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Bertrand empezó a hablar de matrimonio enseguida. Nunca se me habría ocurrido tan pronto; yo estaba satisfecha con ser su novia una temporada. Pero él insistió, y fue tan encantador y tan apasionado que al final accedí a casarme con él. Creo que pensaba que yo iba a ser la esposa y madre perfecta. Era inteligente, culta, tenía un alto nivel de estudios (Summa Cum Laude por la Universidad de Boston), y era muy educada («para ser americana»; casi le leía el pensamiento). Además estaba sana y era fuerte. No fumaba, no tomaba drogas, apenas bebía y creía en Dios. Y así, de vuelta en París conocí a la familia Tézac. Qué nerviosa estaba el primer día. Recuerdo el impecable apartamento clásico en la calle de l'Université. Los ojos de Edouard, azules y fríos, y su sonrisa mordaz. Colette, con su cuidado maquillaje y su ropa perfecta, que intentaba ser amable sirviéndome el café y el azúcar con aquellos dedos elegantes y, por supuesto, con manicura. Y las dos hermanas, claro. Una era rubia y pálida y de líneas angulosas: Laure. La otra rolliza, de pelo castaño y mejillas rubicundas: Cécile. También estaba Thierry, el novio de Laure, que apenas me dirigió la palabra. Las dos hermanas me miraban con aparente interés, perplejas por el hecho de que el Casanova de su hermano hubiese elegido a una americana tan poco sofisticada cuando tenía le tout-Paris rendido a sus pies.

Sabía que Bertrand, al igual que su familia, esperaba que yo tuviera enseguida tres o cuatro niños. Pero inmediatamente después de la boda surgieron problemas, complicaciones interminables que no habíamos esperado. Tuve una serie de abortos precoces que me dejaron destrozada.

Conseguí tener a Zoë tras seis años muy difíciles. Durante mucho tiempo, Bertrand esperó un segundo hijo. Y yo también, pero el caso es que nunca volvimos a hablar de ello.

Y entonces apareció Amélie.

Pero lo cierto es que esta noche no quería pensar en Amélie. Ya le había dado demasiadas vueltas a eso en el pasado.

El agua de la bañera se estaba enfriando, así que salí, tiritando. Bertrand seguía viendo la tele. Normalmente, yo volvía a su lado, y él me abría los brazos, me besaba y me mimaba, y yo le decía que había sido muy grosero, pero se lo decía con voz de niña pequeña y haciendo pucheros. Y después nos besábamos, él me llevaba al dormitorio y me hacía el amor.

Pero aquella noche no volví a él, sino que me metí en la cama a leer algo más sobre los niños del Vel' d'Hiv'.

Y lo último que vi antes de apagar la luz fue el rostro de Guillaume mientras nos hablaba de su abuela.

Cuánto tiempo llevaban allí? La chica ya no lo recordaba. Se sentía insensible, entumecida. Los días se confundían con las noches. En un momento dado se mareó, vomitó bilis y gimió de dolor. Sintió la mano de su padre, reconfortante. Lo único en lo que pensaba era en su hermano. No se lo podía sacar de la cabeza. Tomaba la llave del bolsillo y la besaba con fervor, como si estuviera besando sus rollizas mejillas o sus ricitos.

En los últimos días habían muerto unas cuantas personas, y la muchacha había sido testigo de todo. Vio hombres y mujeres a los que aquel calor sofocante y hediondo volvía locos, y a los que reducían a golpes y ataban a la fuerza en camillas. Vio infartos, suicidios, fiebres galopantes, y contempló cómo se llevaban los cuerpos. Nunca había presenciado semejante horror. Su madre se había convertido en un animalillo dócil que apenas hablaba, sólo lloraba en silencio y rezaba.

Una mañana los altavoces empezaron a ladrar órdenes secas. Tenían que recoger sus pertenencias y reunirse cerca de la entrada, en silencio. La muchacha se levantó mareada, a punto de desfallecer. Tenía las piernas tan débiles que apenas la sostenían, pero aun así ayudó a su padre a tirar de su madre para que se levantara. Recogieron sus bolsas. La multitud se encaminó hacia la puerta lentamente, arrastrando los pies. Ella advirtió que todos se movían despacio, con fatiga. Incluso los niños caminaban con dificultad, como ancianos, encorvados y con la cabeza gacha. Se preguntó adónde irían. Pensó en preguntárselo a su padre, pero su rostro macilento e inexpresivo le hizo pensar que no conseguiría respuesta alguna. ¿Se iban a casa de una vez? ¿Había llegado el fin? ¿Podía volver a casa a liberar a su hermano?

Caminaron por la estrecha calle, mientras los policías los guiaban con sus órdenes. La chica vio a gente desconocida que los observaba desde las ventanas, desde los balcones, desde las puertas, desde las aceras. La mayoría mostraba un gesto vacío, impasible. Sólo miraban, sin decir una sola palabra. No les importa, pensó la joven. Les da igual lo que nos vayan a hacer o adónde nos lleven. Un hombre los señaló con el dedo, riéndose. Llevaba a un niño agarrado de la mano, que también se reía. ¿Por qué?, se preguntaba, ¿por qué? ¿Resultamos graciosos con estos harapos apestosos? ¿De eso se ríen? ¿Qué es tan divertido? ¿Cómo pueden reírse, cómo pueden ser tan crueles? Le dieron ganas de insultarles y escupirles.

Una mujer de mediana edad cruzó la calle a toda prisa y le puso algo en la mano. Era un panecillo tierno. La policía la ahuyentó a gritos, tan rápido que la joven apenas tuvo tiempo de ver cómo volvía al otro lado de la calle.

La mujer le había dicho: «Pobre criatura. Que Dios se apiade de ti». ¿Qué hacía Dios?, pensó la muchacha con desánimo. ¿Acaso los había abandonado, o los estaba castigando por algo que ella ignoraba? Sus padres no eran muy devotos, aunque sabía que creían en Dios. No la habían criado según la religión tradicional, al contrario que a Armelle, cuyos padres respetaban todos los ritos. La chica se preguntaba si aquello no sería un castigo divino por no practicar su religión como era debido.

Le ofreció el pan a su padre, pero él le dijo que se lo comiera ella. Lo devoró tan deprisa que casi se atragantó.

Los mismos autobuses urbanos que los habían traído los llevaron a una estación de tren cercana al río. La chica no sabía qué estación era, pues nunca había estado allí. Apenas había salido de París en sus diez años de vida. Cuando vio el tren la invadió el pánico. No, no podía irse, tenía que quedarse por su hermano, le había prometido que volvería a rescatarlo. Tiró de la manga a su padre y le susurró el nombre de su hermano. Su padre se quedó mirándola.

– No podemos hacer nada -admitió impotente, definitivo-. Nada.

Pensó en aquel chico astuto que había escapado, el que había conseguido huir, y la ira se apoderó de ella. ¿Por qué su padre se mostraba tan débil, tan cobarde? ¿Es que no le importaba su hijo pequeño? ¿Le daba igual lo que le pudiera pasar? ¿Por qué no tenía el coraje de huir? ¿Cómo podía estar allí, dejando que lo metieran en un tren igual que una oveja? ¿Cómo podía quedarse allí en vez de salir corriendo hacia el apartamento, hacia su hijo y hacia la libertad? ¿Por qué no le quitaba la llave y echaba a correr?

Su padre la miró, y la muchacha supo que le había leído el pensamiento. Él le dijo en tono muy calmado que corrían un gran peligro. Ignoraba adónde los llevaban y qué iba a sucederles. Pero sí sabía que, si intentaba escapar, le matarían. Le dispararían en el acto, delante de ella y de su madre. Y si eso ocurría, sería el fin: la chica y su madre se quedarían solas. Tenía que quedarse con ellas para protegerlas.

La chica escuchaba. Su padre nunca había utilizado aquel tono de voz con ella. Era el mismo tono que había captado en aquellas inquietantes conversaciones secretas. La joven trató de comprender e intentó que la angustia que sentía no se reflejara en su cara. Pero su hermano… Era ella quien le había dicho que se quedara en el armario. Toda la culpa era suya. El niño podría haber estado ahora con ellos, agarrado de su mano, de no haber sido por su error.

Empezó a llorar, con unas lágrimas ardientes que le quemaban los ojos y las mejillas.

– ¡No lo sabía! -sollozó-. Papá, no lo sabía. Creía que íbamos a volver y pensé que allí estaría a salvo.

Después miró a su padre, y le brotó una voz llena de furia y dolor mientras le golpeaba con sus pequeños puños en el pecho.

– Nunca me lo dijiste, papá. Nunca me lo explicaste, nunca me contaste cuál era el peligro, ¡nunca! ¿Por qué? Pensaste que era demasiado pequeña para entenderlo, ¿verdad? ¿Querías protegerme? ¿Era eso lo que intentabas?

Al ver el gesto de su padre, no pudo seguir mirándolo. Había en él tanta desesperación, tanta tristeza… Después, las lágrimas borraron la imagen de su rostro. La chiquilla lloró escondiendo la cara entre las manos, sola. Su padre no la tocó. En esos instantes terroríficos y solitarios, la chica comprendió. Había dejado de ser una niña feliz de diez años; era alguien mucho mayor. Nada volvería a ser como antes ni para ella ni para su familia. Ni para su hermano.

La chica explotó, una última vez, y tiró a su padre del brazo con una violencia desconocida hasta ese momento.

– ¡Va a morir! ¡Se morirá!

– Todos estamos en peligro -respondió el padre-. Tú y yo, tu madre, tu hermano, Eva y sus hijos, y toda esta gente. Todos los que nos encontramos aquí. Pero yo estoy aquí contigo, y también estamos con tu hermano. Lo tenemos en nuestras plegarias y en nuestros corazones.

Antes de que la joven pudiese responder, los empujaron al interior del tren, un tren que no tenía asientos, sólo vagones desnudos. Era un transporte de ganado cubierto, que olía a excrementos rancios. Ella se asomó a la estación gris y polvorienta desde las puertas.

En un andén cercano, una familia esperaba otro tren. Padre, madre y dos hijos. La madre era guapa; llevaba el pelo recogido en un moño muy elegante. Seguramente se marchaban de vacaciones. Había una niña que tenía su misma edad. Llevaba un bonito vestido color lila, tenía el pelo lavado y sus zapatos relucían.

Las dos niñas se quedaron mirándose la una a la otra. También la miró la madre, bella y bien peinada. La muchacha del tren sabía que tenía la cara negra de churretes y el pelo grasiento, pero en vez de agachar la cabeza, avergonzada, se mantuvo firme, con la cabeza bien alta, y se enjugó las lágrimas.

Cuando cerraron las puertas, y el tren arrancó con una sacudida y sus ruedas rechinaron sobre la vía, la chica se asomó por una pequeña ranura en el metal. No dejó de mirar en ningún momento a la niña, y se quedó mirándola hasta que la pequeña figura del vestido lila desapareció por completo.

Nunca le profesé demasiado cariño al distrito XV.

Quizá fuera por la monstruosa oleada de edificios altos y modernos que desfiguraban las orillas del Sena, justo al lado de la Torre Eiffel, y a los que nunca logré acostumbrarme, a pesar de que los habían construido a principios de los setenta, mucho antes de mi llegada a París, pero cuando llegué con Bamber a la calle Nélaton, donde en tiempos estuvo el Vélodrome d'Hiver, pensé que aquella zona de París me gustaba aún menos.

– Qué calle tan fea -murmuró Bamber, y después tomó un par de fotografías.

La calle Nélaton era oscura y silenciosa. Saltaba a la vista que allí no daba mucho el sol. A un lado se levantaban edificios burgueses de piedra construidos a finales del siglo XIX; al otro, en el antiguo emplazamiento del Vélodrome d'Hiver, había una construcción pardusca, típica de principios de los sesenta, tan espantosa por su color como por sus proporciones. Sobre las puertas giratorias de cristal, un cartel rezaba: «Ministère de l'Intérieur».