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Nick atravesó Knightsbridge a toda velocidad y atajó por el parque. Por favor, que no estuvieran los policías montados. Estaban. Esperó un momento atormentándose, y después dio la vuelta haciendo chirriar las ruedas y atajó por Bayswater Road. Allí también había un tráfico denso: lo cruzó rápidamente, y cogió una calle secundaria, serpenteando por calles estrechas y placitas, adelantando a otros conductores (sorprendido por su indignación; él conducía como siempre, sólo que más deprisa). Estuvo a punto de matar a dos perros, un gato y casi mató del susto a una viejecita de aspecto majestuoso que bajó a la calzada sin mirar, como suelen hacer las viejecitas majestuosas. Ella le amenazó con el puño, y cuando miró por el retrovisor, la vio apuntándole con el dedo a otro transeúnte. Cortó por Baker Street, se abrió camino hasta Welbeck Street, y después tomó la dirección norte, con la mente centrada en que tenía que llegar a Gower Street a tiempo. En cierto momento se encontró frente a un rótulo de prohibida la entrada en una calle de un sentido. Le pareció lo más lógico seguir adelante. Tuvo suerte.
En Gower Street tuvo que localizar la clínica, que según el hombre estaba al final de la calle: ¿dónde?, maldita sea. Ah, ya. No había parquímetros, por supuesto, sólo líneas amarillas por todas partes.
Dejó el coche y se enfrentó a un guardia de tráfico que le preguntó qué hacía.
– Salvar una vida -dijo Nick.
El hombre ya lo había oído antes.
– Tengo que ponerle una multa -dijo.
– Bien. Vale. Me encantará. Adelante.
El guardia le miró fijamente y después escribió la multa, meneando la cabeza.
Ahí estaba, una puerta discreta y recién pintada: con una placa de bronce que decía GG & O. Qué estupidez de nombre para una clínica. Apretó el timbre. La puerta se abrió con un zumbido pretencioso.
Había una mesa de recepción en la entrada, con un gran jarrón de flores. A la izquierda del jarrón había una mujer joven y sonriente con un traje azul marino y una blusa de flores y un lazo en el cuello.
– Buenos días -dijo-. ¿En qué puedo ayudarle?
– Diciéndome dónde… dónde está mi esposa -dijo Nick.
Le pareció que estarían más dispuestos a ayudarle si asumía la posición de su marido. Se sentó respirando con dificultad. Se sentía raro.
– ¿Me da su nombre, por favor?
– Keeble. Jocasta Keeble.
– ¿Con quién tiene visita?
– No puedo decírselo porque no lo sé.
La mujer se puso a teclear en el ordenador. Lo suficiente para escribir un libro, le pareció a Nick. Al menos un artículo muy largo. Qué pérdida de tiempo y energía eran esos trastos. Sólo se necesitaba un libro de citas y un lápiz.
– Keeble, ha dicho, Keeble. No, no tengo a nadie esta mañana con ese nombre.
Sonó el teléfono.
– Ginecología y Obstetricia Gower. ¿Doctor Cartwright? Sí, espere un momento, por favor. -Más tecleo.
– Oiga -dijo Nick-, esto es tan urgente que no sé ni por dónde empezar. Por favor, dígame dónde está.
– Un momento, por favor. Lo siento, doctor Cartwright, le paso una llamada.
La mujer le sonrió menos amistosamente.
– Oiga, no tengo a ninguna Keeble hoy. Seguro.
– Pues mire Forbes.
– Forbes, Forbes…, ah, sí. Sí, aquí está. Bien, si quiere sentarse, le diré a la doctora Miles que está aquí. Sírvase un té o un café.
– No quiero café y no quiero ver a la doctora Miles. Quiero a mi esposa.
– La doctora Miles tiene visita con su esposa hoy. Un poco de paciencia, por favor. Susan, es sobre la señora Forbes. Una de las pacientes de la doctora Miles. Está aquí su marido. Está en el quirófano… Ah, sí, bien. Gracias… -Se sentó en la silla y sonrió a Nick con gran educación-. Lo siento, señor Keeble. Su esposa ya se ha marchado.
Enseguida vio lo que había hecho. Estaba muy rara. Una mezcla de desafío y excitación. El frasco de paracetamol estaba encima de la mesita, perfectamente tapado. Ella lo miró. Él lo cogió. Estaba vacío.
– Oh, Grace, Grace, mi vida, no deberías haberlo hecho, sé por qué lo has hecho, pero… Dios mío, llamaré a Douglas, cielo santo…
Grace se puso a llorar.
El consejo de Douglas Cummings fue sucinto.
– Llévala al hospital. Inmediatamente. Es un fármaco letal. Esté como esté, llévala al hospital. ¿Quieres una ambulancia?
– No -dijo Peter enseguida-, está a cinco minutos. La llevaré en coche.
Esperaba fervorosamente que aquello no fuera lo último que hacía por ella.
Nick caminó despacio hacia el coche. Le habían puesto el cepo. Decidió que no podía resolverlo en ese momento. Lo dejaría. Lo bueno del cepo era que el coche estaba seguro.
Se encontraba mal, y sumamente cansado. Aparte de eso no sentía nada: ni tristeza, ni ira, nada. Le dolía el brazo. Paró un taxi y le dio la dirección de Hampstead. Se sentó en el taxi, mirando por la ventanilla, los entornos más bien deprimentes de Gower Street, mirando a la gente, personas con suerte, que tenían relaciones normales y familias felices.
Intentó no pensar en Jocasta y sobre todo intentó no pensar en el bebé del que se había deshecho. Fracasó. Era como si su cabeza no quisiera volver a pensar en nada más nunca. Pensaba en ella, en lo mucho que la había querido, lo mucho que la quería, tanto…, en cómo se habría comportado, en lo que habría querido, de haberlo sabido. Y sabía que lo habría querido. Mucho, mucho. Incluso en ese momento, al pensar en el bebé, un bebé que ya no existía, sintió un montón de cosas nuevas y del todo desconocidas. No estaba muy seguro de lo que eran, pero había orgullo, un fuerte instinto de protección y un cierto respeto por lo que habían hecho, Jocasta y él. Sí. Sin duda. Lo habría querido: a su bebé.
Habría sido absolutamente aterrador: habría supuesto no sólo compromiso, compromiso absoluto, impuesto a la fuerza, sino una vida nueva y totalmente diferente. No habría habido ningún período de ajuste para los dos, tiempo para aprender a vivir juntos, tiempo para adaptarse a su nuevo estado. Habría dado el salto de soltero a marido y padre, sin tiempo apenas para respirar. Habría sido muy difícil. Pero era lo que habría querido.
Al cabo de un rato, asombrado con su tristeza, por lo que había perdido, por lo que ambos habían perdido, pensó que daba lo mismo si no volvía a verla, porque no se hacía responsable de lo que podía hacerle, y entonces se adelantó y golpeó en el cristal y dijo al taxista:
– ¿Puede llevarme a otro sitio? A Clapham, North End Road, por favor.
Se pondría bien seguramente, habían dicho, porque él había actuado muy deprisa.
– El problema del paracetamol es que aunque parezca no haber hecho ningún efecto ha producido un daño irreparable en el hígado -le dijo el joven doctor a Peter.
Había salido de la habitación de Grace, y lo había encontrado llorando con la cabeza entre las manos. El médico era muy joven, y normalmente le costaba mucho enfrentarse al dolor de los pacientes, pero su padre era clérigo y aquel pobre hombre le resultaba más familiar.
– Creo que se pondrá bien. Le hemos dado un antídoto muy potente, le hemos hecho un lavado de estómago y ahora duerme. Procure no preocuparse. Parecía tranquila.
Peter asintió, porque era incapaz de hablar.
– Mire -dijo el médico-, sé que es frágil y que ya no es joven, pero es una luchadora. Se le nota, con sólo verla. No ha parado de decir que lo sentía. Trate de no preocuparse -dijo otra vez.
– Sí -dijo Peter, secándose los ojos-. Sí, gracias.
– Tómese una taza de té.
– Lo haré.
Peter le vio alejarse, para ver a otro paciente, resolver otra crisis. Apenas parecía tener edad para llevar un maletín de médico y menos aún para dirigir un ala de urgencias; era delgado, casi desmadejado, con su bata blanca, y los cabellos sobre los ojos.
De repente el joven médico se volvió y fue hacia él.
– He olvidado decirle algo -dijo a Peter-, su esposa ha dicho que había sido un accidente. Lo ha dicho tres veces. Está claro que lo lamenta muchísimo. Eso es una buena noticia. Los casos realmente graves son los que no quieren que les salven.
Peter le dio las gracias. Pero sabía que a Grace le habría encantado que la dejaran irse. Para estar con Martha.
– Una llamada para ti, Clio. Creo que es esa periodista amiga tuya -dijo Margaret-. ¿Te la paso?
– Oh, sí, por favor, pásamela. ¿Cuántas visitas me quedan?
– Sólo la señora Cudden.
– Qué bien. Dile que no tardaré y que la llevaré a casa.
– ¿Seguro?
– Del todo. Jocasta, hola, ¿cómo estás?
– Oh, Clio, Clio… -Jocasta no siguió.
Clio sólo oía sollozos.
– Jocasta, ¿qué pasa? ¿Qué tienes?
– Ha sido horrible. Estaba tan asustada que… Dios mío, ven, por favor. En cuanto puedas. Lo siento, Clio, lo siento, estoy bien, es que…
– Jocasta, no deberías estar sola. Debería haber alguien contigo. ¿Dónde estás?
– En casa. Estoy bien, en serio. Estaré bien.
– Puedo ir sobre las cinco -dijo Clio-. ¿Te parece bien?
– Sí. Gracias. -Estaba muy llorosa. Clio colgó y dijo que pasara la señora Cudden.
Tal vez podría convencer al nuevo médico para que hiciera sus visitas de la tarde.
– Ya puede verla, señor Hartley. -La joven enfermera le sonrió cariñosamente-. Ha dormido un poco. Dice que quiere irse a casa, pero por su edad, es mejor que se quede un par de días. Para que podamos supervisar cómo va su hígado. Tenemos una habitación en Florencia, y la trasladaremos en cuanto podamos.
– Gracias -dijo Peter, y se preguntó distraídamente cuántos millones de alas de hospital se llamarían Florencia. Entró a ver a Grace.
Estaba echada boca arriba, mirando al techo. Tenía la piel amarillenta.
– Hola, Grace, mi vida.
Ella volvió la cabeza, le miró y se echó a llorar.
– Oh, Peter, lo siento. No sé cómo he podido hacer eso. Perdóname, por favor.
– Claro que te perdono. Te perdonaría lo que fuera. Ya lo sabes. Te quiero muchísimo, Grace.
– Lo sé. Yo también te quiero. Pero todo parece tan inútil. Tan terriblemente inútil. Al ver el frasco me pareció encontrar la solución.
– Lo sé, cariño, lo sé.
– Es un dolor tan grande, no sé cómo soportarlo. Es como si ya no tuviera a Dios, como tú. No me ayuda, como te ayuda a ti. Por favor, perdóname, Peter, por favor.
– Grace. A mí tampoco me ayuda mucho por ahora. No soy capaz de imaginar que pueda sentirme mejor.
– ¿De verdad? -dijo ella.
– De verdad. Ha habido veces que he pensado que había perdido por completo la fe.
– Oh, Peter, no me había dado cuenta, creía que…
– Creías mal. Pero sé que Dios nos ayudará. Tarde o temprano. Sólo tengo que aguantar. Como debes aguantar tú. No puedo perderte a ti también -añadió con una sonrisa cansada.
Grace le miró. Era espantoso sentirse mejor, porque sabía que Peter estaba mal. Aun así la ayudaba. Saber que estaban juntos en el dolor, saber que no debía pasar lo peor sola le devolvió la sonrisa.
– Lo siento mucho -le comentó otra vez, y después-: Debo de estar horrible.
– Para mí siempre estás preciosa.
– No digas eso -dijo ella apartando la cabeza. Las interminables lágrimas empezaron de nuevo.