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– Mi padre no sabía muy bien cómo debía comportarse con su nieto y fui yo quien insistió en que había que hacer algo. Le di trabajo dentro del Grupo. Eso fue después de la guerra. Intentó hacer bien su trabajo, de eso no me cabe duda, pero le costaba concentrarse. Era un «viva la Virgen», un donjuán y un juerguista; gustaba a las mujeres y había períodos en los que bebía demasiado. Me resulta difícil describir mis sentimientos hacia él… No era un inútil, pero resultaba cualquier cosa menos fiable, y a menudo me decepcionaba profundamente. Con los años se convirtió en un alcohólico, y en 1965 falleció ahogado en un accidente justo al otro lado de la isla de Hedeby, donde tenía una cabaña que él mismo mandó construir y donde solía acudir para beber.
– Entonces, ¿se trata del padre de Harriet y Martin? -preguntó Mikael, señalando con el dedo el retrato de la mesa. Muy a su pesar tuvo que reconocer que la historia del viejo le empezaba a interesar.
– Correcto. A finales de los años cuarenta, Gottfried conoció a una mujer llamada Isabella Koenig, una niña alemana que vino a parar a Suecia después de la guerra. Isabella era realmente guapa; quiero decir que tenía una belleza deslumbrante, como la de Greta Garbo o Ingrid Bergman. Sin duda los genes que Harriet ha heredado son más bien de Isabella y no de Gottfried; como puedes ver en la fotografía, ya era muy guapa con sólo catorce años.
Los dos contemplaron el retrato.
– Permíteme continuar. Isabella nació en 1928 y sigue viva. Cuando tenía once años estalló la guerra; ya te puedes figurar cómo sería la vida de una adolescente en Berlín mientras los aviones dejaban caer sus bombas. Me imagino que al desembarcar en Suecia se sintió como si hubiese llegado al paraíso en la Tierra. Desgraciadamente compartía demasiados de los vicios de Gottfried; derrochaba el dinero y estaba de juerga constantemente. A veces, ella y Gottfried parecían más compañeros de borrachera que esposos. Además, viajaba sin parar por Suecia y el extranjero y, en general, carecía por completo del sentido de la responsabilidad. Como es lógico, los niños pagaron las consecuencias. Martin nació en 1948 y Harriet en 1950. Su infancia fue dramática, con una madre que les abandonaba con frecuencia y un padre que se estaba convirtiendo en un alcohólico.
»En 1958 intervine. Por aquel entonces Gottfried e Isabella vivían en Hedestad; les obligué a trasladarse aquí, a Hedeby. Ya estaba harto y decidí intentar romper el círculo vicioso. Martin y Harriet estaban más o menos abandonados a su suerte.
Henrik Vanger miró el reloj.
– Mis treinta minutos se acaban, pero ya me voy acercando al final de la historia. ¿Me concedes una prórroga?
Mikael asintió con la cabeza.
– Sigue.
– En resumen: yo no tenía hijos, un llamativo contraste con los demás hermanos y miembros de la familia, que parecían obsesionados con la estúpida necesidad de procrear y perpetuar la saga. Gottfried e Isabella se mudaron aquí, pero el matrimonio estaba ya en las últimas. Al cabo de un año, Gottfried se trasladó a su cabaña. Pasaba allí largas temporadas completamente solo y cuando hacía demasiado frío se iba a vivir con Isabella. Yo me encargué de Martin y Harriet; de modo que se convirtieron, en muchos sentidos, en los hijos que nunca tuve.
»Martin era… A decir verdad hubo una época en su juventud durante la cual temí que siguiera los pasos de su padre. Era débil, introvertido y meditabundo, pero también podía ser encantador y entusiasta. Tuvo una adolescencia difícil, pero se enderezó al empezar la universidad. Es… bueno, a pesar de todo es el director ejecutivo de lo que queda del Grupo Vanger, así que tampoco le ha ido tan mal.
– ¿Y Harriet? -preguntó Mikael.
– Harriet se convirtió en la niña de mis ojos. Intenté darle seguridad y que aumentara la confianza en sí misma, y nos llevábamos muy bien. La veía como mi propia hija y llegamos a tener una relación más estrecha que la que mantenía con sus propios padres. ¿Sabes?, Harriet era muy especial; introvertida, como su hermano, y fascinada por la religión durante su adolescencia, a diferencia de todos los demás miembros de la familia. Poseía un gran talento y era muy inteligente. No sólo tenía moral, sino también firmeza de carácter. Al cumplir catorce o quince años, yo ya estaba completamente convencido de que ella, en comparación con su hermano y todos los mediocres primos y sobrinos de mi familia, era la persona destinada a dirigir las empresas Vanger o, por lo menos, a desempeñar en ellas un importante papel.
– ¿Y qué pasó?
– Ya hemos llegado a la verdadera razón por la que te quiero contratar. Quiero que averigües qué miembro de mi familia asesinó a Harriet Vanger y, desde entonces, se ha dedicado durante casi cuarenta años a intentar volverme loco.