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Capítulo 3
El timbre de la puerta, que no paraba de sonar, interrumpió su profundo sueño. Había pasado una velada larga y tediosa y no había podido acabar el artículo en el que había estado trabajando hasta medianoche. Bajó las escaleras, abrió la puerta y se encontró frente a Josh, despeinado y con un aspecto lamentable.
– ¿Puedo pasar? -dijo-. Beatrice me ha echado.
«Qué raro que no lo haya hecho antes», pensó Jocasta, mientras lo acompañaba hasta el sofá. Josh había tenido su primera aventura un año después de casarse, y seis meses después de nacer su segunda hija, lo había hecho otra vez. Un año después de que pasara lo que él juraba que había sido una sola noche con su secretaria, Beatrice había dicho que la próxima vez sería la última. Ahora había descubierto que hacía cinco meses que tenía una aventura con una inglesa que trabajaba en la oficina de París de Forbes y, cumpliendo su palabra, le había echado literalmente de casa.
– Soy un idiota -repetía Josh-, soy un idiota sin remedio.
– Sí, lo eres -dijo Jocasta, mirando cómo se mesaba los cabellos.
A los treinta y tres años aún conservaba bastantes vestigios del chico guapo que había sido, con el pelo rubio, la frente ancha y los labios carnosos y bien dibujados. Estaba más gordo y tenía un color de piel más rojizo, pero era muy atractivo, y tenía ese encanto de hombre indefenso que no se tomaba en serio a sí mismo que hacía que las mujeres quisieran cuidarle. Todos querían a Josh. No era precisamente ingenioso, pero sí un buen narrador, e iluminaba cualquier habitación o cena, y además tenía ese don social inapreciable de hacer sentirse divertidos a los demás.
Beatrice no era hermosa, pero había mucho en ella que sí lo era. Sus ojos, grandes, oscuros y cálidos (que distraían de una nariz y una mandíbula demasiado grandes), los cabellos, largos, abundantes y brillantes, y las piernas, más largas aún que las de Jocasta e igual de esbeltas. Cuando Beatrice y Josh se conocieron, ella ya tenía buena fama como abogada penalista; Josh caminaba sin rumbo, con el objetivo claro de encargarse algún día de la empresa familiar. Había dejado el derecho antes de terminar la universidad, y en lugar de eso había estudiado filosofía. A continuación había pasado un año intentando entrar en alguna escuela de teatro, pero todas le rechazaron, y al final había acudido a su padre expresando un repentino y asombroso interés por la empresa Forbes.
Peter Forbes le dijo que le permitiría que tuviera una toma de contacto para que viera si le gustaba. La toma de contacto no fue muy suave. El primer día, Josh no recibió el lujoso despacho que esperaba en la oficina de Londres, sino una clase de conducción de camiones elevadores en la fábrica de Slough. Curiosamente había disfrutado bastante durante ese período en la fábrica, pero el período en la oficina que siguió lo mató de aburrimiento. Con frecuencia se fingía enfermo y alargaba más y más la hora del almuerzo en los pubs de Slough. Su padre le dijo que o se lo tomaba en serio o le echaría, y Josh le contestó que le haría feliz si le despedía.
Ése fue el día de la cena en la que conoció a Beatrice.
Menos de un año después se habían casado. La gente nunca acababa de entender su relación, ni por qué funcionaba. La simple verdad era que se necesitaban. Josh necesitaba orden y dirección y Beatrice, que era ordenada y motivada, necesitaba el apoyo emocional y social de un marido, que además tenía mucho dinero, teniendo en cuenta que el derecho penal era una de las especialidades peor pagadas del derecho.
Le atraía mucho Josh, le parecía asombrosamente interesante, y sería muy rico algún día. Josh había descubierto que Beatrice tenía mucha menos confianza en sí misma de la que aparentaba, que tenía un sorprendente apetito sexual y también que era la primera persona que conocía en mucho tiempo que parecía pensar que él podía servir para algo.
– Creo que puedes llegar a hacer grandes cosas en esa empresa -le comentó ella (el lunes por la noche ya había investigado en Internet y había evaluado el potencial de la empresa), y le mandó de vuelta a ver a su padre, para que se disculpara y pidiera que le devolviera el puesto. Un mes más tarde, cuando él estaba trabajando en serio, invitó a Peter Forbes a cenar con ellos. Se cayeron estupendamente el uno al otro.
– Ya veo que es difícil y muy autoritario -dijo después a Josh-, pero es pura energía y empuje. Y me encanta la forma como habla de su empresa, como si fuera alguien de quien estuviera enamorado.
– Es que lo está -dijo Josh, taciturno.
Por su parte Peter Forbes quedó cautivado con el intelecto, la evidente ambición y la intensidad de Beatrice.
Seis meses después Josh fue nombrado subdirector de ventas para el sur de Inglaterra y recibió el tan deseado despacho en Londres, y Beatrice le dijo que creía que debían casarse. A Josh le entró el pánico, y dijo que tal vez algún día, pero que no había ninguna prisa, él estaba contento con el estado actual de las cosas. Beatrice le contestó que en realidad sí la había, porque estaba embarazada.
– Como si una chica como ella fuera a quedarse embarazada por casualidad -dijo Jocasta a su madre-. Estoy segura de que decide con exactitud cuándo ovula igual que todo lo demás. Menudo idiota está hecho Josh.
Sin embargo, Josh sorprendió a todos asumiendo sus responsabilidades y aceptando el matrimonio. Celebraron una boda discreta pero de organización impecable en la casa de Beatrice, en Wiltshire, y fueron de luna de miel a la Toscana. Peter Forbes estaba tan encantado como fastidiada estaba su ex esposa.
Beatrice trabajó hasta el octavo mes de embarazo y volvió a su despacho dos semanas después de dar a luz a Harriet, conocida como Harry, y dos años exactos después del nacimiento de Harry nació Charlotte, a la que de manera inevitable llamaban Charlie.
De eso hacía dos años. En ese momento Josh era director de Muebles Forbes, y trabajaba lo justo para que Beatrice y su padre estuvieran satisfechos. Beatrice había cambiado el derecho penal por el derecho de familia, pero lo cierto era que la asistencia jurídica pagaba los casos de violencia doméstica, y seguían siendo poco lucrativos. Básicamente era Josh quien mantenía a la familia.
Jocasta no quería que Beatrice le cayera bien, pero no lo logró. Por mandona y adicta al trabajo que fuera, era muy agradable y se interesaba sinceramente por la vida y el trabajo de Jocasta. Nick la adoraba. Le enternecía que ella leyera siempre su columna y le comentara cualquier artículo que acabara de leer con la mayor seriedad, lo que también hacía con los de Jocasta. No había ninguna duda para nadie, tanto de la familia como de fuera de ella, de que Beatrice era la esposa perfecta para Josh.
– ¿Por qué lo he hecho, Jocasta? -dijo Josh-. ¿Por qué soy tan idiota?
– No tengo ni idea -afirmó Jocasta-, pero debo decir que siento lástima por Beatrice, no por ti. Eres consciente de que papá se pondrá de su lado, ¿no? No permitirá que pase penurias.
– Yo también lo había pensado -dijo Josh-. No tengo nada a mi favor, ¿verdad? ¿Qué hago?
– No puedes hacer nada, la verdad. Sólo esperar. Y no dejes de decirle que lo sientes mucho. Tienes algo estupendo a tu favor. Y puede que sea suficiente.
– Caramba, eso espero. Haré lo que sea, lo que sea, si creo que hay alguna posibilidad de que me perdone. Pero ¿qué es eso estupendo que tengo?
– Creo que te quiere -dijo Jocasta, en un tono ligeramente triste.
Martha acercó los labios al cáliz de plata y tomó un sorbo de vino, esforzándose por concentrarse en el momento, en el sagrado sacramento que estaba tomando. Nunca lo conseguía. Se había alejado tanto de la iglesia de su padre, de la fe de sus padres, que sólo iba a la iglesia cuando pasaba un fin de semana en Binsmow. A ellos les gustaba y los parroquianos estaban encantados. Que ella se sintiera absolutamente hipócrita no tenía ninguna importancia.
Se puso de pie y volvió caminando despacio a su asiento, con la cabeza un poco baja, aunque no por eso dejó de advertir que la iglesia estaba casi vacía y aparte de algunos adolescentes -muy pocos- ella era la única persona que podía calificarse de joven. ¿Cómo podía su padre seguir haciendo aquello semana tras semana, año tras año? ¿Cómo podía mantener su propia fe ante lo que para Martha era la humillación de saber que la mayor parte de la comunidad rechazaba el trabajo de su vida? Se lo había preguntado una vez y él le había dicho que no lo comprendía, que St. Andrews seguía siendo el centro de la parroquia, no importaba que la congregación fuera tan reducida. Acudían a él cuando lo necesitaban, cuando la enfermedad, la muerte, el matrimonio o el bautizo de un nuevo bebé requería sus servicios, y eso era suficiente para él.
Ella había ido ese fin de semana sobre todo por su sentido del deber. Su hermana la había llamado para decirle que sus padres estaban pasando un mal momento.
– La artritis de mamá está peor, y papá se vuelve loco porque no puede hacer nada para ayudarla. Yo intento animarles pero me tienen muy vista. No soy tan emocionante como tú. Hace meses que no vienes, Martha.
– Lo siento -dijo ella-. He estado…
– Sí, sé que has estado muy ocupada. -La voz de su hermana era seca-. Yo también he estado muy ocupada, la verdad, intentando compaginar el trabajo y los niños. Hasta Michael les ve más a menudo que tú.
– Sí, claro -dijo Martha. Estuvo tentada de decir que para su hermano Michael era fácil; estaba en su primer año de profesor y tenía mucho tiempo libre, pero no lo dijo. Al fin y al cabo, A
– Bien -dijo A
A Martha le habría gustado llevarse mejor con A
Era consciente de que su dorada existencia tenía que ser muy irritante para su hermana, no sólo por su aparente dinero ilimitado, sino porque encontrara tan poco tiempo para ver y ayudar a sus padres, salvo económicamente, ayuda que de todos modos sólo aceptaban en casos extremos. Y aunque había ido aquel fin de semana, sería una ocasión única en mucho tiempo teniendo en cuenta que las elecciones generales se acercaban, y eso significaba siempre muchísimo trabajo, porque los mercados financieros se volvían inestables y las grandes corporaciones pasaban a la acción para adaptarse a los posibles cambios.
Aunque no es que fuera a haber muchos. Blair seguía arrasando en las encuestas, con su sonrisa decidida y sus promesas vacías. Volvería a ganar, no había ninguna duda.
– Las cosas están bastante mal por aquí -dijo su padre.
– ¿En qué sentido? -Martha le tomó del brazo mientras caminaban.