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Apenas había pronunciado estas palabras cuando uno de los soldados que viajaba en su embarcación cayó sin un grito a sus pies. Kate Coid se inclinó sobre él, sin comprender al principio qué había sucedido, hasta que vio una especie de espina larga clavada en el pecho del hombre. Comprobó que había muerto instantáneamente: la espina había pasado limpiamente entre las costillas y le había atravesado el corazón. Alex y Kate alertaron a los demás tripulantes, que no se habían dado cuenta de lo ocurrido, tan silencioso había sido el ataque. Un instante después media docena de armas de fuego se descargaron contra la espesura. Cuando se disipó el fragor, la pólvora y la estampida de los pájaros que cubrieron el cielo, vieron que nada más se había movido en la selva. Quienes lanzaron el dardo mortal se mantuvieron agazapados, inmóviles y silenciosos. De un tirón César Santos lo arrancó del cadáver y vieron que medía aproximadamente un pie de largo y era tan firme y flexible como el acero. El guía dio orden de continuar a toda marcha, porque en esa parte el río era angosto y las embarcaciones eran blanco fácil de las flechas de los atacantes. No se detuvieron hasta dos horas más tarde, cuando consideró que estaban a salvo. Recién entonces pudieron examinar el dardo, decorado con extrañas marcas de pintura roja y negra, que nadie pudo descifrar. Karakawe y Matuwe aseguraron que nunca las habían visto, no pertenecían a sus tribus ni a ninguna otra conocida, pero aseguraron que todos los indios de la región usaban cerbatanas. La doctora Omayra Torres explicó que si el dardo no hubiera dado en el corazón con tal espectacular precisión, de todos modos habría matado al hombre en pocos minutos, aunque en forma más dolorosa, porque la punta estaba impregnada en curare, un veneno mortal, empleado por los indios para cazar y para la guerra, contra el cual no se conocía antídoto.
– ¡Esto es inadmisible! ¡Esa flecha podría haberme dado a mí! -protestó Leblanc.
– Cierto -admitió César Santos.
– ¡Esto es culpa suya! -agregó el profesor.
– ¿Culpa mía? -repitió César Santos, confundido por el giro inusitado que tomaba el asunto.
– ¡Usted es el guía! ¡Es responsable por nuestra seguridad, para eso le pagamos!
– No estamos exactamente en un viaje de turismo, profesor -replicó César Santos.
– Daremos media vuelta y regresaremos de inmediato. ¿Se da cuenta de la pérdida que sería para el mundo científico si algo le sucediera a Ludovic Leblanc? -exclamó el profesor.
Asombrados, los miembros de la expedición guardaron silencio. Nadie supo qué decir, hasta que intervino Kate Coid.
– Me contrataron para escribir un artículo sobre la Bestia y pienso hacerlo, con flechas envenenadas o sin ellas, profesor. Si desea regresar, puede hacerlo a pie o nadando, como prefiera. Nosotros continuaremos de acuerdo a lo planeado -dijo.
– ¡Vieja insolente, cómo se atreve a…! -empezó a chillar el profesor.
– No me falte el respeto, hombrecito -lo interrumpió calmadamente la escritora, cogiéndolo con firmeza por la camisa y paralizándolo con la expresión de sus temibles pupilas azules.
Alex pensó que el antropólogo le plantaría una bofetada a su abuela y avanzó dispuesto a interceptarla, pero no fue necesario. La mirada de Kate Coid tuvo el poder de calmar los ánimos del irritable Leblanc como por obra de magia.
– ¿Qué haremos con el cuerpo de este pobre hombre? -preguntó la doctora, señalando el cadáver.
– No podemos llevarlo, en este clima, Omayra, ya sabes que la descomposición es muy rápida. Supongo que debemos lanzarlo al río… -sugirió César Santos.
– Su espíritu se enojaría y nos perseguiría para matarnos -intervino Matuwe, el guía indio, aterrado.
– Entonces haremos como los indios cuando deben postergar una cremación; lo dejaremos expuesto para que los pájaros y los animales aprovechen sus restos -decidió César Santos.
– ¿No habrá ceremonia, como debe ser? -insistió Matuwe.
– No tenemos tiempo. Un funeral apropiado demoraría varios días. Además este hombre era cristiano -explicó César Santos.
Finalmente acordaron envolverlo en una lona y colocarlo sobre una pequeña plataforma de cortezas que instalaron en la copa de un árbol. Kate Coid, quien no era una mujer religiosa, pero tenía buena memoria y recordaba las oraciones de su infancia, improvisó un breve rito cristiano. Timothy Bruce y Joel González filmaron y fotografiaron el cuerpo y el funeral, como prueba de lo ocurrido. César Santos talló cruces en los árboles de la orilla y marcó el sitio lo mejor que pudo en el mapa para reconocerlo cuando volvieran más tarde a buscar los huesos, que serían entregados a la familia del difunto en Santa María de la Lluvia. A partir de ese momento el viaje fue de mal en peor. La vegetación se hizo más densa y la luz del sol sólo los alcanzaba cuando navegaban por el centro del río. Iban tan apretados e incómodos, que no podían dormir en las embarcaciones; a pesar del peligro que representaban los indios y los animales salvajes, era necesario acampar en la orilla. César Santos repartía los alimentos, organizaba las partidas de caza y pesca, y distribuía los turnos entre los hombres para montar guardia por la noche. Excluyó al profesor Leblanc, porque era evidente que al menor ruido le fallaban los nervios. Kate Coid y la doctora Omayra Torres exigieron participar en la vigilancia, les pareció un insulto que las eximieran por ser mujeres. Entonces los dos chicos insistieron en ser aceptados también, en parte porque deseaban espiar a Karakawe. Lo habían visto echarse puñados de balas en los bolsillos y rondar el equipo de radio, con el cual de vez en cuando César Santos lograba comunicarse con gran dificultad para indicar su posición en el mapa al operador de Santa María de la Lluvia. La cúpula vegetal de la selva actuaba como un paraguas, impidiendo el paso de las ondas de radio.
– ¿Qué será peor, los indios o la Bestia? -preguntó Alex en broma a Ludovic Leblanc.
– Los indios, joven. Son caníbales, no sólo se comen a sus enemigos, también a los muertos de su propia tribu -replicó enfático el profesor.
– ¿Cierto? Nunca había oído eso -anotó irónica la doctora Omayra Torres.
– Lea mi libro, señorita.
– Doctora -lo corrigió ella por milésima vez.
– Estos indios matan para conseguir mujeres -aseguró Leblanc.
– Tal vez por eso mataría usted, profesor, pero no los indios, porque no les faltan mujeres, más bien les sobran -replicó la doctora.
– Lo he comprobado con mis propios ojos: asaltan otros shabonos para robar a las muchachas.
– Que yo sepa, no pueden obligar a las muchachas a quedarse con ellos contra su voluntad. Si quieren, ellas se van. Cuando hay guerra entre dos shabonos es porque uno ha empleado magia para hacer daño al otro, por venganza, o a veces son guerras ceremoniales en las cuales se dan garrotazos, pero sin intención de matar a nadie -interrumpió César Santos.
– Se equívoca, Santos. Vea el documental de Ludovic Leblanc y entenderá mi teoría -aseguró Leblanc.
– Entiendo que usted repartió machetes y cuchillos en un shabono y prometió a los indios que les daría más regalos si actuaban para las cámaras de acuerdo a sus instrucciones… -sugirió el guía.
– ¡Esa es una calumnia! Según mi teoría…
– También otros antropólogos y periodistas han venido al Amazonas con sus propias ideas sobre los indios. Hubo uno que filmó un documental en que los muchachos andaban vestidos de mujer, se maquillaban y usaban desodorante -añadió César Santos.
– ¡Ah! Ese colega siempre tuvo ideas algo raras… -admitió el profesor.
El guía enseñó a Alex y Nadia a cargar y usar las pistolas. La chica no demostró gran habilidad ni interés; parecía incapaz de dar en el blanco a tres pasos de distancia, Alex, en cambio, estaba fascinado. El peso de la pistola en la mano le daba una sensación de invencible poder; por primera vez comprendía la obsesión de tanta gente por las armas.
– Mis padres no toleran las armas de fuego. Si me vieran con esto, creo que se desmayarían -comentó.
– No te verán -aseguró su abuela, mientras le tomaba una fotografía.
Alex se agachó e hizo ademán de disparar, como hacia cuando jugaba de niño.
– La técnica segura para errar el tiro es apuntar y disparar apurado -dijo Kate Coid-. Si nos atacan, eso es exactamente lo que harás, Alexander, pero no te preocupes, porque nadie estará mirándote. Lo más probable es que para entonces ya estemos todos muertos.
– No confías en que yo pueda defenderte, ¿verdad?
– No. Pero prefiero morir asesinada por los indios en el Amazonas, que de vejez en Nueva York -replicó su abuela.
– ¡Eres única, Kate! -sonrió el chico.
– Todos somos únicos, Alexander -lo cortó ella.
Al tercer día de navegación vislumbraron una familia de venados en un pequeño claro de la orilla. Los animales, acostumbrados a la seguridad del bosque, no parecieron perturbados por la presencia de los botes. César Santos ordenó detenerse y mató a uno con su rifle, mientras los demás huían despavoridos. Esa noche los expedicionarios cenarían muy bien, la carne de venado era muy apreciada, a pesar de su textura fibrosa, y sería una fiesta después de tantos días con la misma dieta de pescado. Matuwe llevaba un veneno que los indios de su tribu echaban en el río. Cuando el veneno caía al agua, los peces se paralizaban y era posible ensartarlos fácilmente con una lanza o una flecha atada a una liana. El veneno no dejaba rastro en la carne del pescado ni en el agua, el resto de los peces se recuperaba a los pocos instantes.
Se encontraban en un lugar apacible donde el río formaba una pequeña laguna, perfecto para detenerse por un par de horas a comer y reponer las fuerzas. César Santos les advirtió que tuvieran cuidado porque el agua era turbia y habían visto caimanes unas horas antes, pero todos estaban acalorados y sedientos. Con las pértigas los guardias movieron el agua y como no vieron huellas de caimanes, todos decidieron bañarse, menos el profesor Ludovic Leblanc, quien no se metía al río por ningún motivo. Borobá, el mono, era enemigo del baño, pero Nadia lo obligaba a remojarse de vez en cuando para quitarle las pulgas. Montado en la cabeza de su ama, el animalito lanzaba exclamaciones del más puro espanto cada vez que lo salpicaba una gota. Los miembros de la expedición chapotearon por un rato, mientras César Santos y dos de sus hombres destazaban el venado y encendían fuego para asarlo.