…
Pasaron muchas horas sentadas en el porche, hablando y hablando mientras oscurecía y después anochecía, no sólo ellas, sino cualquiera que pasara por allí. La facilidad con la que se iniciaban las relaciones fascinaba a Martha, que había crecido en una sociedad tan estricta como Binsmow. Una de las cosas que más le gustaban era que se aceptaba a todos, tal como eran, para formar parte de aquella tribu grande y sencilla. No importaba nada más, no había ninguna clase de esnobismo. No había que tener montones de dinero, ni la ropa correcta. Eras un mochilero, nada más y nada menos que eso.
Martha se encariñó mucho con Clio. Tenía ganas de caer bien, era muy buena. Y le faltaba seguridad en sí misma, que era muy raro, en opinión de Martha, porque era muy bonita. Tal vez un poco gordita, sí, pero con el complejo que tenía, cualquiera diría que usaba una talla cincuenta. Sus hermanas sin duda eran bastante responsables de eso.
Había desventajas: Martha sufrió diarreas continuas.
– Y la regla parece que se haya vuelto loca -dijo una mañana a Clio-. Me vino en Bangkok, me duró dos días y después me volvió a venir ayer, y ahora parece que haya desaparecido.
Clio, en su papel de asesora médica, la había tranquilizado, y le había dicho que era culpa del cambio radical de comida, de clima y de hábitos. Martha había intentado no preocuparse por eso, y al cabo de unas semanas lo consiguió. Todo formaba parte de aquella nueva persona desconocida en quien se había convertido, relajada, tranquila, despreocupada. Y muy, muy feliz.
Qué suerte, qué suerte tenía Ed con todo aquello por delante.