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¿Cómo reaccionaría si se enteraba de que estaba embarazada? De otro hombre, cuando la tinta de su licencia de matrimonio aún no se había secado. ¿O pensaría que era suyo? Era aterrador. ¡Dios mío, era un desastre!
– Mira, me gustaría que te quedaras con algo. Si cambias de opinión…
– No -dijo Jocasta-. Sé que no.
– Pues llévate la ropa al menos -dijo Gideon-, ocupa espacio en el armario y a mí no me sienta bien.
Jocasta sonrió.
– Oh, Gideon. Esto es tan triste. Debíamos haber tenido una aventura y basta.
– Pero tú no querías una aventura -dijo Gideon-, querías casarte. Venga, Jocasta, reconócelo.
– Lo reconozco -dijo.
– Y yo te animé.
– Sí, me animaste. En general, estuvo bien. Fue divertido.
– Me alegro de que pienses así -dijo Gideon-. Yo también me he divertido. Bueno, tomemos el té. Después tendrás que disculparme. Tengo que volver al despacho. Y antes de eso tengo que recoger unas maletas. Me…
– Me voy mañana -dijo Jocasta, y se rió-. Oh, Gideon. Lo siento mucho. Me he portado muy mal.
– Yo también me he portado muy mal. Y también lo siento mucho. En fin, ha sido un matrimonio breve pero bastante feliz. Gracias por venir. Quería que termináramos como amigos.
– Amigos -dijo Jocasta, y se levantó de la silla para darle un beso-. Adiós, Gideon.
– Adiós, Jocasta. Y te lo agradecería enormemente si la prensa no se enterara de esto hasta dentro de un tiempo.
– No se enterará. Te lo prometo.
No se enteraría. Que se enterara la prensa era lo último que deseaba. Sobre todo un miembro concreto de la prensa.
Al menos Nick había mandado una postal. Dos postales. Estaba claro que había pensado en ella. Eso era agradable.
En cuanto subió al coche, le llamo al móvil. No le contesto Nick.
– ¿Diga?
– Hola, señora Marshall. Soy Jocasta. Jocasta Forbes.
– Hola, Jocasta. -La voz era fría, nunca se habían caído bien-. Supongo que te preguntas por qué contesto el teléfono de Nick. Se ha roto el radio derecho…
– ¿Qué es eso?
Pattie siempre utilizaba términos médicos. Era una de las muchas cosas que sacaban de quicio a Jocasta.
– Es uno de los huesos del antebrazo.
– Lo siento. ¿Cómo está?
– Está bien. Se ha caído de un caballo, una vergüenza. No es grave, pero ahora está durmiendo. Me había pedido que apagara el teléfono pero lo olvidé.
– Lo siento mucho. ¿Está en el campo?
– Sí, por supuesto. No estoy en Londres con él.
– Claro. Por favor, dele recuerdos. Dígale que lo siento. Y que gracias por las postales. ¿Cuándo volverá a Londres?
– Hasta dentro de dos semanas no creo. Le diré que te llame.
– Sólo si le apetece. Gracias.
– ¿Estás en casa?
– Sí -dijo, y rápidamente añadió-: dígale que estoy en la Casa Grande. Él lo entenderá.
– Muy bien.
Cuando Nick se despertó, Pattie Marshall le dijo que Jocasta había llamado y le mandaba recuerdos. Y que estaba viviendo en la Casa Grande.
– Ha dicho que tú lo entenderías.
Nick lo entendía; estaba viviendo en la Casa Grande, no dejándola. Había vuelto a perderla.