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– ¿Y cómo voy a pasarlos por la aduana en los Estados Unidos? -preguntó el muchacho tomando el peso de los magníficos huevos.
– En un bolsillo. Si alguien los ve, pensará: son artesanía del Amazonas para turistas. Nadie sospecha que existen diamantes de este tamaño y menos en poder de un chiquillo con media cabeza afeitada -se rió Nadia, pasándole los dedos por la coronilla pelada.
Permanecieron largo rato en silencio mirando el agua a sus pies y la vegetación en sombras que los rodeaba, tristes porque dentro de muy pocas horas deberían decirse adiós. Pensaban que nunca más ocurriría nada tan extraordinario en sus vidas como la aventura que habían compartido. ¿Qué podía compararse a las Bestias, la ciudad de oro, el viaje al fondo de la tierra de Alexander y el ascenso al nido de los huevos maravillosos de Nadia?
– A mi abuela le han encargado escribir otro reportaje para el International Geographic. Tiene que ir al Reino del Dragón de Oro -comentó Alex.
– Eso suena tan interesante como el Ojo del Mundo. ¿Dónde queda? -preguntó ella.
– En las montañas del Himalaya. Me gustaría ir con ella, pero… El muchacho comprendía que eso era casi imposible. Debía incorporarse a su existencia normal. Había estado ausente por varias semanas, era hora de volver a clases o perdería el año escolar. También quería ver a su familia y abrazar a su perro Poncho. Sobre todo, necesitaba entregar el agua de la salud y la planta de Walimaí a su madre; estaba seguro de que con eso, sumado a la quimioterapia, se curaría. Sin embargo, dejar a Nadia le dolía más que nada, deseaba que no amaneciera nunca, quedarse eternamente bajo las estrellas en compañía de su amiga. Nadie en el mundo lo conocía tanto, nadie estaba tan cerca de su corazón como esa niña color de miel a quien había encontrado milagrosamente en el fin del mundo. ¿Qué sería de ella en el futuro? Crecería sabia y salvaje en la selva, muy lejos de él.
– ¿Volveré a verte? -suspiró Alex.
– ¡Claro que sí! -dijo ella, abrazada a Borobá, con fingida alegría, para que él no adivinara sus lágrimas.
– Nos escribiremos, ¿verdad?
– El correo por estos lados no es muy bueno que digamos…
– No importa, aunque las cartas se demoren, te voy a escribir Lo más importante de este viaje para mi es habernos conocido. Nunca, nunca te olvidaré, siempre serás mi mejor amiga -prometió Alexander Coid con la voz quebrada.
– Y tú mi mejor amigo, mientras podamos vernos con el corazón -replicó Nadia Santos.
– Hasta la vista, Águila…
– Hasta la vista, Jaguar…