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– Las encontré en el disco duro de Bjurman. Sólo he impreso unas cuantas, pero allí había más de dos mil de características similares. Se las había bajado de Internet.
Faste silbó y levantó la foto de una mujer que estaba atada en una postura brutal y antinatural.
– Tal vez les interese a Domino Fashion o a las Evil Fingers -dijo.
Irritado, Bublanski le hizo un gesto cortante con la mano instándole a que se callara.
– ¿Cómo debemos interpretar esto? -se preguntó Bohman.
– El tatuaje tiene poco más de dos años -dijo Bublanski-. Fue por esa época cuando Bjurman cayó repentinamente enfermo. Ni el forense ni su historial médico dan a entender que tuviera ninguna enfermedad importante, exceptuando la tensión alta. Por lo tanto, cabe suponer que existe una conexión.
– Salander cambió durante ese año -dijo Bohman-. De pronto dejó de trabajar para Milton Security y se fue al extranjero.
– ¿Debemos suponer que ambos hechos están vinculados? Si el mensaje del tatuaje es cierto, Bjurman violó a alguien. Indudablemente, Salander es una buena candidata. Y eso sería un móvil incontestable para cometer un asesinato.
– Bueno, también hay otras maneras de verlo -dijo Hans Faste-. No es muy difícil imaginarse a Salander y a la chinita regentando una agencia de chicas de compañía de la línea BDSM [1]. Bjurman podría haber sido uno de esos tarados a los que les pone recibir latigazos de nenitas. Quizá acabó metido en algún tipo de relación de dependencia con Salander y algo se le fue de las manos.
– Pero eso no explica por qué Lisbeth fue a Enskede.
– Si Dag Svensson y Mia Bergman estaban a punto de publicar un libro incendiario sobre el comercio sexual, no sería extraño que se hubieran topado con Salander y Wu. Puede que Salander tuviera verdaderos motivos para matar.
– No tenemos más que especulaciones -constató Sonja Modig.
Continuaron con la reunión durante una hora más y abordaron también la desaparición del portátil de Dag Svensson. Cuando hicieron una pausa para comer, todo el mundo se sentía frustrado. La investigación albergaba más interrogantes que nunca.
En cuanto llegó a la redacción el lunes por la mañana, Erika Berger llamó a Magnus Borgsjö, presidente de la junta directiva del Svenska Morgon-Posten.
– Me interesa -dijo.
– Ya me lo imaginaba.
– Había pensado comunicártelo inmediatamente después de las fiestas. Pero, como imaginarás, aquí en la redacción se ha desatado el caos.
– El asesinato de Dag Svensson. Lo lamento. Una historia terrible.
– Comprenderás que no es un buen momento para contarles que voy a abandonar el barco precisamente ahora.
Él permaneció callado un instante.
– Tenemos un problema -dijo Borgsjö.
– ¿Cuál?
– Cuando hablamos la última vez, quedamos en que entrarías el 1 de agosto. Sin embargo, el redactor jefe, Hakan Morander, a quien vas a suceder, no está bien de salud. Tiene problemas cardíacos y debe reducir su ritmo de trabajo. Hace un par de días habló con su médico y este mismo fin de semana me ha comunicado que piensa abandonar su puesto el 1 de julio. El plan era que se quedara hasta otoño para que tú pudieras trabajar con él durante agosto y septiembre. Por lo tanto, nos enfrentamos a una situación crítica. Erika, te necesitamos el 1 de mayo, como muy tarde el 15.
– Dios mío. Sólo faltan unas semanas.
– ¿Sigues interesada?
– Sí… pero eso quiere decir que cuento con apenas un mes para dejar todo organizado en Mille
– Lo sé. Y lo siento, Erika, pero me veo en la obligación de presionarte. No obstante, un mes debería ser tiempo suficiente para organizar las cosas en una revista con media docena de empleados.
– Pero los abandonaré en medio de todo el caos.
– Los vas a abandonar de todas maneras. Lo único que hacemos es adelantar el momento unas semanas.
– Tengo una serie de condiciones.
– Te escucho.
– Seguiré formando parte de la junta directiva de Mille
– Tal vez eso no resulte muy apropiado. Es cierto que Mille
– Da igual. Me desvincularé de la redacción de Mille
– Vale. Ya encontraremos una solución.
Acordaron reunirse con la junta directiva durante la primera semana de abril para ultimar detalles y firmar el contrato.
Mikael Blomkvist tuvo una sensación de déjà vu cuando estudió la lista de sospechosos que Malin y él habían estado preparando. La nómina ascendía a treinta y siete personas a las que Dag Svensson denunciaba sin piedad en su libro. Veintiuna de ellas eran puteros identificados con nombre y apellido.
De pronto, Mikael recordó cómo, dos años atrás, se había sumergido en la investigación y persecución del asesino de Hedestad, y cómo se enfrentó a una galería de sospechosos de cerca de cincuenta personas. Todas aquellas especulaciones para determinar quién era el culpable habían resultado inútiles y desesperantes.
Alrededor de las diez de la mañana del martes, Malin Eriksson se presentó en el despacho de Mikael. Éste cerró la puerta y le pidió que se sentara.
Permanecieron callados unos momentos mientras tomaban café. Al final, le pasó la lista de los treinta y siete nombres.
– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó Malin.
– En primer lugar, dentro de diez minutos le presentaremos a Erika este listado. Luego intentaremos estudiar cada caso por separado. Es posible que alguien de la lista esté relacionado con los asesinatos.
– ¿Y cómo lo haremos?
– Yo me centraré en los veintiún puteros del libro. Tienen más que perder que los demás. Mi plan es seguir los pasos de Dag y hacerle una visita a cada uno.
– De acuerdo.
– Tengo dos trabajos para ti. Aquí hay siete nombres que no han sido identificados, dos puteros y cinco aprovechados. Tu primer cometido durante los próximos días consistirá en rastrearlos. Algunos de los nombres aparecen en la tesis de Mia; es probable que haya referencias que nos lleven a averiguar quiénes son realmente.
– Vale.
– Por otro lado, sabemos muy poco de Nils Bjurman, el administrador de Lisbeth. Los periódicos han publicado una versión resumida de su curriculum, pero me imagino que la mitad es falsa.
– Así que quieres que me ponga a escarbar en su historia.
– Exacto. En todo lo que encuentres.
Harriet Vanger llamó a Mikael Blomkvist hacia las cinco de la tarde.
– ¿Puedes hablar?
– Tengo un momento.
– Esa chica a la que buscan… es la misma que te ayudó a dar conmigo, ¿verdad?
Harriet Vanger y Lisbeth Salander no llegaron a conocerse.
– Sí -contestó Mikael-. Lo siento, no he tenido tiempo de llamarte para ponerte al día. Pero sí, es ella.
– ¿Y eso qué significa?
– Por lo que a ti respecta… nada; espero.
– Pero lo sabe todo sobre mí y lo que sucedió hace dos años.
– Sí, absolutamente todo.
Harriet Vanger guardó silencio al otro lado de la línea.
– Harriet, no creo que sea culpable. Tengo que presuponer que es inocente. Confío en Lisbeth Salander.
– Si uno creyera todo lo que dicen los periódicos…
– No hay que hacer caso a todo lo que dicen los periódicos. Así de sencillo. Ella dio su palabra de que no te traicionaría. Estoy seguro de que la mantendrá el resto de su vida. La conozco y sé que es una persona de principios.
– ¿Y si no lo hace?
– No lo sé, Harriet. Estoy haciendo cuanto está en mi mano para intentar averiguar qué es lo que realmente ha ocurrido.
– De acuerdo.
– No te preocupes.
– No me preocupo. Pero quiero estar preparada para lo peor. Y tú, ¿cómo estás, Mikael?
– No muy bien. No hemos parado desde los asesinatos.
Harriet Vanger enmudeció durante un momento.
– Mikael… Estoy en Estocolmo. Tengo un vuelo para Australia mañana por la mañana y me quedaré allí un mes.
– Bien.
– Me alojo en el mismo hotel.
– No sé. Estoy hecho un lío. Tengo que trabajar esta noche y no sería muy buena compañía.
– No hace falta que seas buena compañía. Pásate y relájate un rato.
Mikael llegó a casa a la una de la madrugada. Estaba cansado y barajaba la posibilidad de pasar de todo y acostarse. En cambio, encendió su iBook y consultó el correo. No había recibido nada de interés.
Abrió la carpeta «Lisbeth Salander» y descubrió un documento completamente nuevo. Se titulaba «Para MikBlom»; estaba al lado del de «Para Sally».
El corazón le dio un vuelco al verlo en su ordenador. «Ella está aquí. Lisbeth Salander ha entrado en mi ordenador. Tal vez incluso esté conectada ahora mismo.» Hizo doble clic.
No sabía con qué se iba a encontrar. ¿Una carta?¿Una respuesta? ¿Una declaración de inocencia? ¿Una explicación? La respuesta de Lisbeth Salander a Mikael Blomkvist era frustrante y breve. El mensaje consistía en una sola palabra. Cuatro letras.
Zala
Mikael se quedó mirando fijamente el nombre.
Dag Svensson había hablado de Zala durante su última conversación telefónica, dos horas antes de ser asesinado.
«¿Qué trata de decirme Lisbeth? ¿Acaso Zala es la conexión que hay entre Bjurman y Dag y Mia? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién es? ¿Y cómo sabe Lisbeth Salander eso? ¿De qué manera está involucrada?»
Abrió las propiedades del documento y constató que el texto había sido creado hacía apenas quince minutos. Luego sonrió repentinamente. El autor era Mikael Blomkvist. Ella había creado el documento en su ordenador y con su propia licencia. Era mejor que un correo electrónico y no dejaba ningún número IP susceptible de ser rastreado, aunque, de todos modos, Mikael estaba convencido de que sería casi imposible rastrear a Lisbeth Salander a través de la red. Y sin lugar a dudas eso demostraba que Lisbeth Salander había realizado un hostile takeover -la expresión que ella utilizaba- de su ordenador.
Se acercó a la ventana y dirigió la mirada al Ayuntamiento. No podía librarse de la sensación de que en ese preciso instante Lisbeth Salander le observaba; era como si ella se encontrara en la habitación contemplándolo a través de la pantalla de su iBook. En realidad, podría hallarse en cualquier parte del mundo, pero él sospechaba que estaba bastante más cerca. En algún sitio de Södermalm. En un kilómetro a la redonda.
Reflexionó unos segundos, se sentó, creó un nuevo documento Word que bautizó como «Sally-2» y lo colocó en el escritorio. Escribió un mensaje conciso y enérgico.
Lisbeth:
¡Joder, tía! ¡Qué complicada eres! ¿Quién diablos es Zala? ¿Es él el vínculo? ¿Sabes quién mató a Dag y Mia? En ese caso, dimelo de una vez para que podamos resolver esta mierda e irnos todos a casa a descansar.
Mikael.
Ella estaba dentro del iBook de Mikael Blomkvist. La respuesta no se hizo esperar ni un minuto. Un nuevo documento apareció en la carpeta de su escritorio, esta vez con el nombre de «Kalle Blomkvist».
El periodista eres tú. Averigúalo.