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La chica siguió a su padre por entre la multitud, de vuelta al lugar donde habían dejado a su madre. Tuvieron que abrirse paso a través de la muchedumbre. Los pasillos estaban repletos de bultos, bolsas, colchones, cunas, y la pista, atestada de gente. ¿Cuánta gente habría allí?, se preguntó. Los niños corrían por los pasillos, desaliñados y sucios, pidiendo agua a gritos. Una embarazada, debilitada por el calor y la sed, gritaba con todas sus fuerzas que se iba a morir, que se iba a morir en cualquier momento. Un hombre se desplomó de repente y quedó tendido sobre el polvo del suelo. Tenía la cara azulada y un rictus le deformaba el gesto. Nadie se movió.
La muchacha se sentó al lado de su madre, que se había tranquilizado, y apenas hablaba. La chica le cogió la mano y la apretó, pero ella no respondió. El padre se levantó y se acercó a un policía para pedirle agua para su hija y su esposa. El hombre respondió en tono brusco que de momento no había. El padre dijo que era una vergüenza, que no podían tratarles como a perros. El policía se dio la vuelta y se alejó.
La chica volvió a encontrarse con Léon, el chico al que había visto en el taller. Caminaba entre la multitud, mirando hacia las puertas. Se dio cuenta de que no llevaba la estrella amarilla. Se la habían arrancado. Se levantó y se dirigió hacia él. Tenía la cara sucia, una magulladura en la mejilla izquierda, y otra junto a la clavícula. La chica se preguntó si ella parecería tan exhausta y molida como él.
– Voy a salir de aquí -dijo el chico en voz baja-. Mis padres me han dicho que lo haga. Ahora.
– ¿Pero cómo? -preguntó ella-. Los policías no te dejarán.
El chico la miró. Tenía su misma edad, diez años, pero parecía mucho mayor. Ya no quedaba ningún rasgo infantil en él.
– Encontraré la manera -respondió-. Mis padres me han dicho que me vaya. Ellos me han arrancado la estrella. Es la única forma. Si no, se acabó. Será el fin para todos nosotros.
La chica volvió a sentir que la invadía un pavor gélido. ¿Tendría razón el chico? ¿De verdad iba a ser el fin?
Él la miró con gesto un tanto desdeñoso.
– No me crees, ¿verdad? Deberías acompañarme. Quítate la estrella y ven conmigo. Nos esconderemos. Yo cuidaré de ti: sé lo que he de hacer.
La chica pensó en su hermanito, que la esperaba en el armario, y metió la mano en el bolsillo para tocar la llave. Podía escaparse con aquel niño tan rápido y espabilado. Así podría salvar a su hermano, y también a sí misma. Pero se sentía demasiado pequeña y vulnerable para hacer algo así ella sola. Estaba demasiado asustada. Y sus padres… ¿Qué les pasaría a ellos? ¿Y si lo que decía el chico no era verdad? ¿Podía confiar en él?
El chico le puso la mano en el brazo, intuyendo su reticencia.
– Ven conmigo -la animó.
– No sé -musitó ella.
El chico se apartó.
– Yo ya me he decidido. Me marcho. Adiós.
Lo vio dirigirse hacia la entrada. La policía hacía pasar a más gente: ancianos en camillas, en sillas de ruedas, grupos de niños que gimoteaban y mujeres que lloraban. Vio a Léon deslizarse entre la muchedumbre, a la espera del momento adecuado.
En un momento, un policía le agarró por el cuello de la camisa y lo lanzó hacia atrás. Léon se levantó ágilmente y se acercó centímetro a centímetro hacia las puertas, como un nadador que avanza con destreza contra la corriente. La chica observaba, fascinada.
En la entrada irrumpió un grupo de madres airadas que pedían agua para sus hijos. Los policías parecieron confusos por un momento, sin saber qué hacer. La chica vio a Léon deslizarse con facilidad entre el caos, rápido como un rayo. Luego desapareció.
Volvió con sus padres. Empezaba a caer la noche y, con ella, la chica sentía que su desesperación y la de las miles de personas encerradas en aquel lugar empezaba a crecer como un ser monstruoso, fuera de control, una desesperación pura y absoluta que la llenaba de pánico.
Trató de cerrar los ojos, la nariz y los oídos para cerrar el paso al olor, el polvo, el calor, los quejidos de angustia, la visión de adultos llorando y niños gimiendo. Pero no podía.
Lo único que podía hacer era observar, desvalida, callada. Advirtió un repentino alboroto arriba, cerca del tragaluz, donde la gente se sentaba en pequeños grupos. Hubo un alarido sobrecogedor, un borrón de ropas que caía como una cascada desde el palco, y un golpe sordo contra el duro suelo de la pista. Después se oyó un grito ahogado entre la multitud.
– Papá, ¿qué ha sido eso? -preguntó.
Su padre intentó apartarle la cara.
– Nada, cariño, nada. Sólo es ropa que ha caído desde arriba.
Pero la chica lo había visto, y sabía lo que había pasado. Una mujer joven, de la edad de su madre, y un niño pequeño. La mujer había saltado de la barandilla más alta con el niño agarrado.
Desde donde estaba sentada, la chica podía ver el cuerpo desmadejado de la mujer y el cráneo ensangrentado del niño, abierto como un tomate maduro.
La chica agachó la cabeza y lloró.
Cuando era niña y vivía en el 49 de Hyslop Road en Brookline nunca imaginé que un día me iría a vivir a Francia y me casaría con un francés. Suponía que iba a quedarme en Estados Unidos toda la vida. Cuando tenía once años estaba colada por Evan Frost, el chico que vivía en la casa de al lado. Tenía la cara llena de pecas, como los niños de los cuadros de Norman Rockwell, y tenía un aparato dental y un perro, Inky, al que le encantaba retozar sobre los primorosos parterres de mi padre.
Mi padre, Sean Jarmond, daba clases en el MIT *. Era el típico «profesor chiflado», con el pelo rizado y unas gafas de culo de vaso. Era muy popular, y a los estudiantes les caía bien. Mi madre, Heather Carter Jarmond, era una campeona de tenis retirada de Miami, esa clase de mujer deportista, bronceada y esbelta que nunca parece envejecer. Le gustaban el yoga y los alimentos naturales.
Los domingos, mi padre y el vecino, el señor Frost, hacían concursos de gritos por encima del seto por culpa de Inky, que destrozaba los tulipanes de mi padre, mientras mi madre preparaba magdalenas de miel y salvado en la cocina y suspiraba. Odiaba los conflictos. Sin prestar atención a la trifulca, Charla, mi hermana pequeña, veía La Islade Gilligan o Meteoro en el cuarto de la tele mientras se atiborraba de regaliz rojo. En el piso de arriba, mi mejor amiga, Katy Lacy, y yo observábamos por detrás de la cortina cómo el encantador Evan Frost jugaba con el objeto de la ira de mi padre, un labrador negro azabache.
Fue una infancia feliz, entre algodones, sin grandes arrebatos ni escenas entre mis padres. Iba al colegio Runkle, calle abajo. Días de Acción de Gracias tranquilos, Navidades entrañables, veranos largos y perezosos en Nahant. Las semanas apacibles se convertían en meses no menos apacibles. La única vez que tuve miedo fue cuando mi maestra de quinto, la rubia señorita Sebold, leyó en voz alta El corazón delator, de Edgar Allan Poe. Gracias a ella tuve pesadillas durante años.
Fue durante mi adolescencia cuando empecé a sentir los primeros anhelos por Francia, una insidiosa fascinación que fue creciendo con el paso del tiempo. ¿Por qué Francia? ¿Por qué París? Siempre me había atraído la lengua francesa. La encontraba más suave y sensual que el alemán, el español o el italiano. Imitaba a la perfección a Pepe Le Pew, la mofeta francesa de los Looney Tunes. En mi interior sabía que aquella pasión por París, que no dejaba de crecer, no tenía nada que ver con los típicos clichés americanos del romance, la sofisticación y el atractivo sexual. Era algo más que todo eso.
Cuando descubrí París por primera vez, enseguida me llamaron la atención sus contrastes: los barrios vulgares y chabacanos me atraían mucho más que los majestuosos distritos de Haussma
Supe que quería ser periodista cuando tenía la edad de Zoë. Empecé escribiendo para el periódico del instituto y no dejé de hacerlo desde entonces. Me vine a vivir a París cuando tenía poco más de veinte años, tras licenciarme en la Universidad de Boston en la especialidad de Lengua Inglesa. Mi primer trabajo fue de ayudante subalterna en una revista de moda americana, pero duré poco. Buscaba temas de más enjundia que la longitud de una falda o los colores de la última primavera.
Acepté el primer empleo que me surgió: reescribir notas de prensa para una cadena americana de televisión. No es que pagaran una maravilla, pero daba suficiente para ir tirando. Vivía en el distrito XVIII, compartiendo piso con dos franceses gays, Hervé y Christophe, que se convirtieron en amigos míos para toda la vida.
Aquella semana había quedado para cenar con ellos en la calle Berthe, donde vivía antes de conocer a Bertrand. Éste me acompañaba muy raras veces. A veces me preguntaba a mí misma por qué no se interesaba más por Hervé y Christophe. «Porque tu querido esposo, como la mayoría de los franceses que son burgueses o caballeros acomodados, prefieren las mujeres a los homosexuales, cocotte», casi pude oír la voz lánguida y las picaras risas de mi amiga Isabelle. Sí, ella tenía razón: definitivamente, a Bertrand le iban las mujeres. Le iban cantidad, como diría Charla.
Hervé y Christophe seguían viviendo en el mismo piso que compartieron conmigo, sólo que mi pequeño cuarto se había convertido en un vestidor. Christophe era una víctima de la moda, y estaba orgulloso de ello. Me gustaban las cenas que organizaban; siempre había una mezcla interesante de gente: un modelo o cantante famoso, un escritor polémico, un vecino guapo y gay, algún periodista estadounidense o canadiense, tal vez algún joven editor que empezaba a despuntar. Hervé era abogado de una firma internacional, y Christophe, profesor de yoga.