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– ¿Quién te dijo que la vida es simple?
Kate Coid le explicó que la expedición iba al mando de un famoso antropólogo, el profesor Ludovic Leblanc, quien había pasado años investigando las huellas del llamado yeti, o abominable hombre de las nieves en las fronteras entre China y Tíbet, sin encontrarlo. También había estado con cierta tribu de indios del Amazonas y sostenía que eran los más salvajes del planeta: al primer descuido se comían a sus prisioneros. Esta información no era tranquilizadora, admitió Kate. Serviría de guía un brasileño de nombre César Santos, quien había pasado la vida en esa región y tenía buenos contactos con los indios. El hombre poseía una avioneta algo destartalada, pero todavía en buen estado, con la cual podrían internarse hasta el territorio de las tribus indígenas.
– En el colegio estudiamos el Amazonas en una clase de ecología -comentó Alex, a quien ya se le cerraban los ojos.
– Con esa clase basta, ya no necesitas saber nada más -apunto Kate. Y agregó-: Supongo que estás cansado. Puedes dormir en el sofá y mañana temprano empiezas a trabajar para mi.
– ¿Qué debo hacer?
– Lo que yo te mande. Por el momento te mando que duermas.
– Buenas noches, Kate… -murmuró Alex enroscándose sobre los cojines del sofá.
– ¡Bah! -gruñó su abuela. Esperó que se durmiera y lo tapó con un par de mantas.