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– Puede ser y puede no ser -comentó impasible el chamán. El resto de la noche se hizo muy largo. Poco antes del amanecer el frío era intenso y los jóvenes, ovillados con Borobá, daban diente con diente, mientras el anciano brujo, inmóvil, con la vista perdida en las sombras, esperaba. Con los primeros signos del amanecer despertaron los monos y los pájaros, entonces Walimaí dio la señal de partir. Lo siguieron entre los árboles durante un buen rato hasta que, cuando ya la luz del sol atravesaba el follaje, llegaron frente al campamento. La fogata y las luces estaban apagadas, no había signos de vida y el olor impregnaba todavía el aire, como si cien zorrillos hubieran rociado el sitio en el mismo instante. Tapándose la cara con las manos entraron al perímetro de lo que hasta hacía poco fuera la apacible aldea de Tapirawa-teri. Las tiendas, la mesa, la cocina, todo yacía desparramado por el suelo; había restos de comida tirados por doquier, pero ningún mono o pájaro escarbaba entre los escombros y la basura, porque no se atrevían a desafiar la espantosa hediondez de las Bestias. Hasta Borobá se mantuvo lejos, gritando y dando saltos a varios metros de distancia. Walimaí demostró la misma indiferencia ante el hedor que había tenido la noche anterior ante el frío. Los jóvenes no tuvieron más remedio que seguirlo.
No había nadie, ni rastro de los miembros de la expedición, ni de los soldados, ni del capitán Ariosto, tampoco los cuerpos de los indios asesinados. Las armas, el equipaje y hasta las cámaras de Timothy Bruce estaban allí; también vieron una gran mancha de sangre que oscurecía la tierra cerca del árbol donde Alex había sido atado. Después de una breve inspección, que pareció dejarlo muy satisfecho, el viejo Walimaí inició la retirada. Los dos muchachos partieron detrás sin hacer preguntas, tan mareados por el olor, que apenas podían tenerse de pie. A medida que se alejaban y llenaban los pulmones con el aire fresco de la mañana, iban recuperando el ánimo, pero les latían las sienes y tenían náuseas. Borobá se les reunió a poco andar y el pequeño grupo se internó selva adentro. Varios días antes, al ver los pájaros de ruido y viento rondando por el cielo, los habitantes de Tapirawa-teri habían escapado de su aldea, abandonando sus escasas posesiones y sus animales domésticos, que entorpecían su capacidad para ocultarse. Se movilizaron encubiertos por la vegetación hasta un lugar seguro y allí armaron sus moradas provisorias en las copas de los árboles. Las partidas de soldados enviadas por Ariosto pasaron muy cerca sin verlos, en cambio todos los movimientos de los forasteros fueron observados por los guerreros de Tahama, disimulados en la naturaleza.
Iyomi y Tahama discutieron largamente sobre los nahab y la conveniencia de acercarse a ellos, como habían aconsejado Jaguar y Águila. Iyomi opinaba que su pueblo no podía esconderse para siempre en los árboles, como los monos: habían llegado los tiempos de visitar a los nahab y recibir sus regalos y sus vacunas, era inevitable. Tahama consideraba que era mejor morir peleando; pero Iyomi era el jefe de los jefes y finalmente su criterio prevaleció. Ella decidió ser la primera en acercarse, por eso llegó sola al campamento, adornada con el soberbio sombrero de plumas amarillas para demostrar a los forasteros quién era la autoridad. La presencia entre los forasteros de Jaguar y Águila, quienes habían regresado de la montaña sagrada, la tranquilizó. Eran amigos y podían traducir, así esos pobres seres vestidos de trapos hediondos no se sentirían tan perdidos ante ella. Los nahab la recibieron bien, sin duda estaban impresionados por su porte majestuoso y el número de sus arrugas, prueba de lo mucho que había vivido y de los conocimientos adquiridos. A pesar de la comida que le ofrecieron, la anciana se vio obligada a exigirles que se fueran del Ojo del Mundo, porque allí estaban molestando; ésa era su última palabra, no estaba dispuesta a negociar. Se retiró majestuosamente con su escudilla de carne con maíz, segura de haber atemorizado a los nahab con el peso de su inmensa dignidad.
En vista del éxito de la visita de Iyomi, el resto de la tribu se armó de valor y siguió su ejemplo. Así regresaron al sitio donde estaba su aldea, ahora pisoteado por los forasteros, quienes evidentemente no conocían la regla más elemental de prudencia y cortesía: no se debe visitar un shabono sin ser invitado. Allí los indios vieron los grandes pájaros relucientes, las carpas y los extraños nahab, de los cuales tan espantosas historias habían escuchado. Esos extranjeros de modales vulgares merecían unos buenos garrotazos en la cabeza, pero por orden de Iyomi los indios debieron armarse de paciencia con ellos. Aceptaron su comida y sus regalos para no ofenderlos, luego se fueron a cazar y cosechar miel y frutas, así podrían retribuir los regalos recibidos, como era lo correcto.
Al día siguiente, cuando Iyomi estuvo segura de que Jaguar y Águila todavía estaban allí, autorizó a la tribu para presentarse nuevamente ante los nahab y para vacunarse. Ni ella ni nadie pudo explicar lo que sucedió entonces. No supieron por qué los niños forasteros, que tanto habían insistido en la necesidad de vacunarse, saltaron de pronto a impedirlo. Oyeron un ruido desconocido, como de cortos truenos. Vieron que al romperse los frascos se soltó el Rahakanariwa y en su forma invisible atacó a los indios, que cayeron muertos sin ser tocados por flechas o garrotes. En la violencia de la batalla, los demás escaparon como pudieron, desconcertados y confusos. Ya no sabían quiénes eran sus amigos y quiénes sus enemigos.
Por fin Walimaí llegó a darles algunas explicaciones. Dijo que los niños Águila y Jaguar eran amigos y debían ser ayudados, pero todos los demás podían ser enemigos. Dijo que el Rahakanariwa andaba suelto y podía tomar cualquier forma: se requerían conjuros muy potentes para mandarlo de vuelta al reino de los espíritus. Dijo que necesitaban recurrir a los dioses. Entonces las dos gigantescas perezas, que aún no habían regresado al tepui sagrado y deambulaban por el Ojo del Mundo, fueron llamadas y conducidas durante la noche a la aldea en ruinas. Jamás se hubieran acercado a la morada de los indios por su propia iniciativa, no lo habían hecho en miles y miles de años. Fue necesario que Walimaí les hiciera entender que ésa ya no era la aldea de la gente de la neblina, porque había sido profanada por la presencia de los nahab y por los asesinatos cometidos en su suelo. Tapirawa-teri tendría que ser reconstruida en otro lugar del Ojo del Mundo, lejos de allí, donde las almas de los humanos y los espíritus de los antepasados se sintieran a gusto, donde la maldad no contaminara la tierra noble. Las Bestias se encargaron de rociar el campamento de los nahab, anulando a amigos y enemigos por igual.
Los guerreros de Tahama debieron esperar muchas horas antes de que el olor se esfumara lo suficiente para poder acercarse. Recogieron primero los cuerpos de los indios y se los llevaron para prepararlos para un funeral apropiado, después volvieron a buscar a los demás y se los llevaron a la rastra, incluso el cadáver del capitán Ariosto, destrozado por las garras formidables de uno de los dioses. Los nahab fueron despertando uno a uno. Se encontraron en un claro de la selva, tirados por el suelo y tan atontados, que no recordaban ni sus propios nombres. Mucho menos recordaban cómo habían llegado hasta allí. Kate Coid fue la primera en reaccionar. No tenía idea dónde se encontraba ni qué había sucedido con el campamento, el helicóptero, el capitán y sobre todo con su nieto. Se acordó del bebé y lo buscó por los alrededores, pero no pudo hallarlo. Sacudió a los demás, que fueron despertándose de a poco. A todos les dolía horriblemente la cabeza y las articulaciones, vomitaban, tosían y lloraban, se sentían como si hubieran sido apaleados, pero ninguno presentaba huellas de violencia.
El último en abrir los ojos fue el profesor Leblanc, a quien la experiencia había afectado tanto, que no pudo ponerse de pie. Kate Coid pensó que una taza de café y un trago de vodka les vendría bien a todos, pero nada tenían para echarse a la boca. El hedor de las Bestias les impregnaba todavía la ropa, los cabellos y la piel; debieron arrastrarse hasta un arroyo cercano y zambullirse largo rato en el agua. Los cinco soldados estaban perdidos sin sus armas y su capitán, de modo que, cuando César Santos asumió el mando, le obedecieron sin chistar. Timothy Bruce, bastante molesto por haber estado tan cerca de la Bestia y no haberla fotografiado, quería regresar al campamento a buscar sus cámaras, pero no sabía en qué dirección echar a andar y nadie parecía dispuesto a acompañarlo. El flemático inglés, que había acompañado a Kate Coid en guerras, cataclismos y muchas aventuras, rara vez perdía su aire de tedio, pero los últimos acontecimientos habían logrado ponerlo de mal humor. Kate Coid y César Santos sólo pensaban en su nieto y su hija respectivamente. ¿Dónde estaban los niños?
El guía revisó el terreno con gran atención y encontró ramas quebradas, plumas, semillas y otras señales de la gente de la neblina. Concluyó que los indios los habían llevado hasta ese lugar, salvándoles así la vida, porque de otro modo hubieran muerto asfixiados o destrozados por la Bestia. De ser así, no podía explicar por qué los indios no habían aprovechado para matarlos, vengando así a sus muertos. Si hubiera estado en condiciones de pensar, el profesor Leblanc se habría visto obligado a revisar una vez más su teoría sobre la ferocidad de esas tribus, pero el pobre antropólogo gemía de bruces en el suelo, medio muerto de náusea y jaqueca.
Todos estaban seguros de que la gente de la neblina volvería y eso fue exactamente lo que ocurrió; de pronto la tribu completa surgió de la espesura. Su increíble capacidad para moverse en absoluto silencio y materializarse en cuestión de segundos sirvió para que rodearan a los forasteros antes que éstos alcanzaran a darse cuenta. Los soldados responsables de la muerte de los indios temblaban como criaturas. Tahama se acercó y les clavó la vista, pero no los tocó; tal vez pensó que esos gusanos no merecían unos buenos garrotazos de un guerrero tan noble como él.
Iyomi dio un paso al frente y lanzó un largo discurso en su lengua, que nadie comprendió, luego cogió a Kate Coid por la camisa y empezó a gritar algo a dos centímetros de su cara. A la escritora lo único que se le ocurrió fue tomar a la anciana del sombrero de plumas amarillas por los hombros y gritarle a su vez en inglés. Así estuvieron las dos abuelas un buen rato, lanzándose improperios incomprensibles, hasta que Iyomi se cansó, dio media vuelta y fue a sentarse bajo un árbol. Los demás indios se sentaron también, hablando entre ellos, comiendo frutas, nueces y hongos que encontraban entre las raíces y pasaban de mano en mano, mientras Tahama y varios de sus guerreros permanecían vigilantes, pero sin agredir a nadie. Kate Coid distinguió al bebé que ella había cuidado en brazos de una muchacha joven y se alegró de que la criatura hubiera sobrevivido al fatal hedor de la Bestia y estuviera de vuelta en el seno de los suyos.