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Necesitaba dinero. Tenía tres tarjetas de crédito. Una de ellas estaba a nombre de Lisbeth Salander, así que era inutilizable. En otra figuraba como titular Irene Nesser, pero Lisbeth evitaba usarla puesto que entonces no le quedaría más remedio que identificarse con el pasaporte de la susodicha, lo que conllevaba su riesgo. La tercera había sido emitida a nombre de Wasp Enterprises y estaba asociada a una cuenta con más de diez millones de coronas en la que se podían realizar operaciones a través de Internet. Cualquier persona podría usar la tarjeta pero, por supuesto, debería identificarse.
Entró en la cocina, abrió un bote de galletas y sacó un fajo de billetes. Tenía novecientas cincuenta coronas, muy poca cosa. Por fortuna, también le quedaban mil ochocientos dólares norteamericanos que habían estado tirados por allí desde que volviera a Suecia; se podían cambiar de forma anónima en cualquier oficina de Forex. Eso mejoraba la situación.
Se colocó la peluca de Irene Nesser y se vistió acorde al personaje. Preparó una muda y una caja con maquillaje de teatro que metió en una mochila. Acto seguido, inició la segunda expedición desde Mosebacke. Fue a pie hasta Folkungagatan y continuó hasta Erstagatan, donde entró en Watski poco antes de la hora de cierre. Compró cinta aislante, una polea y ocho metros de maroma de algodón.
Regresó en el 66. En Medborgarplatsen vio a una mujer en la parada del autobús. Al principio no la reconoció, pero en algún lugar de su cabeza se activó una alarma y cuando volvió a mirar identificó a Irene Flemström, empleada del Departamento de Contabilidad de Milton Security. Lucía un corte de pelo distinto y más moderno. Lisbeth se escabulló discretamente mientras Flemström subía. Puso especial cuidado, recorrió una y otra vez los alrededores con la mirada buscando caras que pudieran resultarle conocidas. Pasó por el arco de Bofill y caminó hasta Södra Station, donde cogió el tren de cercanías con dirección al norte.
La inspectora Sonja Modig estrechó la mano de Erika Berger, quien de inmediato le ofreció café. Se dirigieron a la pequeña cocina, donde Sonja reparó en que no había dos tazas iguales; todas tenían publicidad de distintos partidos políticos, organizaciones sindicales y empresas.
– Proceden de diversas noches electorales y de varias entrevistas -explicó Erika Berger, ofreciéndole una que tenía el logotipo de la asociación de jóvenes liberales.
Sonja Modig pasó tres horas en la mesa de trabajo de Dag Svensson. La ayudó la secretaria de redacción, Malin Eriksson; en parte, para explicarle de qué iban el libro y el artículo de Dag y en parte, para ayudarla a navegar por el material de investigación. Sonja Modig se quedó asombrada ante la avalancha de documentación. El hecho de que el ordenador de Dag Svensson hubiera desaparecido y de que, de ese modo, su trabajo pareciera inaccesible, había frustrado una vía de la investigación policial. En realidad, las copias de seguridad de casi todo ese material siempre se hallaron en las oficinas de Mille
Mikael Blomkvist no estaba en la redacción pero Erika Berger le proporcionó a Sonja Modig una relación del material que Mikael había retirado de la mesa de Dag Svensson; no eran más que notas referidas a la identidad de las fuentes. Al final, Modig llamó a Bublanski y le explicó la situación. Por razones inherentes a la investigación decidieron requisar todo lo que había en la mesa de Dag Svensson, incluido el ordenador de Mille
El lunes por la noche, Mikael sentía una frustración insondable. Desde la semana anterior, había despachado diez de los nombres que Dag Svensson pretendía denunciar. En todos los casos, se encontró con hombres preocupados, indignados y en estado de shock. Constató que los ingresos medios de esos individuos rondaban las cuatrocientas mil coronas al año. Era un patético grupo de hombres asustados.
Sin embargo, en ningún momento le dio la impresión de que tuvieran algo que ocultar en relación con los asesinatos de Dag Svensson y Mia Bergman. Todo lo contrario, varios de ellos parecían pensar que a partir de ese instante su situación no haría más que empeorar pues, en la caza de brujas que imaginaban que iba a desatar la prensa, sus nombres aparecerían asociados a los crímenes.
Mikael abrió su iBook y comprobó si había recibido algún mensaje de Lisbeth. No. En su anterior escrito, había dicho que los puteros carecían de interés y que eran una pérdida de tiempo. La maldijo con una retahila que Erika Berger habría calificado de sexista, pero también de i
Lo primero que hizo Lisbeth Salander fue inspeccionar la escalera; después, al anochecer, dio dos discretas vueltas por los inmuebles vecinos. Eran unos edificios de apartamentos de tres alturas, en los cuales -sospechaba- se oiría mucho cualquier ruido. No resultaban nada oportunos para sus intenciones. El periodista Per-Åke Sandström vivía en un apartamento de una de las esquinas de la tercera planta, la más alta. La escalera continuaba hasta una puerta que conducía a un trastero. Le podía servir.
El problema residía, naturalmente, en que todas las ventanas del apartamento estaban a oscuras, lo que daba a entender que el propietario no estaba en casa.
Paseó unas cuantas manzanas hasta una pizzería, donde pidió una hawaiana y se sentó en un rincón a leer los periódicos vespertinos. Poco antes de las nueve pilló un caffè latte en Pressbyrån y regresó al edifìcio. El apartamento seguía a oscuras. Entró en la escalera y se sentó en el rellano del trastero, desde donde veía la puerta de la vivienda de Per-Åke Sandström un piso más abajo. Mientras esperaba se tomó el café.
El inspector Hans Faste logró, por fin, localizar a Cilla Norén -veintiocho años y líder de la banda satánica Evil Fingers- en el estudio de Recent Trash Records, ubicado en una nave industrial de Älvsjö. Supuso todo un choque cultural de más o menos las mismas proporciones que el primer encuentro entre los portugueses y los indios caribeños.
Tras varios intentos fallidos en la casa de los padres de Cilla Norén, Faste consiguió, con la ayuda de la hermana, averiguar que estaba en el estudio donde, según la información recibida, «colaboraba» en la producción de un Cd de la banda Cold Wax de Borlänge. Faste no había oído hablar del grupo, pero tuvo oportunidad de comprobar que estaba compuesto por unos chavales que rondaban los veinte años. Nada más entrar en el pasillo que daba al estudio, le recibió un espantoso estruendo que le cortó la respiración. Observó a Cold Wax a través de un cristal y aguardó hasta que se abrió un hueco en la cortina de ruido.
Cilla Norén tenía el pelo largo, de color azabache con mechas rojas y verdes, y usaba maquillaje negro. Estaba algo entrada en carnes, pero llevaba un jersey corto que dejaba su barriga al descubierto con un pirsin en el ombligo. Lucía un cinturón de remaches a la altura de la cadera. Parecía un personaje recién salido de una película francesa de terror.
Faste enseñó su placa y pidió hablar con ella. Cilla estaba masticando chicle mientras lo observaba escépticamente. Al final señaló una puerta y lo condujo a un cuartito que había para tomar café, donde Faste estuvo apunto de tropezar con una bolsa de basura que alguien había dejado justo al lado de la entrada. Cilla Norén llenó de agua una botella de plástico, se bebió más o menos la mitad, se sentó a una mesa y encendió un cigarrillo. Fijó sus ojos azul claro en Hans Faste. De pronto, Faste no supo por dónde empezar.
– ¿Qué es Recent Trash Records?
Cilla parecía aburrida.
– Es una discogràfica que produce a nuevos grupos jóvenes.
– ¿Cuál es tu papel aquí?
– Soy técnica de sonido.
Faste se quedó mirándola.
– ¿Tienes formación para eso?
– No. Lo he aprendido por mi cuenta.
– ¿Da para ganarse la vida?
– ¿Por qué lo preguntas?
– Por nada, simple curiosidad. Supongo que has leído lo de Lisbeth Salander.
Asintió con la cabeza.
– Nos han informado de que tú la conoces. ¿Es cierto?
– Tal vez.
– ¿Es cierto o no?
– Depende de lo que estés buscando.
– Estoy siguiendo la pista de una loca, que además es una triple asesina. Quiero información sobre Lisbeth Salander.
– No sé nada de ella desde el año pasado.
– ¿Cuándo la viste por última vez?
– Durante el otoño de hace dos años. En el Kvarnen. Solía ir por allí, pero luego desapareció.
– ¿Has intentado contactar con ella?
– La he llamado al móvil varias veces. El número ya no existe.
– ¿Y no sabes dónde localizarla?
– No.
– ¿Qué es Evil Fingers?
Cilla Norén parecía entretenida.
– ¿No lees los periódicos? -¿Por qué?
– Porque dicen que somos un grupo de satánicas.
– ¿Y es así?
– ¿Tengo yo pinta de satánica?
– ¿Qué aspecto tiene una satánica?
– Bueno, no sé quién es más tonto, ¿los periódicos o la policía?
– Escúchame bien, señorita. Te he hecho una pregunta seria.
– ¿Si somos satánicas?
– Contéstame a la pregunta y déjate ya de tonterías.
– ¿Y cuál era la pregunta?
Hans Faste cerró los ojos un instante y recordó la visita que le hizo a la policía durante sus vacaciones en Grecia unos cuantos años atrás. Las autoridades griegas, a pesar de todos sus problemas, tenían una gran ventaja en comparación con las suecas. Si Cilla Norén se hubiese hallado en Grecia y hubiera mostrado la misma actitud, él la habría esposado y la habría golpeado tres veces con la porra. La miró.
– ¿Lisbeth Salander formaba parte de Evil Fingers?
– No lo creo.
– ¿Qué quieres decir?
– Probablemente Lisbeth sea la persona con menos oído para la música que he visto en toda mi vida.
– ¿No tiene oído?
– Sabe diferenciar una trompeta de una batería, pero su talento musical no va más allá.
– Te he preguntado si formaba parte del grupo Evil Fingers.
– Y yo acabo de contestarte. ¿Qué coño crees que era Evil Fingers?
– Cuéntamelo tú.
– O sea, que llevas una investigación policial leyendo los estúpidos artículos de la prensa.
– Contesta a la pregunta.
– Evil Fingers era un grupo de rock. Éramos una pandilla de chicas a las que les gustaba el rock duro y que tocaban para divertirse. Nos promocionamos con pentagramas y con un poco de sympathy for the Devil. Luego, todas dejamos la banda. Yo soy la única que sigue vinculada a la música.
– ¿Y Lisbeth Salander no estaba en el grupo?
– Ya te lo he dicho.
– Entonces ¿por qué afirman nuestras fuentes que Salander sí formaba parte?
– Porque tus fuentes son igual de tontas que los periódicos.
– Explícate.