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LAS BESTIAS

Minutos después Alex y Nadia vieron a la Bestia. Estaba a media cuadra de distancia, dirigiéndose hacia la ciudad. Parecía un gigantesco hombre mono, de más de tres metros de altura, erguido sobre dos patas, con poderosos brazos que colgaban hasta el suelo y una cabecita de rostro melancólico, demasiado chica para el porte del cuerpo. Estaba cubierto de pelo hirsuto como alambre y tenía tres largas garras afiladas como cuchillos curvos en cada mano. Se movía con tan increíble lentitud, que era como si no se moviera en absoluto. Nadia reconoció a la Bestia de inmediato, porque la había visto antes. Paralizados de terror y sorpresa, permanecieron inmóviles estudiando a la criatura. Les recordaba un animal conocido, pero no podían ubicarlo en la memoria.

– Parece una pereza -dijo Nadia finalmente en un susurro.

Y entonces Alex se acordó que había visto en el zoológico de San Francisco un animal parecido a un mono o un oso, que vivía en los árboles y se movía con la misma lentitud de la Bestia, de allí provenía su nombre de pereza o perezoso. Era un ser indefenso, porque le faltaba velocidad para atacar, escapar o protegerse, pero tenía pocos predadores: su piel gruesa y su carne agria no era plato apetecible ni para el más hambriento de los carnívoros.

– ¿Y el olor? La Bestia que yo vi tenía un olor espantoso -dijo Nadia sin levantar la voz.

– Ésta no es hedionda, al menos no podemos olerla desde aquí… -comentó Alex-. Debe tener una glándula, como los zorrillos, y expele el olor a voluntad, para defenderse o inmovilizar a su presa.

Los susurros de los muchachos llegaron a oídos de la Bestia, que se volvió muy despacio para ver de qué se trataba. Alex y Nadia retrocedieron, pero Walimaí se adelantó pausadamente, como si imitara la pasmosa apatía de la criatura, seguido a un paso de distancia por su esposa espíritu. El chamán era un hombre pequeño, llegaba a la altura de la cadera de la Bestia, que se elevaba como una torre frente al anciano. Su esposa y él cayeron de rodillas al suelo, postrados ante ese ser extraordinario, y entonces los chicos oyeron claramente una voz profunda y cavernosa que pronunciaba unas palabras en la lengua de la gente de la neblina.

– ¡Habla como un ser humano! -murmuró Alex, convencido de que soñaba.

– El padre Valdomero tenía razón, Jaguar.

– Eso significa que posee inteligencia humana. ¿Crees que puedes comunicarte con ella?

– Si Walimaí puede, yo también, pero no me atrevo a acercarme -susurró Nadia.

Esperaron un buen rato, porque las palabras salían de la boca de la criatura una a una, con la misma cachaza con que ésta se movía.

– Pregunta quiénes somos -tradujo Nadia.

– Eso lo entendí. Entiendo casi todo… -murmuró Alex adelantándose un paso. Walimaí lo detuvo con un gesto.

El diálogo entre el chamán y la Bestia continuó con la misma angustiosa parsimonia, sin que nadie se moviera, mientras la luz cambiaba en el cielo blanco, tomándose color naranja. Los muchachos supusieron que afuera de ese cráter el sol debía comenzar su descenso en el horizonte. Por fin Walimaí se puso de pie y regresó donde ellos.

– Habrá un consejo de los dioses -anunció.

– ¿Cómo? ¿Hay más de estas criaturas? ¿Cuántas hay? -preguntó Alex, pero Walimaí no pudo aclarar sus dudas, porque no sabía confiar.

El brujo los guió bordeando el valle por el interior del tepui hasta una pequeña caverna natural en la roca, donde se acomodaron lo mejor posible, luego partió en busca de comida. Regresó con unas frutas muy aromáticas, que ninguno de los chicos había visto antes, pero estaban tan hambrientos que las devoraron sin hacer preguntas. La noche se dejó caer de súbito y se vieron rodeados de la más profunda oscuridad; la ciudad de oro falso, que antes resplandecía encandilándolos, desapareció en las sombras. Walimaí no intentó encender su segunda antorcha, que seguramente guardaba para el regreso por el laberinto, y no había luz por parte alguna. Alex dedujo que esas criaturas, aunque humanas en su lenguaje y tal vez en ciertas conductas, eran más primitivas que los hombres de las cavernas, pues aún no habían descubierto el fuego. Comparados con las Bestias, los indios resultaban muy sofisticados. ¿Por qué la gente de la neblina las consideraba dioses, si ellos eran mucho más evolucionados? El calor y la humedad no habían disminuido, porque emanaban de la montaña misma, como si en realidad estuvieran en el cráter apagado de un volcán. La idea de hallarse sobre una delgada costra de tierra y roca, mientras más abajo ardían las llamas del infierno, no era tranquilizadora, pero Alex dedujo que si el volcán había estado inactivo por miles de años, como probaba la lujuriosa vegetación de su interior, sería muy mala suerte que explotara justo la noche en que él estaba de visita. Las horas siguientes transcurrieron muy lentas. Los jóvenes apenas lograron dormir en ese lugar desconocido. Recordaban muy bien el aspecto del soldado muerto. La Bestia debió usar sus enormes garras para destriparlo de esa manera horrenda. ¿Por qué el hombre no escapó o disparó su arma? La tremenda lentitud de la criatura le habría dado tiempo sobrado. La explicación sólo podía estar en la fetidez paralizante que emanaba. No había forma de protegerse si las criaturas decidían usar sus glándulas odoríficas contra ellos. No bastaba taparse la nariz, el hedor penetraba por cada poro del cuerpo, apoderándose del cerebro y la voluntad; era un veneno tan mortal como el curare.

– ¿Son humanos o animales? -preguntó Alex, pero Walimaí tampoco pudo contestar porque para él no había diferencia.

– ¿De dónde vienen?

– Siempre han estado aquí, son dioses.

Alex imaginó que el interior del tepui era un archivo ecológico donde sobrevivían especies desaparecidas en el resto de la tierra. Le dijo a Nadia que seguro se trataba de antepasados de las perezas que ellos conocían.

– No parecen humanos, Águila. No hemos visto viviendas, herramientas o armas, nada que sugiera una sociedad -añadió.

– Pero hablan como personas, Jaguar -dijo ella.

– Deben ser animales con el metabolismo muy lento, seguramente viven cientos de años. Si tienen memoria, en esa larga vida pueden aprender muchas cosas, incluso a hablar, ¿no crees? -aventuró Alex.

– Hablan la lengua de la gente de la neblina. ¿Quién la inventó? ¿Los indios se la enseñaron a las Bestias? ¿O las Bestias se la enseñaron a los indios?

– De cualquier forma, se me ocurre que los indios y las perezas han tenido por siglos una relación simbiótica -dijo Alex.

– ¿Qué? -preguntó ella, quien nunca había oído esa palabra.

– Es decir, se necesitan mutuamente para sobrevivir.

– ¿Por qué?

– No lo sé, pero voy a averiguarlo. Una vez leí que los dioses necesitan a la humanidad tanto como la humanidad necesita a sus dioses -dijo Alex.

– El consejo de las Bestias seguro será muy largo y muy fastidioso. Mejor tratamos de descansar un poco ahora, así estaremos frescos mañana -sugirió Nadia, disponiéndose a dormir. Tuvo que desprender a Borobá de su lado y obligarlo a echarse más lejos, porque no aguantaba su calor. El mono era como una extensión de su ser; estaban ambos tan acostumbrados al contacto de sus cuerpos, que una separación, por breve que fuera, la sentían como una premonición de muerte. Con el amanecer despertó la vida en la ciudad de oro y se iluminó el valle de los dioses en todos los tonos de rojo, naranja y rosado. Las Bestias, sin embargo, demoraron muchas horas en espabilar el sueño y surgir una a una de sus guaridas entre las formaciones de roca y cristal. Alex y Nadia contaron once criaturas, tres machos y ocho hembras, unas más altas que otras, pero todas adultas. No vieron ejemplares jóvenes de aquella singular especie y se preguntaron cómo se reproducían. Walimaí dijo que rara vez nacía uno de ellos, en los años de su vida nunca había sucedido, y agregó que tampoco los había visto morir, aunque sabía de una gruta en el laberinto donde yacían sus esqueletos. Alex concluyó que eso calzaba con su teoría de que vivían por siglos, e imaginó que esos mamíferos prehistóricos debían tener una o dos crías en sus vidas; por lo mismo, asistir al nacimiento de una debía ser un acontecimiento muy raro. Al observar a las criaturas de cerca, comprendió que dada su limitación para moverse, no podían cazar y debían ser vegetarianas. Las tremendas garras no estaban hechas para matar, sino para trepar. Así se explicó que pudieran bajar y subir por el camino vertical que ellos habían escalado en la catarata. Las perezas utilizaban las mismas muescas, salientes y grietas en la roca que servían a los indios para escalar. ¿Cuántas de ellas habría afuera? ¿Una sola o varias? ¡Cómo le gustaría llevar de vuelta pruebas de lo que veía!

Muchas horas después comenzó el consejo. Las Bestias se reunieron en semicírculo en el centro de la ciudad de oro, y Walimaí y los muchachos se colocaron al frente. Se veían minúsculos entre aquellos gigantes. Tuvieron la impresión de que los cuerpos de las criaturas vibraban y sus contornos eran difusos, luego comprendieron que en su piel centenaria anidaban pueblos enteros de insectos de diversas clases, algunos de los cuales volaban a su alrededor como moscas de la fruta. El vapor del aire creaba la ilusión de que una nube envolvía a las Bestias. Estaban a pocos metros de ellas, a suficiente distancia para verlas en detalle, pero también para escapar en caso de necesidad, aunque ambos sabían que, si cualquiera de esos once gigantes decidía expeler su olor, no habría poder en el mundo capaz de salvarlos. Walimaí actuaba con gran solemnidad y reverencia, pero no parecía asustado.

– Estos son Águila y Jaguar, forasteros amigos de la gente de la neblina. Vienen a recibir instrucciones -dijo el anciano.

Un silencio eterno acogió esta introducción, como si las palabras tardaran mucho en hacer impacto en los cerebros de esos seres. Luego Walimaí recitó un largo poema dando las noticias de la tribu, desde los últimos nacimientos hasta la muerte del jefe Mokarita, incluyendo las visiones en que aparecía el Rahakanariwa, la visita a las tierras bajas, la llegada de los forasteros y la elección de Iyomi como jefe de los jefes. Empezó un diálogo lentísimo entre el brujo y las criaturas, que Nadia y Alex entendieron sin dificultad, porque había tiempo para meditar y consultarse después de cada palabra. Así se enteraron de que por siglos y siglos la gente de la neblina conocía la ubicación de la ciudad de oro y había guardado celosamente el secreto, protegiendo a los dioses del mundo exterior, mientras a su vez esos seres extraordinarios cuidaban cada palabra de la historia de la tribu. Hubo momentos de grandes cataclismos, en los cuales la burbuja ecológica del tepui sufrió graves trastornos y la vegetación no alcanzó para satisfacer las necesidades de las especies que habitaban en su interior. En esas épocas los indios traían «sacrificios»: maíz, papas, mandioca, frutas, nueces. Colocaban sus ofrecimientos en las cercanías del tepui, sin internarse a través del laberinto secreto, y enviaban al mensajero a avisar a los dioses. Los ofrecimientos incluían huevos, peces y animales cazados por los indios; con el transcurso del tiempo cambió la dieta vegetariana de las Bestias.