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– Estaba guapísima -rememoró Nicolas-. Era una chica de dieciocho años, guapísima y pletórica de vida y energía. Aquel día presentí por primera vez que en lo más profundo de ella había un vestigio de felicidad, que aún había esperanza para ella.
Dos años después, pensé, Sarah salió de la vida de los Dufaure para siempre, llevándose consigo su secreto a América. Y veinte años después había muerto. Me pregunté cómo habrían sido esos veinte años en América. Su matrimonio, el nacimiento de su hijo. ¿Había sido feliz en Roxbury? Sólo William tenía la respuesta a esas preguntas. Era el único que podía contestarlas. Mis ojos se cruzaron con los de Edouard, y supe que estaba pensando lo mismo que yo.
Oí la llave de Bertrand en la cerradura. Mi marido apareció, bronceado, apuesto, exudando Habit Rouge, sonriendo y estrechando manos con soltura, y no pude evitar acordarme de aquella canción de Carly Simon que Charla decía que le recordaba a Bertrand: «Yon walked into the party like you were walking on to a yatch»*.
Bertrand había decidido posponer la mudanza al piso de Saintonge por las complicaciones de mi embarazo. En esta extraña nueva vida a la que todavía no me había acostumbrado, él estaba físicamente presente de forma amistosa y útil, pero faltaba su presencia espiritual. Viajaba más de lo habitual, llegaba tarde a casa y se marchaba temprano. Seguíamos compartiendo la cama, pero ya no era el tálamo nupcial. En medio había surgido el muro de Berlín.
Zoë parecía llevarlo bastante bien. Hablaba a menudo del bebé, de lo mucho que significaba para ella y de lo emocionada que se sentía. Había ido de compras con mi madre durante su estancia en París, y ambas se habían puesto como locas en Bonpoint, una tienda de ropa de bebé exclusiva y precios escandalosamente caros que había en la calle de l'Université.
La mayor parte de la gente reaccionaba como Zoë, mis padres, mi hermana, mi familia política y Mamé. Todos mostraban su entusiasmo por el inminente nacimiento, e incluso Joshua, con su aversión hacia los bebés y las bajas por enfermedad, parecía interesarse.
– No sabía que se podían tener hijos después de los cuarenta y cinco -me comentó con bastante mala uva.
Nadie mencionó la crisis por la que atravesaba mi matrimonio. Era como si nadie se diera cuenta. Tal vez, en el fondo, creían que cuando naciera la criatura Bertrand entraría en razón, o incluso la recibiría con los brazos abiertos.
Me di cuenta de que tanto Bertrand como yo nos habíamos encerrado en un caparazón de incomunicación y aislamiento. Los dos estábamos esperando a que naciera el bebé. Después, cuando tuviéramos que mudarnos y tomar decisiones, ya veríamos.
Una mañana noté que el bebé empezaba a moverse dentro de mí y me daba esas primeras pataditas que suelen confundirse con gases. Quería que el bebé naciera de una vez para poder cogerlo en brazos. Odiaba esta situación de silencioso letargo, esta larga espera, y me sentía atrapada. Quería viajar cuanto antes al invierno, a principios del año siguiente, al momento del parto.
Odiaba el polvo y los últimos coletazos del calor del verano, esos últimos estertores del estío que discurrían lentos como el goteo de la melaza. Tampoco me gustaba la palabra francesa para referirse al comienzo de septiembre, la vuelta al colegio y al trabajo, la «rentreé», que se repetía constantemente en la radio, la televisión y los periódicos. Estaba harta de que la gente me preguntara cómo iba a llamarse el bebé. La amniocentesis había revelado su sexo, pero yo no había querido que me lo dijeran. El bebé aún no tenía nombre, lo cual no significaba que yo no estuviera preparada.
Iba tachando los días en el calendario. Septiembre se convirtió en octubre, mientras mi barriga adquiría una bonita curva. Ya podía levantarme, volver a la oficina, recoger a Zoë del colegio, ir al cine con Isabelle o comer con Guillaume en el Select.
Pero, a pesar de que mis días volvían a estar más ocupados, seguía sintiendo ese vacío, ese dolor…
… el de William Rainsferd. Recordaba su cara, sus ojos, la expresión con que había mirado a la niña de la estrella amarilla y, sobre todo, el tono en que había exclamado «Dios mío».
¿Cómo sería su vida ahora? ¿Habría borrado todo de su mente en el momento que nos dio la espalda a Zoë y a mí? ¿Se habría olvidado al llegar a casa? ¿Y si era al contrario? ¿Y si su vida se había convertido en un infierno, si era incapaz de olvidar lo que yo le había dicho y mis revelaciones habían cambiado su vida? Su madre se había convertido en una extraña, alguien de cuyo pasado no sabía nada.
Me preguntaba si le había contado algo a su esposa o a sus hijas, si les había dicho que una mujer americana había aparecido en Lucca, acompañada por una niña, para enseñarle una foto y decirle que su madre era judía, que la habían arrestado durante la guerra, que había sufrido mucho y que había perdido a un hermano y unos padres de los que él jamás había oído hablar.
Me preguntaba si había buscado información sobre el Vel' d'Hiv', si había leído artículos o libros sobre lo ocurrido en julio de 1942 en el corazón de París.
Me preguntaba si por las noches se quedaba despierto pensando en su madre, en su pasado, en la verdad que había permanecido oculta y callada, envuelta en un manto de oscuridad.
El piso de la calle Saintonge estaba casi listo. Bertrand había planeado que Zoë y yo nos mudáramos después de nacer el bebé, en febrero. Estaba quedando muy bonito, diferente. Su equipo había hecho un trabajo espléndido. Ya no tenía la impronta de Mamé, y yo me imaginaba que estaba a años luz del que Sarah había conocido.
Pero mientras paseaba por las habitaciones vacías recién pintadas, la cocina nueva y mi despacho privado, me pregunté si sería capaz de vivir en el mismo lugar en que había muerto el hermanito de Sarah. El armario secreto ya no existía, había desaparecido al convertir dos habitaciones en una, pero eso no cambiaba demasiado las cosas, al menos para mí.
Aquí fue donde ocurrió todo. Me resultaba imposible quitármelo de la cabeza. No le había contado a mi hija la tragedia que había tenido lugar allí, pero ella lo intuía a su manera tan particular y emocional.
Una lluviosa mañana de noviembre fui al apartamento para empezar con las cortinas, el papel pintado y la moqueta. Isabelle me había sido de gran ayuda, y me había acompañado a las distintas tiendas y almacenes. Para alegría de Zoë, me había propuesto romper con los tonos suaves y apagados a los que me había limitado hasta entonces, y me había decidido por tonos nuevos y atrevidos. A Bertrand le era indiferente: «Decididlo Zoë y tú. Al fin y al cabo, va a ser vuestra casa». Zoë había escogido un verde lima y un púrpura claro para su cuarto. Me recordaba tanto al gusto de Charla que no pude evitar una sonrisa.
Una pila de catálogos me esperaba sobre el suelo desnudo y encerado. Estaba examinándolos con atención cuando me sonó el móvil. Reconocí el número: el de la residencia de Mamé. Últimamente, Mamé había estado cansada, algo irascible y a ratos insoportable. Era difícil hacerla sonreír; e incluso a Zoë le costaba mucho conseguirlo. Se había vuelto muy intolerante con todos, y visitarla se había convertido casi en un castigo.
– ¿Mademoiselle Jarmond? Soy Véronique, de la residencia. Me temo que no tengo buenas noticias. Madame Tézac no se encuentra bien. Ha sufrido un derrame cerebral.
Me enderecé, conmocionada.
– ¿Un derrame cerebral?
– Ahora está un poco mejor. El doctor Roche está con ella, pero tiene usted que venir. Hemos contactado con su suegro, pero no conseguimos localizar a su marido.
Colgué el teléfono nerviosa y asustada. Fuera, la lluvia repiqueteaba contra los cristales de las ventanas. ¿Dónde estaba Bertrand? Marqué su número y me saltó el buzón de voz. En su oficina, cerca de La Madeleine, nadie parecía saber dónde se encontraba, ni siquiera Antoine. Le expliqué a éste que yo me encontraba en la calle Saintonge, y le pedí que le dijera a Bertrand que me llamara de inmediato, que era muy urgente.
– Mon Dieu, ¿el bebé? -preguntó tartamudeando.
– No, Antoine, no es el bebé, es la abuela -le contesté, y colgué.
Miré al exterior. Ahora la lluvia caía más fuerte, como una densa cortina gris. Iba a calarme. Qué mala pata, maldije, pero daba igual. Mamé, mi maravillosa y encantadora Mamé. No, Mamé no podía irse ahora, la necesitaba. Era demasiado pronto, aún no estaba preparada. En todo caso, ¿cómo podía prepararme para su muerte? Miré a mi alrededor, por el salón, recordando que fue allí mismo donde la vi por primera vez. Y una vez más sentí sobre mí el peso de todos los acontecimientos que habían tenido lugar en aquella casa y que parecían volver para perseguirme.
Decidí llamar a Cécile y a Laure para asegurarme de que ya lo sabían y se ponían en camino. Laure sonaba formal y lacónica; ya estaba en el coche. Me dijo que nos veríamos en la residencia. A Cécile la encontré más frágil y sentimental, al borde del llanto.
– Oh, Julia, no soporto la idea de que Mamé… Ya sabes… Es terrible…
Le conté que no conseguía localizar a Bertrand. Pareció sorprendida.
– Pero si acabo de hablar con él…
– ¿Le has llamado al móvil?
– No -me respondió, en tono vacilante.
– ¿En la oficina, entonces?
– Va a venir a recogerme en cualquier momento, para llevarme a la residencia.
– Yo no he logrado contactar con él.
– Ah -contestó con cautela-. Ya veo.
Entonces lo comprendí, y empecé a sentir que la ira crecía en mi interior.
– Estaba en casa de Amélie, ¿verdad?
– ¿Amélie? -repitió en tono inexpresivo.
Di una patada en el suelo, impaciente.
– Vamos, Cécile. Sabes perfectamente de quién te estoy hablando.
– Está sonando el timbre, es Bertrand -me dijo casi sin respirar, y colgó.
Me quedé en medio de la habitación vacía, empuñando el teléfono como si fuese una pistola. Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventana. Me apetecía propinarle un puñetazo a Bertrand. Ya no era su interminable historia de amor con Amélie lo que me fastidiaba, era el hecho de que sus hermanas tuvieran el número de esa mujer y supieran dónde localizarle en caso de emergencias como ésta, mientras que yo no. Era el hecho de que, aunque nuestro matrimonio estaba en las últimas, aún no había tenido el coraje de decirme que seguía viendo a esa mujer. Como siempre, yo era la última en enterarse. La clásica esposa engañada de todos los vodeviles.
Me quedé allí un buen rato, sin moverme, sintiendo las pataditas del bebé.
Me pregunté si acaso Bertrand seguía importándome, y por eso aún me dolía su engaño. ¿O era tan sólo una cuestión de orgullo herido? Amélie y su glamour parisino, su perfección, su atrevido y moderno apartamento con vistas al Trocadero, sus hijos tan bien educados («Bonjour madame») y aquel intenso perfume que se pegaba al pelo y la ropa de Bertrand. Si la quería a ella y a mí había dejado de amarme, ¿por qué tenía miedo a decírmelo? ¿Temía hacerme daño, hacer daño a Zoë? ¿Qué era lo que tanto le asustaba? ¿Cuándo iba a darse cuenta de que no era su infidelidad lo que peor llevaba yo, sino su cobardía?