Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 46 из 55

– Mamé me dijo que era un secreto muy difícil de guardar, que nunca había dejado de pensar en la niña y que ahora se alegraba de que yo lo supiera. Dijo que deberíamos haber hablado de ello mucho antes, que deberíamos haber hecho lo que ha hecho mamá y no haber esperado tanto. Que deberíamos haber buscado a la familia de la niña y que era un error mantener oculta esa historia. Me contó todo eso justo antes del derrame.

Hubo un silencio largo y doloroso.

Zoë enderezó los hombros. Después miró a Colette, a Edouard, a sus tías, a su padre. Me miró a mí.

– Hay algo más que quiero deciros -añadió, pasando sin transición del francés al inglés, y exagerando su acento americano-. No me importa lo que penséis y me da igual si creéis que mamá se ha equivocado o ha cometido una estupidez. Estoy muy orgullosa de ella por haber encontrado a William y contarle todo. No tenéis idea de lo mucho que necesitaba hacerlo y de lo que significaba para ella. Ni de lo que significa para mí y, ya puestos, probablemente, para William. ¿Y sabéis qué os digo? Cuando crezca, quiero ser como ella, quiero ser una madre de la que sus hijos puedan enorgullecerse. Bo

Zoë se despidió con una graciosa reverencia, salió del salón y cerró la puerta sin hacer ruido.

Nos quedamos en silencio durante un buen rato. El gesto de Colette era cada vez más rígido e inexpresivo: Laure se retocaba el maquillaje mirándose en un espejo de bolsillo, mientras que Cécile parecía petrificada.

Bertrand no despegó los labios. Estaba frente a la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda. No me había mirado en ningún momento, así como tampoco había mirado a nadie más.

Edouard se levantó y me acarició la cabeza con un gesto paternal. Sus ojos azules brillaban cuando se acercó y me murmuró al oído, en francés:

– Has hecho lo correcto. Muy bien.

Pero esa misma noche, más tarde, sola en mi cama, incapaz de leer, de pensar o de hacer cualquier cosa que no fuera estar tumbada y mirar al techo, empecé a hacerme preguntas.

Pensé en William, dondequiera que estuviese, intentando encajar las nuevas piezas que habían aparecido en su vida.

Pensé en la familia Tézac, que por una vez había salido de su caparazón y había tenido que comunicarse para sacar a la luz un secreto oscuro y triste. Pensé en Bertrand, dándome la espalda.

«Tu as fait ce qu'il fallait. Tu as bien fait».

¿Llevaba razón Edouard? No estaba segura, pero aun así no dejaba de preguntármelo.

Zoë abrió la puerta, se coló en mi cama como un cachorrillo sigiloso y se acurrucó junto a mí. Después me cogió la mano, la besó suavemente y apoyó la cabeza en mi hombro.

Oí el rumor apagado del tráfico en el bulevar de Montparnasse. Se estaba haciendo tarde. Bertrand andaba con Amélie, sin duda. Me parecía tan lejano como un extraño, una persona a la que apenas conocía.

Dos familias a las que yo había unido por un día. Dos familias que jamás volverían a ser las mismas.

¿Había hecho lo correcto?

No sabía qué pensar. No sabía qué creer.

Zoë se quedó dormida a mi lado; su respiración lenta me hacía cosquillas en la mejilla. Pensé en el bebé que esperaba y sentí que me invadía algo parecido a la paz, una sensación relajante que me tranquilizó durante un rato.

Pero el dolor y la tristeza permanecieron.