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Ese martes, Per-Åke Sandström permaneció en un estado que podría describirse como de apatía. Había pasado la noche en el sofá del salón, incapaz de irse a la cama e incapaz de controlar los súbitos ataques de llanto que le asaltaron a intervalos regulares. Por la mañana bajó al Systembolaget de Solna Centrum, compró una botella mediana de aguardiente Skåne, y luego regresó a su sofá, donde consumió más o menos la mitad del contenido.
Hasta la noche no llegó a tomar conciencia de su estado. Fue entonces cuando se puso a pensar qué hacer. Ojalá no hubiese oído hablar nunca de los hermanos Atho y Harry Ranta ni de sus putas. No le entraba en la cabeza cómo podía haber sido tan idiota para dejarse engañar e ir al piso de Norsborg, donde Atho amarró a Ines Hammujärvi -de diecisiete años y bajo los efectos de las drogas- con las piernas separadas y lo desafió a ver quién tenía más cojones. Se turnaron y él ganó la apuesta. A lo largo de la noche, consiguió llevar a cabo hazañas sexuales de todo tipo.
En un momento dado, Ines Hammujärvi volvió en sí y empezó a protestar. Entonces, Atho se pasó media hora dándole una paliza y obligándola a beber hasta que la apaciguó a su gusto. Después, Atho invitó a Per-Åke a continuar con su actividad.
«Maldita puta.»
Joder, qué idiota fue.
No podía esperar clemencia por parte de Mille
Esa loca de Salander le daba un miedo atroz. Por no hablar del monstruo rubio. No podía acudir a la policía.
No podía arreglárselas solo. Creer que los problemas iban a desaparecer por sí mismos era una ilusión.
Sólo le quedaba una alternativa de la que poder esperar una pizca de simpatía y, posiblemente, algún tipo de solución. Se dio cuenta de que suponía agarrarse a un clavo ardiendo.
Pero era su única alternativa.
Por la tarde, se armó de valor y llamó al móvil de Harry Ranta. No obtuvo respuesta. Siguió intentándolo hasta que, a las diez de la noche, se rindió. Después de haber reflexionado un buen rato sobre el tema -y haberse envalentonado con el resto del aguardiente-, llamó a Atho Ranta. Se puso Silvia, su novia. Le dijo que los hermanos Ranta estaban en Tallin de vacaciones. No, Silvia no sabía cómo contactar con ellos. No, tampoco tenía idea de cuándo pensaban regresar. Se quedarían en Estonia un tiempo indefinido.
Silvia dio la impresión de alegrarse.
Per-Åke Sandström se dejó caer en el sofá del salón. No sabía muy bien si se sentía abatido o aliviado por el hecho de que Atho Ranta no se hallara en casa y de que, por consiguiente, no tuviera que explicárselo todo. Sin embargo, el mensaje que se leía entre líneas había quedado clarísimo; los hermanos Ranta, por las razones que fueran, habían llamado la atención y habían decidido tomarse unas vacaciones indefinidas. Algo que no contribuyó a calmar a Per-Åke Sandström.