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– Hay otro bien más: un inmueble en la costa, en Sandhamn. Es una caseta de pescadores de treinta metros cuadrados que ha transformado en vivienda y que está junto al mar, en medio de la zona más atractiva del pueblo. Por lo visto, fue adquirida por un tío suyo en los años cuarenta, cuando ese tipo de operaciones seguían siendo posibles para los simples mortales; gracias a una herencia, la caseta acabó en manos de Blomkvist. Repartieron la herencia de tal modo que la hermana se quedó con el piso de los padres en Lilla Essingen, y Mikael Blomkvist con la caseta. No sé lo que valdrá hoy en día, sin duda varios millones, pero, en cualquier caso, no parece dispuesto a venderla porque suele ir a Sandhamn con bastante frecuencia.

– ¿Ingresos?

– Como ya he comentado, es copropietario de Mille

– Debe pagar una indemnización de ciento cincuenta mil coronas, además de los honorarios del abogado y otras cosas -puntualizó Frode-. Digamos que el coste final será bastante elevado; eso sin mencionar que carecerá de ingresos cuando tenga que cumplir la sentencia en prisión.

– Eso significa que se va a quedar bastante tieso -sentenció Salander.

– ¿Se trata de una persona honesta? -preguntó Dirch Frode.

– Ése es, por decirlo de alguna manera, su valor seguro. Va dando la imagen del típico guardián de la moral, insobornable, que se enfrenta al mundo empresarial. Y como tal le invitan con bastante frecuencia a comentar distintos asuntos en la televisión.

– No creo que quede gran cosa de ese valor seguro después de la sentencia de hoy -reflexionó Dirch Frode.

– Debo reconocer que no sé exactamente lo que se exige de un periodista, pero supongo que pasará algún tiempo antes de que el superdetective Blomkvist reciba el Gran Premio de Periodismo. Ha metido la pata hasta el fondo -dijo Salander sobriamente-. Si se me permite una reflexión personal…

Armanskij abrió los ojos de par en par. Durante los años que Lisbeth Salander llevaba con él, jamás había hecho ni una sola reflexión personal en una investigación de estas características. Para ella sólo contaban los hechos puramente objetivos.

– No forma parte de mi investigación estudiar el caso We

Salander se rascó el cuello. Frode se mostró paciente. Mientras, Armanskij se preguntaba si estaba equivocado o es que Lisbeth no sabía realmente cómo continuar. La Salander que él conocía no dudaba ni se mostraba insegura jamás. Al final ella pareció decidirse.

– Esto que no conste en acta… No me he metido mucho en el caso We

Ahora fue Dirch Frode el que se incorporó bruscamente en la silla. El abogado examinó a Salander con ojos inquisitivos, y Armanskij advirtió que, por primera vez desde que ella inició su presentación, el cliente mostraba una atención que iba más allá de la mera cortesía. Tomó nota mentalmente de que el caso We

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Frode.

– No es más que una simple suposición, pero estoy prácticamente convencida de que alguien lo ha engañado.

– ¿Y qué es lo que le hace pensar eso?

– Toda la trayectoria profesional de Blomkvist indica que se trata de un reportero muy prudente. Todas las controvertidas revelaciones que ha publicado anteriormente han ido acompañadas de una sólida documentación. Un día asistí al juicio: no argumentó nada en contra, pareció rendirse sin luchar. No casa con su carácter. Según el tribunal, se ha inventado la historia de We

– Y según usted, ¿qué es lo que pasó?

– No tengo más que conjeturas. Blomkvist creía en su historia, pero algo debió de suceder mientras tanto y la información resultó ser falsa. Eso significa, además, que su informante era una persona en la que confiaba o que alguien le proporcionó información falsa conscientemente, lo cual me parece demasiado enrevesado para ser cierto. La otra alternativa es que sufriera amenazas tan serias que tirara la toalla; prefiere que lo consideren un idiota incompetente antes que plantarles cara y luchar. Pero al fin y al cabo sólo estoy especulando.

Cuando Salander hizo ademán de continuar la presentación, Dirch Frode levantó la mano. Permaneció callado un rato, tamborileando pensativamente con los dedos sobre el brazo de la silla, antes de volver a dirigirse a Salander con cierta vacilación.

– Si nosotros la contratáramos para hallar la verdad del caso We

– No sé qué decir. Tal vez no haya nada.

– Pero ¿estaría dispuesta a intentarlo?

Ella se encogió de hombros.

– No depende de mí. Trabajo para Dragan Armanskij; es él quien decide los trabajos que debo hacer. También depende del tipo de información que quiera usted que encuentre.

– Entonces, permítame que se lo explique de la siguiente manera… Supongo que esta conversación es confidencial, ¿no? -Armanskij asintió con la cabeza-. No conozco nada de este asunto, pero sé, sin lugar a dudas, que We

La conversación había tomado un rumbo inesperado y Armanskij se puso en guardia inmediatamente. Lo que Dirch Frode solicitaba era que Milton Security se encargara de remover un juicio penal ya concluido, en el que posiblemente existiera algún tipo de amenaza ilegal contra Mikael Blomkvist, y, por tanto, Milton corriera el riesgo de colisionar con el ejército de abogados de We

No se trataba sólo de un gesto de consideración hacia la empresa. Salander había dejado muy claro que no quería que Armanskij ejerciera el papel de padrastro preocupado, y después de su acuerdo se había esforzado en no hacerlo, pero en su fuero interno nunca dejaría de preocuparse por ella. A veces se sorprendía a sí mismo comparando a Salander con sus propias hijas. Se consideraba un buen padre que no se metía en sus vidas privadas de manera i

En lo más profundo de su corazón croata -o tal vez bosnio o armenio- nunca había podido liberarse de la convicción de que la vida de Salander iba derecha a una desgracia. Ante sus ojos, ella constituía la víctima perfecta para todo aquel que le deseara el mal y temía la mañana en la que lo despertara la noticia de que alguien le había hecho daño.

– Una investigación así puede llegar a ser muy costosa -dijo Armanskij de modo prudentemente disuasorio con el fin de sondear la seriedad de la solicitud de Frode.

– Bueno, podemos poner un tope -replicó Frode sobriamente-. No pido lo imposible, pero resulta evidente que su colaboradora, tal y como me ha asegurado usted, es competente.

– ¿Salander? -preguntó Armanskij con una ceja levantada.

– De momento no tengo otra cosa.

– Vale. Pero quiero que nos pongamos de acuerdo en los procedimientos. Escuchemos primero el resto del informe.

– No son más que detalles de su vida privada. En 1986 se casó con una mujer llamada Monica Abrahamsson y ese mismo año tuvieron una hija. Se llama Pernilla y tiene dieciséis años. El matrimonio no duró mucho tiempo; se divorciaron en 1991. Abrahamsson se volvió a casar, pero, por lo visto, siguen siendo amigos. La hija vive con su madre y no ve a su padre muy a menudo.

Frode pidió más café y se dirigió de nuevo a Salander.

– Al principio usted dejó caer que todas las personas guardan secretos. ¿Ha descubierto alguno?

– Quería decir que todos tenemos cosas que consideramos privadas y que no nos gusta anunciar a bombo y platillo. Al parecer, a Blomkvist le va bastante bien con las mujeres. Ha tenido varias historias de amor y diversas relaciones esporádicas. En resumen: su vida sexual es muy intensa. Sin embargo, hay una persona constante en su vida con la que mantiene una relación algo extraña.

– ¿En qué sentido?

– Erika Berger, redactora jefe de Mille

– Quizá no sea tan raro -respondió Frode.

– No, puede que no. Pero da la casualidad de que Erika Berger está casada con el artista Greger Beckman, un tipo famosillo que ha hecho un montón de cosas horribles en locales públicos.

– Así que ella es infiel.

– No. Beckman conoce la relación. Se trata de un ménage à trois que, al parecer, es aceptado por todas las partes implicadas. A veces duerme con Blomkvist y a veces con su marido. No sé muy bien cómo funciona, pero sin duda fue un factor decisivo en la ruptura del matrimonio de Blomkvist con Abrahamsson.