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Capítulo 21 Jueves de Pascua, 24 de marzo – Lunes, 4 de abril
Lisbeth Salander pasó la primera semana de su persecución policial alejada de todo. Se encontraba tranquilamente en su piso de Fiskargatan, en Mosebacke. Había apagado el móvil y le había sacado la tarjeta SIM; no tenía intención de volver a usarlo. Estupefacta, con los ojos cada vez más abiertos, siguió los titulares de las ediciones digitales de los periódicos y los informativos de televisión.
Irritada, vio cómo su foto de pasaporte, tras ser colgada en Internet, pasó a cubrir todas las portadas de los diarios y las cabeceras de las noticias. Tenía un aspecto horrible.
A pesar de su gran empeño por permanecer en el anonimato durante todos esos años, se había convertido en una de las personas más tristemente célebres del país y que más atención acaparaba por parte de la prensa. Con moderado asombro, comprendió que una orden de busca y captura de una chica de baja estatura sospechosa de un triple asesinato constituía una de las noticias más impactantes del año, más o menos al nivel de la de los crímenes de la secta de Knutby. Pensativa, con las cejas arqueadas, siguió los comentarios y las explicaciones de los medios, y descubrió fascinada que los documentos clasificados como secretos sobre sus deficiencias mentales parecían resultar de acceso libre para cualquier redacción. Un titular le despertó viejos recuerdos enterrados.
DETENIDA POR AGRESIÓN EN EL METRO
Un reportero judicial de la agencia TT le había ganado la batalla a sus competidores al conseguir echarle el guante a una copia del informe médico forense que se realizó cuando Lisbeth fue arrestada, en la estación de metro de Gamia Stan, por haberle dado una patada en la cara a un pasajero.
Lisbeth se acordaba perfectamente del suceso. Había pasado el día en Odenplan y regresaba a Hagersten, al domicilio de su familia de acogida. En Rådmansgatan un desconocido -al parecer, sobrio- subió al vagón y de inmediato la convirtió en su objetivo. Más tarde se enteraría de que se llamaba Karl Evert Blomgren, tenía cincuenta y dos años, vivía en Gavie, estaba en paro y era ex jugador de bandy. A pesar de que el vagón estaba medio vacío, se sentó a su lado y empezó a acosarla. Le puso la mano en la rodilla e intentó entablar una conversación del tipo «te doy doscientas coronas si me acompañas a casa». Como ella lo ignoró, insistió y la llamó maldita puta frígida. El hecho de que ella no le contestara y de que, además, se cambiara de asiento en T-Centralen no lo disuadió.
Cuando se acercaron a Gamia Stan la abrazó por detrás y le metió las manos por debajo del jersey, mientras le susurraba al oído que era una puta. A Lisbeth Salander no le gustó que un perfecto desconocido la llamara puta en el metro. Le respondió propinándole un codazo en todo el ojo para, acto seguido, colgarse de una barra, alzar las piernas y darle una patada con los tacones de los zapatos en el nacimiento de la nariz. El impacto provocó una hemorragia leve.
Se le presentó la oportunidad de salir pitando del vagón en cuanto el tren paró en el andén pero, como iba vestida siguiendo los dictámenes de la más exagerada moda punk y llevaba el pelo teñido de azul, un amigo del orden se abalanzó sobre ella y la mantuvo inmovilizada en el suelo hasta que acudió un policía.
Maldijo su sexo y su constitución física. Si hubiese sido un chico, nadie se habría atrevido a lanzarse encima de ella.
Nunca hizo intento alguno de justificar por qué le había dado una patada en la cara a Karl Evert Blomgren. No consideraba que mereciera la pena explicarles nada a las autoridades. Por principios, ni siquiera se dignó a contestar a los psicólogos que se dirigieron a ella para intentar evaluar su estado mental. Por suerte, numerosos pasajeros habían presenciado la escena, entre ellos una resuelta y combativa mujer de Härnösand que daba la casualidad de que era diputada del partido de centro en el Riksdag. La mujer dio su testimonio in situ: Blomgren había acosado a Salander antes de que ésta tuviera ese arrebato violento. Al saberse que Blomgren había sido condenado en dos ocasiones anteriores por atentar contra la moralidad pública, el fiscal decidió archivar el caso. Sin embargo, eso no significó que los servicios sociales interrumpieran su investigación sobre Lisbeth. Algo que poco tiempo después resultaría en que el Tribunal de Primera Instancia declarara a Lisbeth Salander incapacitada y acabara siendo tutelada primero por Holger Palmgren y luego por Nils Bjurman.
Ahora esos detalles íntimos y, supuestamente, protegidos por el secreto profesional se hallaban publicados en la red a la vista de todos. Su currículo se completaba con floridas descripciones de cómo, desde primaria, siempre tuvo conflictos con su entorno y de su estancia durante los primeros años de la adolescencia en una clínica de psiquiatría infantil.
El diagnóstico que los medios efectuaron de Lisbeth Salander variaba según edición y periódico. En algunas ocasiones la describían como psicótica y, en otras, como esquizofrénica con acusados rasgos de manía persecutoria. Todas las fuentes de información la tildaban de deficiente mental, esgrimiendo que ni siquiera había logrado aprovechar la enseñanza recibida en el colegio, del que salió sin obtener el certificado escolar. La caracterizaban como una desequilibrada con inclinación a la violencia; a la opinión pública no albergaba ni la más mínima duda sobre ese perfil.
Tan pronto como los medios de comunicación descubrieron que Lisbeth Salander era amiga de la conocida lesbiana Miriam Wu, se desató en varios periódicos una verdadera convulsión. Miriam Wu había actuado en el performance show de Benita Costa en el Festival del Orgullo Gay, un provocador espectáculo donde Mimmi fue fotografiada desnuda de cintura para arriba, vestida con unos pantalones de cuero con tirantes y unas botas de charol de tacón alto. Además, había escrito artículos en una publicación gay, que fueron citados asiduamente en los medios, y en algunas ocasiones había sido entrevistada en relación a su participación en distintos espectáculos. La combinación de una presunta asesina múltiple lesbiana con las sugerentes prácticas de sexo BDSM constituía, al parecer, un cóctel infalible para aumentar la tirada.
Dado que durante la primera semana no se consiguió localizar a Miriam Wu, siguieron un sinfín de especulaciones sobre la posibilidad de que ella también hubiera sido víctima de la ola de violencia de Salander o de que, incluso, fuera su cómplice. Tales reflexiones, no obstante, se limitaban fundamentalmente al chat de una estúpida página web llamada Exilen, pero no figuraban en los medios más importantes. Al hacerse público que la tesis de Mia Bergman versaba sobre el comercio sexual, varios periódicos sí especularon con la posibilidad de que ése hubiera sido el móvil de los asesinatos, ya que, según los servicios sociales, Lisbeth Salander era una prostituta.
Al final de la semana, los medios también descubrieron que Salander tenía conexiones con una pandilla de chicas que coqueteaban con el satanismo. El grupo se llamaba Evil Fingers e indujo a un periodista cultural de cierta edad a escribir un texto sobre el desarraigo de los jóvenes y los peligros que se ocultan en todo lo que va desde la cultura de los cabezas rapadas hasta la del hip-hop.
A esas alturas, el público ya estaba saturado de información sobre Lisbeth Salander. De haber reunido todas las afirmaciones de los distintos medios, hubiera resultado que la policía buscaba a una lesbiana psicótica miembro de una banda de satánicas sadomasoquistas que preconizaban el sexo BDSM y que odiaban a la sociedad en general y a los hombres en particular. Dado que, además, Lisbeth viajó al extranjero durante el año anterior, posiblemente también se podrían establecer conexiones internacionales.
En una sola ocasión Lisbeth reaccionó con una emoción menos templada ante lo que salió a flote en medio de aquel ruido mediático. Un titular captó su interés.
«LE TENÍAMOS MIEDO»
– Amenazaba con matarnos -dicen los profesores y los compañeros de clase.
Las declaraciones eran de una antigua profesora, ahora artista textil, llamada Birgitta Miåås, que se explayaba narrando cómo Lisbeth Salander amenazaba a sus compañeros de clase y el miedo que le tenían los profesores.
Efectivamente, Lisbeth se había encontrado con Miåås, y no sólo en el sentido literal del término.
Se mordió el labio inferior y calculó que por aquel entonces ella tenía once años. Recordaba a Miåås, una desagradable sustituta de matemáticas, que en una ocasión se obstinó en que Lisbeth contestara a una pregunta a la que ya había dado una respuesta correcta, pero que, según la solución del libro de texto, era errónea. En efecto, el libro se equivocaba, algo que, para Lisbeth, debería haber resultado obvio a los ojos de cualquier persona. Pero la insistencia de Miåås aumentó de modo inversamente proporcional a las ganas de Lisbeth por resolver el problema. Lisbeth se quedó sentada y se puso de morros, dibujando con la boca, con el labio inferior adelantado, una línea recta. Hasta que, al final, Miåås, de pura frustración, la cogió de los hombros y la zarandeó para despertar su atención. Lisbeth reaccionó tirándole el libro a la cabeza, cosa que provocó un alboroto considerable. Lisbeth le escupió y bufó defendiéndose como gato panza arriba y dando patadas a diestro y siniestro, mientras los compañeros intentaban sujetarla.
Era un reportaje a doble página en un periódico vespertino que había reservado espacio para una serie de comentarios, en una columna adyacente, ilustrados con una foto en la que uno de sus antiguos compañeros de clase posaba ante la entrada de su viejo colegio. El chico en cuestión se llamaba David Gustavsson y se presentaba a sí mismo como auxiliar administrativo. Afirmaba que los alumnos le tenían miedo a Lisbeth Salander ya que «una vez, ella había amenazado con matarlos». Lisbeth se acordaba de David Gustavsson. Fue uno de sus principales torturadores durante sus años de escuela, una corpulenta bestia con un cociente intelectual semejante al de un lucio que raramente dejaba escapar la oportunidad de repartir insultos y empujones en el pasillo. En una ocasión, detrás del gimnasio, la atacó durante la comida y ella, como ya venía siendo habitual, le devolvió el golpe. Desde el punto de vista físico, Lisbeth tenía todas las de perder, pero consideraba que era mejor morir que capitular. Precisamente aquel incidente se descontroló cuando gran cantidad de compañeros de clase les rodeó y observaron impasibles cómo David Gustavsson, empujándola una y otra vez, derribaba a Lisbeth Salander. Eso los entretuvo hasta cierto punto, pero la estúpida chica, que no sabía lo que era mejor para su propio bien, se quedó en el suelo y, para colmo, ni siquiera se echó a llorar ni pidió clemencia.
Al cabo de un rato, aquello empezó a resultar excesivo hasta para sus propios compañeros. La ventaja de David era tan superior y Lisbeth se veía tan manifiestamente indefensa que el chico empezó a acumular puntos en su contra; había iniciado algo que no sabía cómo concluir. Al final, le propinó dos contundentes puñetazos que no sólo le partieron el labio, sino que también la dejaron sin aire. Los demás estudiantes la abandonaron sin contemplaciones y, entre risas, doblaron la esquina y desaparecieron.