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El padre y la hija pasaron una hora juntos en la habitación de ella, en la planta de arriba. La madre de Pernilla y Mikael se divorciaron cuando la niña sólo tenía cinco años, de modo que tuvo un nuevo padre a la edad de siete. Mikael siguió manteniendo el contacto; Pernilla lo visitaba una vez al mes y veraneaba algunas semanas en la casita de Sandhamn. No es que Monica hubiera intentado impedir el contacto, o que Pernilla no se encontrara a gusto en compañía de su padre; muy al contrario, el tiempo que pasaban juntos era para ambos muy placentero. Simplemente Mikael había dejado que su hija decidiera la frecuencia con la que deseaba verle, sobre todo desde que Monica se había vuelto a casar. Durante una época, al inicio de la adolescencia de la niña, el contacto cesó casi por completo, pero desde hacía dos años Pernilla quería a ver a su padre más a menudo.
La hija había seguido el juicio con la firme convicción de que su padre tenía razón; era inocente, pero no lo podía probar. Ella le habló de un noviete que tenía en el instituto, en otra clase del mismo curso, y sorprendió a su padre al confesarle que se había hecho miembro de una iglesia local y que se consideraba creyente. Mikael se abstuvo de hacer comentario alguno al respecto.
Lo invitaron a quedarse a cenar, pero se disculpó porque ya había aceptado la invitación de su hermana para pasar la noche con ella y su familia en la urbanización yuppie de Stäket. Por la mañana también había sido invitado a celebrar la Navidad con Erika y su marido en Saltsjöbaden. Declinó la invitación con la certeza de que la comprensiva actitud de Greger Beckman hacia los triángulos amorosos tenía un límite, y no albergaba ningún deseo de averiguar dónde se encontraba ese límite. Erika objetó que, en realidad, era su marido el que había propuesto invitarle, y se metió con él por no atreverse a participar en un trío. Mikael se rió; Erika sabía que él era un heterosexual de lo más simplón y que la oferta no iba en serio, pero la decisión de no pasar la Nochebuena en compañía del marido de su amante era inamovible.
Así que llamó a la puerta de la casa de su hermana A
Sólo la hermana de Mikael se abstuvo de comentar la sentencia, a pesar de ser la única de todos los presentes que sabía de leyes. A
Cuando Mikael estaba ayudando a su hermana a preparar café, ella le puso una mano sobre el brazo y quiso saber cómo se encontraba. Le confesó que estaba hecho mierda.
– La próxima vez, contrata a un abogado de verdad.
– Este caso no lo habría ganado ni el mejor abogado del mundo.
– ¿Qué pasó en realidad?
– Ahora no, hermanita; otro día.
Antes de volver al salón con la tarta y el café, A
Sobre las siete de la tarde, Mikael se disculpó y preguntó si podía usar el teléfono de la cocina. Llamó a Dirch Frode; al otro lado de la línea percibió un murmullo de voces.
– Feliz Navidad -le dijo Frode-. ¿Se ha decidido?
– No tengo nada mejor que hacer y ha conseguido despertar mi curiosidad. Iré allí pasado mañana, si le parece bien.
– Estupendo. Si supiera la satisfacción que me da escuchar su respuesta… Perdóneme, pero tengo a mis hijos y nietos en casa y apenas consigo oír nada. ¿Le puedo llamar mañana para acordar la hora?
Antes de que terminara la noche Mikael Blomkvist ya se había arrepentido de su decisión, pero le parecía demasiado complicado volver a llamar para excusarse, así que la mañana del 26 de diciembre cogió un tren en dirección al norte. Tenía carné de conducir, pero nunca le había atraído la idea de comprarse un coche.
Frode estaba en lo cierto: no se trataba de un viaje muy largo. Una vez pasada Uppsala empezó ese rosario de perlas de pequeñas ciudades industriales que se extiende a lo largo de la costa de Norrland. Hedestad era una de las más pequeñas, a poco más de una hora al norte de Gävle.
La noche anterior había nevado copiosamente. Al apearse del tren el cielo estaba despejado y el aire era gélido. Mikael advirtió enseguida que no llevaba la ropa adecuada para protegerse de los rigores del invierno de Norrland. Dirch Frode, que ya conocía su aspecto, fue a buscarlo amablemente al andén y se apresuró a conducirlo al cálido interior de un Mercedes. En Hedestad las máquinas quitanieves funcionaban a pleno rendimiento, y Frode avanzaba con cuidado entre los montones de nieve acumulados en los márgenes de las calles. La nieve suponía un contraste exótico con Estocolmo, casi como si estuviera en otro mundo, y eso que sólo se hallaba a poco más de tres horas de la plaza de Sergel. Mikael miró de reojo al abogado: una cara de facciones angulosas, con escaso pelo blanco cortado a cepillo y gruesas gafas sobre una nariz prominente.
– ¿Es su primera visita a Hedestad? -preguntó Frode.
Mikael asintió.
– Es una vieja ciudad industrial con puerto. No es muy grande, sólo tiene veinticuatro mil habitantes, pero la gente está a gusto aquí. Henrik vive en Hedeby, justo en la entrada sur de la ciudad.
– ¿Y usted también vive aquí?
– Pues sí. Nací en Escania, pero empecé a trabajar para Vanger nada más licenciarme, en 1962. Soy abogado de empresa, y con los años Henrik y yo nos hicimos amigos. En realidad, estoy retirado; Henrik es mi único cliente. También se ha jubilado, claro, de modo que apenas requiere ya mis servicios.
– Sólo cuando se trata de engatusar a periodistas de maltrecha reputación.
– No se subestime. No es usted el único que ha perdido un asalto contra Hans-Erik We
Mikael miró de reojo a Frode, sin saber muy bien cómo interpretar lo que éste acababa de decir.
– Esta invitación ¿tiene algo que ver con We
– No -contestó Frode-. Henrik Vanger no es precisamente muy amigo de We
– Que no me quiere comentar.
– Que a mí no me incumbe comentar. Lo hemos preparado todo para que usted pase la noche en casa de Henrik Vanger. Si no le apetece quedarse allí, podemos reservar una habitación en el Stora Hotellet, en la ciudad.
– Bueno, quizá vuelva a Estocolmo esta misma noche.
A la entrada de Hedeby todavía no habían pasado las máquinas quitanieves, razón por la cual Frode avanzaba con mucha dificultad, siguiendo las huellas que otros coches habían dejado en la carretera. Hedeby estaba constituido por un núcleo de viejas construcciones de madera, al estilo de los antiguos poblados industriales del golfo de Botnia. En las inmediaciones, había chalés más modernos y grandes. El viejo pueblo empezaba en el continente y continuaba, una vez pasado un puente, en una isla de accidentado relieve. En la parte continental, al lado del puente, se alzaba una pequeña iglesia blanca de piedra; justo enfrente un rótulo luminoso de los de antes rezaba
«Café de Susa
– Esta es la Casa Vanger -dijo Dirch Frode-. Solía haber mucha vida y movimiento aquí, pero hoy en día sólo está habitada por Henrik y un ama de llaves, así que hay cuartos de invitados de sobra.
Bajaron del coche.
– La tradición dicta que el que dirija las empresas del Grupo Vanger viva aquí, pero Martin Vanger quería algo más moderno. Por eso se construyó un chalé en aquella punta de la isla -dijo Frode, señalando hacia el norte.
Mikael recorrió los alrededores con la mirada y se preguntó qué loco impulso le habría llevado a aceptar la invitación del abogado Frode. Estaba decidido a volver a Estocolmo esa misma noche si era posible. Una escalera de piedra conducía a la entrada, cuya puerta se abrió justo cuando Mikael alcanzó el último peldaño; en seguida reconoció a Henrik Vanger.
En las fotos de Internet salía más joven, pero se le veía sorprendentemente vigoroso para tener ochenta y dos años, un cuerpo fibroso, cara de pocos amigos, la piel curtida, y un voluminoso pelo gris peinado hacia atrás que insinuaba unos genes nada propensos a la calvicie. Vestía pantalones oscuros bien planchados, camisa blanca y una desgastada chaqueta de punto marrón. Lucía un fino bigote y unas gafas de elegante montura metálica.
– Soy Henrik Vanger -saludó-. Gracias por aceptar mi invitación.
– Buenas tardes. Una invitación que me ha sorprendido.
– Entra; hace frío. He mandado que te preparen una habitación ¿Quieres asearte un poco? Cenaremos dentro de un rato. Te presento a A
Mikael estrechó la mano de una mujer de baja estatura y de unos sesenta años. Ella le cogió el abrigo, se lo colgó en un armario y le ofreció unas zapatillas para protegerse de las corrientes de aire del suelo.
Mikael le dio las gracias y luego se dirigió a Henrik Vanger:
– No sé si me quedaré a cenar. Dependerá de qué vaya este juego.
Henrik Vanger intercambió una mirada con Dirch Frode. Existía entre los dos hombres una complicidad que Mikael no supo interpretar.
– Creo que aprovecharé la ocasión para despedirme -dijo Dirch Frode-. Debo regresar y amansar a mis nietos antes de que me tiren toda la casa abajo.
Acto seguido le comentó a Mikael:
– Vivo nada más pasar el puente a la derecha; el tercer chalé que hay a orillas del mar después de la pastelería. Son cinco minutos a pie. Si me necesita, no tiene más que llamarme.
Mikael metió la mano en el bolsillo y encendió una grabadora. «¿Paranoico, yo?» No tenía ni idea de lo que deseaba Henrik Vanger, pero después de todo ese jaleo con We
El viejo industrial se despidió de Dirch Frode dándole unas palmadas en el hombro, cerró la puerta y centró su interés en Mikael.
– En ese caso, quizá deba ir al grano. No se trata de ningún juego. Quiero hablar contigo, pero la conversación requiere su tiempo. Te ruego que me escuches hasta el final y que no tomes ninguna decisión hasta que haya acabado. Eres periodista y deseo contratarte para un trabajo de freelance. A