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Capítulo 42

Josh apenas había podido dormir. Tenía la sensación de que no volvería a dormir nunca más. Se había pasado la noche dando vueltas frenéticamente en la cama de la habitación de invitados. Le había dicho a Beatrice que tenía indigestión, que no quería molestarla.

Le parecía que era imposible hacer lo correcto. O se lo decía a Beatrice, que se llevaría un disgusto, por no hablar de que se sentiría muy ofendida y probablemente lo echaría de casa -¿y qué pensarían las niñas de tener de repente una hermana mayor?-, o podía no decir palabra y vivir el resto de su vida con aquella certeza terrible y opresiva.

Además no era una chica cualquiera: era famosa. Bueno, bastante famosa. ¿Qué decía siempre Jocasta? Una vez sales en los periódicos, está ahí para siempre. Sería como una bomba de relojería, esperando a explotar. Se imaginó que así debía de sentirse exactamente Martha, y no llegaba a comprender cómo lo había soportado. Había sido muy valiente, por Dios. Valiente y dura.

Y después estaba Kate. Kate, su hija. Tuvo su imagen en la cabeza toda la noche. La chica del funeral, tan bonita, tan divertida, tan lista, hablando con él de su futuro, era su hija. Tenía una hija adolescente. No parecía ni remotamente posible. Pensó en Charlie y Harry, todavía tan niñas, que se le subían a las rodillas, le tiraban del pelo, le retorcían la nariz, se reían, le hacían muecas, le salpicaban con el agua de la bañera, se dormían encima de él, se chupaban el pulgar mientras él les leía cuentos. Eran las hijas que quería. Las que podía afrontar. No una de dieciséis años peligrosamente atractiva. Se había sentido atraído por ella, pensó, y se le heló la sangre.

¿Cómo se puede empezar a ser padre de alguien a quien ves por primera vez a esa edad? Era mayor, educada, acabada. No tenía nada de ella, no tenía nada que ver con él, otro hombre había hecho todo eso, la había bañado, había jugado con ella, había elegido su escuela, le había marcado las normas, no había nada de él en ella.

Pero sí lo había, evidentemente, pensó, sentándose de golpe, había la mitad de él en ella. Una noche con alguien, una muy buena noche de hecho, por lo que podía recordar, a los diecisiete años, o casi dieciocho; sólo tenía dieciocho años, un año y poco más que la propia Kate. Estás despreocupado, feliz, disfrutando de la vida, divirtiéndote y…, vaya por dónde, de repente eres padre. Era un mal sistema, ése, muy peligroso. No tenía ni idea de cómo había podido ocurrir. Siempre había sido muy cuidadoso, siempre había usado preservativos, ya se sabe que pueden fallar, romperse. Seguramente era eso lo que había sucedido.

¿Por qué no había abortado, maldita sea? No era tan difícil, ¿por qué la había tenido? ¿Por qué no había intentado encontrarle, al menos? La habría ayudado, la habría ayudado a decidir qué hacer, le habría dado dinero. En ese momento, Josh se vio claramente a los diecisiete años, un egoísta redomado, del todo inmaduro, y pensó que entendía perfectamente por qué Martha no había intentado encontrarle. No debió de parecerle una buena alternativa.

También era posible que no estuviera segura de que era él el padre. Podía haber sido promiscua, podía haberse acostado con todos los tíos que se cruzaban en su camino. Con él había estado muy dispuesta, no había hecho falta mucha persuasión. Pero estaba claro que era él. Kate era su hija. Era clavada a él. O para ser más exactos, a Jocasta.

¿Qué querría ella? Esa nueva hija problemática. Jocasta y Clio habían dicho que estaba muy dolida por lo que le había ocurrido, que había buscado a su madre toda su vida, cada vez más confusa y angustiada.

– Sólo quiere encontrar su lugar -había dicho Clio-, saber de dónde viene, se podría decir. Tienes que entender que todo esto es muy desconcertante para ella. Quiere a sus padres muchísimo, pero ellos no pueden darle respuestas. La muerte de Martha no ha sido más que otro golpe. Ella tampoco le proporcionó ninguna.

Decidieron que, hicieran lo que hicieran, debían proteger a Beatrice.

– Es tan maravillosa, seguro que se porta de maravilla -dijo Josh tristemente-, seguro que le ofrece un hogar a Kate y…

– Kate no necesita un hogar -dijo Jocasta con brusquedad-, está muy bien donde está. No le falta amor ni atención y sus padres adoptivos son estupendos. Sólo quiere saber cómo y por qué pasó lo que pasó. Tiene un novio encantador -añadió.

– No sé ni cómo enfrentarme a ella -gimió Josh-, imaginaos a un novio.

Cuando dieron las cuatro, Josh bajó a prepararse un ponche caliente.

Peter Hartley estaba en la iglesia desde primera hora. Había pasado un rato de rodillas, solo, recordando a Martha, y mucho rato en la sacristía ordenando, colgando las sotanas de los niños del coro y barriendo. Cuando se encontró recogiendo los libros de oraciones e himnos, una tarea que siempre hacían el sacristán y su esposa, y que él hacía muy a gusto, se dio cuenta de lo que estaba haciendo en realidad: retrasar la vuelta a la vicaría y ver a Grace.

Se sentía fatal, hacía unas pocas semanas que Martha había muerto y la echaba de menos, la luz brillante que proyectaba en su vida más bien monótona, la echaba de menos terriblemente. Nadie sabía que fuera monótona, claro, o mejor dicho que a él se lo pareciera. Su inquebrantable fe ayudaba mucho, y el saber que lo hacía todo por Dios. También había momentos maravillosos, en las bodas y las confirmaciones sobre todo, pero también cuando daba la comunión, o daba un sermón que le parecía bueno y no sólo correcto, pero de todos modos el día a día de su vida estaba lleno de tareas desagradecidas y tediosas.

Su otro pilar era su amada Grace, y verse privado de ella, además de Martha, estaba resultándole insoportable. Lo que había empezado como desconcierto, se había convertido en reproche, y empezaba a ser hostilidad, cuyo origen, por lo que adivinaba, era un profundo resentimiento por que él pudiera encontrar consuelo en Dios y ella no.

– Tú lo superarás -llegaba a decir-. Tú encuentras consuelo, yo ninguno.

Mientras tanto seguía sin comer, o más bien empezaba a dejarse morir de hambre.

Cuando volvió a la vicaría, había llegado el correo. Las cartas basura de siempre y dos de verdad, como las consideraba él. Una de un parroquiano, preguntando si podía patrocinar a su hijo en una carrera de bicicletas transiberiana, y la otra, escrita con una letra muy infantil, de alguien llamado Kate Tarrant.

Sólo quería decirles que he pensado mucho en ustedes, y espero que empiecen a sentirse un poco mejor. Solo vi dos veces a su hija, pero parecía una persona buena e interesante. Fue una buena experiencia asistir al funeral y saber más cosas de ella y todo lo que había alcanzado en la vida. Con mis mejores deseos, Kate Tarrant.

Kate Tarrant: ¿quién era esa? Decía que había asistido al funeral, pero no tenía ni idea de quién podía ser. Hasta que vio la posdata en el reverso del papel: «Fui con Jocasta Forbes -había escrito-, una de las chicas con quienes su hija viajó antes de empezar en la universidad».

De Jocasta sí se acordaba. Les había saludado y había hablado con ellos un rato. Una chica muy guapa, muy amable. Había dos chicas mas con ella: una que también había viajado con Martha, muy simpática, una doctora le parecía recordar, y otra mucho más joven, con los cabellos largos y rubios: tal vez ésa era Kate. Tal vez Grace se acordaría. O Ed; él parecía conocer a ese grupo. Le daría un tema para hablar con Grace después, tal vez la ayudaría a sacarla de su terrible letargo. Su activa y hacendosa Grace letárgica. Era insoportable.

Le subió la carta.

– Mira qué carta tan amable hemos recibido. De una de las jóvenes que vinieron al funeral. ¿Te acuerdas de Jocasta, la de los cabellos rubios que viajó con Martha hace años?

– No mucho.

– Sí, mujer. Estuvo hablando con nosotros un rato.

– Peter, lo tengo todo borroso.

– El caso es que con ellas iba una chica mucho más joven. Más de la edad de Ed, diría yo. Es de ella. Se llama Kate. Es una nota muy dulce.

– Bueno… -Se encogió de hombros-. Está bien. ¿Qué dice?

– Te la dejo aquí, puedes leerla tú misma.

– Tengo un dolor de cabeza espantoso. No tengo ánimos de leer.

– Es muy corta. Iré a buscarte el té. Si cuando vuelva no la has leído, te la leeré yo.

Le dejó la carta sobre la cama y salió. Cuando miró atrás, ella la había cogido y estaba buscando las gafas. Era curioso que los amigos jóvenes de Martha la animaran. O al menos la interesaran.

Grace ya se acordaba de Kate. Una chica bonita. Se había fijado en ella porque tenía esa mata de pelo y esos ojos oscuros enormes, parecidos a los de Martha. Su madre era afortunada. Todavía tenía a su hija. No había tenido que ver cómo desaparecía, cómo acababa su prometedora vida, todo por una estupidez. No tenía que seguir viviendo en un planeta que no incluía a su hija, lleno de personas que no tenían ninguna importancia porque no eran ella.

Deseó que ella y Martha hubieran estado un poco más unidas. Siempre había tenido la impresión de que Martha la mantenía a distancia. Nunca le hablaba de novios, de su vida privada, sólo de su trabajo, siempre su trabajo. Probablemente seguiría viva sin ese trabajo. No estaría conduciendo, desde Londres, demasiado tarde y demasiado rápido, en ese coche. Estaría a salvo en Binsmow trabajando, donde podían vigilarla.

Evidentemente Ed la había conocido muy bien. Se preguntaba si se habrían prometido o algo parecido. De todas las personas que la visitaban, sólo se alegraba de ver a Ed. Podía hablarle de Martha, saber más cosas de ella. También le gustaría ver a Jocasta. Y a Clio, la morena bonita, la tercera del trío. El trío viajero. Ella también le había gustado.

Entre ellos probablemente sabían más cosas de Martha que ella. No valía la pena esperar que tuvieran tiempo para ir a verla. Eran jóvenes, tenían su propia vida, y estaban ocupados, felices…

Grace se volvió y se echó a llorar. Se sentía tan sola, sola con su pena. Peter tenía a su Dios. Ella no tenía a nadie.

Jocasta no podía decir que estuviera contenta con el drama de Josh y Kate, pero sí tenía otra cosa de la que preocuparse, aparte de sus preocupaciones y tristezas.

A pesar de todo lo que habían dicho, había esperado tener noticias de Nick. Al menos una nota. O una llamada al móvil. O la prometida postal. Sólo para saber que estaba…, bueno, no estaba muy segura de lo que querría saber Nick, pero habían tenido una experiencia asombrosa aquella tarde…; por cierto, ya había pasado una semana, y un silencio tan completo era un poco enervante. Tal vez ahora sólo la considerara una chica más, pero no podía ser, porque le había dicho que siempre la amaría. Y que siempre sería su mejor amigo. ¿Ser el mejor amigo incluía hacer el amor de forma tan arrebatadora? Tal vez sí. Porque había sido arrebatador. De vez en cuando se quedaba quieta y se concentraba en recordarlo, y se excitaba de una forma increíble.

Aparte de muchas otras cosas, esa tarde le había hecho ver que no podía volver con Gideon. Hacer el amor con Gideon era…, bueno, era aburrido. Estaba bien, de hecho podía estar muy bien, en el peor de los casos era muy agradable y… muy íntimo, pero siempre era igual. Se sentía fatal comparándolo con Nick en la cama, la hacía sentir tremendamente desleal, e incluso un poco furcia, pero no podía evitarlo.