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Capítulo 22 Martes, 29 de marzo – Domingo, 3 de abril
El martes por la mañana, Lisbeth Salander accedió al registro de la Policía Criminal nacional y buscó a Alexander Zalachenko. No aparecía por ninguna parte, algo que no le sorprendió ya que, por lo que sabía, no tenía antecedentes penales en Suecia y ni siquiera figuraba en el padrón.
Para entrar en el registro se sirvió de la identidad del comisario Douglas Skiöld, de cincuenta y cinco años, adscrito al distrito policial de Malmö. Se sobresaltó cuando, de pronto, su ordenador hizo clin y un icono del menú empezó a parpadear; alguien deseaba chatear a través del programa ICQ.
Dudó un instante. Su primer impulso fue tirar del cable y desconectarse. Luego, lo pensó mejor. Skiöld no disponía de ICQ en su ordenador. Pocas personas mayores lo instalaban, ya que se trataba de un programa que, en general, utilizaba la gente joven y los usuarios experimentados que querían chatear.
Lo cual significaba que alguien la estaba buscando a ella. Y por tanto no había muchas alternativas. Abrió el ICQ y escribió las palabras:
– ¿Qué quieres, Plague?
– WASP, es difícil dar contigo. ¿Nunca miras tu correo?
– ¿Cómo lo has hecho?
– Skiöld. Tengo la misma lista. Suponía que estarías usando alguna de las identidades con más autorizaciones.
– ¿Qué quieres?
– ¿Quién es ese Zalachenko al que andas buscando?
– MYOB.
– ¿…?
– Mind Your Own Business.
– ¿Qué está pasando?
– Fuck O, Plague.
– Y yo que pensaba que el discapacitado social era yo, como tú siempre dices. Si nos fiamos de la prensa, en comparación contigo, soy la normalidad personificada.
– «I»
– Otro dedo para ti. ¿Necesitas ayuda?
Lisbeth dudó un momento. Primero Blomkvist y ahora Plague. No había quien parara el aluvión de gente que acudía en su auxilio. Plague era un ermitaño de ciento sesenta kilos que se comunicaba con el mundo exterior, a través de Internet y que hacía que, a su lado, Lisbeth Salander pareciera un dechado de competencia social. Como Lisbeth no contestaba, Plague escribió una línea más.
– ¿Todavía ahí? ¿Necesitas ayuda para salir del país?
– No.
– ¿Por qué disparaste?
– Piss off.
– ¿Piensas matar a más gente? Y en tal caso, ¿debo preocuparme? Seguramente sea la única persona capaz de seguirte el rastro.
– Ocúpate de tus asuntos; no tienes de qué preocuparte.
– No me preocupo. Búscame en hotmail si necesitas algo. ¿Armas? ¿Pasaporte nuevo?
– Eres un sociópata.
– Mira quién habla.
Lisbeth desconectó el programa ICQ, se sentó en el sofá y se puso a pensar. Al cabo de diez minutos volvió a conectarse y le envió un mail a su dirección de hotmail.
El fiscal Ekström, el instructor del sumario, vive en Täby. Está casado, tiene dos niños y dispone de banda ancha en su chalé. Necesitaría el access de su portátil o, si no es posible, de su ordenador de casa. Necesito leerle en tiempo real. Hostile takeover con un disco duro espejo.
Lisbeth sabía que Plague raramente abandonaba su casa de Sundbyberg, así que alimentò la esperanza de que hubiese adiestrado a algún acneico adolescente que pudiera hacer el trabajo de campo. No firmó el mail; resultaba superfluo. Quince minutos más tarde, el ICQ volvió a hacer clin.
– ¿Cuánto pagas?
– 10.000 + gastos para ti y 5.000 para tu ayudante.
– Tendrás noticias mías.
El jueves por la mañana, Lisbeth recibió un correo de Plague. Era una dirección ftp. Lisbeth se quedó perpleja. No esperaba ningún resultado hasta dentro de, al menos, dos semanas. Realizar un hostile takeover, incluso con el programa de Plague y su hardware diseñado a medida, era un proceso laborioso que requería introducir, sin ser detectado, en un ordenador, kilobyte a kilobyte, pequeños fragmentos de información hasta crear un sencillo programa. La rapidez de la operación dependía de la frecuencia con la que Ekström usara su ordenador; luego, eran necesarios unos cuantos días más para transmitir toda esa información hasta un disco duro espejo. Cuarenta y ocho horas no sólo resultaba excepcional, sino teóricamente imposible. Lisbeth estaba impresionada. Activó su ICQ.
– ¿Cómo lo has hecho?
– Cuatro personas de la casa tienen ordenador. No te lo vas a creer: no tienen cortafuegos. Seguridad cero. No tuve más que engancharme al cable y cargar. Los gastos ascienden a seis mil coronas. ¿Te lo puedes permitir?
– Por supuesto. Más una bonificación por un trabajo rápido.
Tras vacilar un instante realizó, vía Internet, una transferencia de treinta mil coronas a la cuenta de Plague; no quería malacostumbrarlo con sumas exorbitantes. Luego se acomodó en su silla de Ikea modelo Verksam y accedió al portátil del instructor del sumario, el fiscal Ekström.
Una hora después ya había leído todos los informes que el inspector Jan Bublanski le había enviado. Según el reglamento, ese tipo de información no debía salir de la jefatura de policía, pero Lisbeth sospechaba que Ekström, sencillamente, pasaba de las normas, se llevaba el trabajo a casa y se conectaba a Internet sin ningún cortafuegos.
Una vez más, eso demostraba su tesis de que no hay mejor grieta en un sistema de seguridad que el más tonto de los colaboradores. Gracias al ordenador de Ekström obtuvo información esencial.
Lo primero que descubrió fue que Dragan Armanskij había destinado a dos colaboradores, gratis, para que se unieran al equipo de Bublanski, cosa que, en la práctica, significaba que Milton Security financiaba la caza policial. Su misión consistía en contribuir, de todas las maneras posibles, a la detención de Lisbeth Salander. «Muchas gracias, Armanskij, todo un detalle. Lo tendré en cuenta.» Su rostro se ensombreció cuando descubrió quiénes habían sido los elegidos. Bohman le parecía un tipo bastante soso pero, en general, correcto con ella. En cambio, Nicklas Eriksson era un don nadie corrupto que se había aprovechado de su posición en Milton Security para engañar a uno de los clientes de la empresa.
Lisbeth Salander poseía una moral selectiva. Engañar a los clientes de la empresa, siempre con la condición de que se lo tuvieran bien merecido, no le resultaba nada ajeno, pero jamás lo haría tras haber aceptado un trabajo que implicara mantener el secreto profesional.
Lisbeth también descubrió que la persona que filtraba información a la prensa era el mismísimo instructor del sumario, Ekström. Quedaba al descubierto en un correo electrónico en el que contestaba tanto a preguntas sobre el informe psiquiátrico de Lisbeth como a las de la relación de Lisbeth con Miriam Wu.
La tercera pieza de información relevante fue la constatación de que el equipo de Bublanski no tenía ni la más mínima pista para buscar a Lisbeth Salander. Leyó con interés un informe que desglosaba las medidas adoptadas y los sitios que se hallaban bajo vigilancia temporal. Una lista breve. Por supuesto, Lundagatan, pero también el domicilio de Mikael Blomkvist y la antigua dirección de Miriam Wu en Sankt Eriksplan, así como el Kvarnen, donde había sido vista en alguna ocasión. «Joder, ¿por qué daría aquel espectáculo con Mimmi? ¡Qué ocurrencia más idiota!»
El viernes, los investigadores de Ekström también encontraron la pista que los llevó hasta las Evil Fingers. Supuso que eso significaría que controlarían unas cuantas direcciones más. Arrugó el entrecejo; ya podía dar por perdidas a las chicas del grupo, si bien era verdad que no había tenido ningún contacto con ellas desde que regresara a Suecia.
Cuanto más pensaba en el tema, más desconcertada estaba. El fiscal Ekström había filtrado a la prensa todo tipo de mierda sobre ella. A Lisbeth no le costó nada entender su objetivo: darse publicidad y preparar el terreno para el día en el que dictara auto de procesamiento contra ella. Pero ¿por qué no había filtrado el informe de la investigación policial de 1991? El motivo de su inmediato ingreso en Sankt Stefan. ¿Por qué ocultaba aquella historia?
Entró en el ordenador de Ekström y se pasó una hora examinando sus documentos. Al acabar encendió un cigarrillo. No encontró ni una sola referencia a los acontecimientos de 1991. Eso la llevó a una extraña conclusión. Él no estaba al tanto de aquella investigación.
Por un momento, Lisbeth no supo qué hacer. Acto seguido miró, de reojo, su PowerBook. Había dado con algo a lo que el Kalle Blomkvist de los Cojones pudiera hincarle el diente. Reinició el ordenador, entró en su disco duro y creó el documento «MB2».
El fiscal E filtra información a los medios de comunicación. Pregúntale por qué no ha filtrado el viejo informe policial.
Eso debería bastar para ponerlo en marcha. Esperó pacientemente durante dos horas hasta que Mikael se conectó. Mikael abrió su correo electrónico, pero tardó quince minutos en descubrir el documento de Lisbeth y cinco más en responder con el documento «Críptico». No mordió el anzuelo. En su lugar le dio la lata con que quería saber quién había asesinado a sus amigos. Era un argumento que Lisbeth podía entender. Se ablandó un poco y contestó con «Críptico 2»:
¿Qué harías si fuera yo?
Lo cual, de hecho, tenía la intención de ser una pregunta personal. Respondió con «Críptico 3». La dejó perpleja.
Lisbeth:
Si es que te has vuelto loca de atar, probablemente sólo Peter Teleborian pueda ayudarte. Pero no creo que tú hayas matado a Dag y a Mia. Espero llevar razón. Rezo por ello.
Dag y Mia pensaban denunciar el comercio sexual. Mi hipótesis es que eso, de alguna manera, motivó los asesinatos. Pero no tengo nada en lo que apoyarme.
No sé qué salió mal entre nosotros pero en una ocasión tú y yo hablamos de la amistad. Yo te dije que la amistad se basa en dos cosas: el respeto y la confianza. Aunque ya no me quieras, puedes seguir depositando tu confianza en mí. Nunca he revelado tus secretos. Ni siquiera lo que pasó con el dinero de We
M.
Al principio, su referencia a Peter Teleborian la enfureció. Luego se dio cuenta de que Mikael no pretendía fastidiar. No tenía ni idea de quién era Peter Teleborian; probablemente no lo hubiera visto más que por la tele, donde aparecía como un experto respetado internacionalmente en psiquiatría infantil.
Pero lo que realmente la dejó perpleja fue la referencia al dinero de We
Volvió a leer la carta varias veces.
La referencia a la amistad la incomodó. No sabía qué contestar.
Al final creó «Críptico 4».
Me lo pensaré.
Se desconectó y se sentó en el alféizar de la ventana.
Hasta el viernes por la noche, alrededor de las once, nueve días después de los asesinatos, Lisbeth Salander no abandonó su piso de Mosebacke. Para entonces, sus provisiones de Billys Pan Pizza y otros productos alimenticios, al igual que la última miga de pan y el último trocito de queso, hacía tiempo que se habían agotado. Hacía tres días que se alimentaba exclusivamente de copos de avena que compró por impulso una vez que se le ocurrió comer más sano. Descubrió que un decilitro de avena acompañado de unas cuantas pasas y de dos decilitros de agua, se convertía, tras un minuto de microondas, en unas gachas perfectamente comestibles.