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– ¿Qué móvil necesita una pájara psicótica?
– Todavía no he entrado en el dormitorio. ¿Qué aspecto tiene?
– Encontré a Bjurman de bruces contra la cama, con las rodillas en el suelo, como si se hubiese arrodillado para rezar sus oraciones. Está desnudo. Presenta un disparo en la nuca.
– ¿Un solo tiro? ¿Como en Enskede?
– Por lo que pude ver se trata de un solo tiro. Pero es como si Salander, si realmente fue ella quien lo hizo, le hubiera forzado a arrodillarse delante de la cama antes de pegarle el tiro. La bala le entró oblicuamente, de abajo arriba, por la parte posterior de la cabeza, y le salió por la cara.
– Un tiro en la nuca. O sea, más o menos como una ejecución.
– Exacto.
– He estado pensando que… alguien debería haber oído el disparo.
– El dormitorio da al patio, y los vecinos, tanto los de arriba como los de abajo, se encuentran estos días de viaje. La ventana estaba cerrada. Además, usó un cojín como silenciador.
– ¡Muy astuto!
En ese momento, Gu
– Hola, Burbuja -saludó para, acto seguido, dirigirse a su colega femenina-: Modig, queríamos mover el cuerpo y le hemos dado la vuelta. Tienes que ver esto.
Lo siguieron hasta el dormitorio. El cuerpo de Nils Bjurman yacía boca arriba en una camilla con ruedas, la primera parada de camino al anatómico forense. Nadie dudaba de la causa de la muerte. La frente presentaba una herida en carne viva de diez centímetros de ancho con una gran parte del hueso frontal colgando de un trozo de piel. La forma de las salpicaduras sobre la cama y la pared hablaba por sí misma.
Bublanski arrugó el morro.
– ¿Qué quieres que miremos? -preguntó Modig.
Gu
Modig y Bublanski intercambiaron una atónita mirada.
– ¿Empezamos a ver ya un posible móvil? -preguntó Modig.
Mikael Blomkvist metió en el microondas un envase con los cuatrocientos gramos de pasta que había comprado en el 7-Eleven de camino a casa. Mientras tanto, se desnudó y permaneció bajo la ducha tres minutos. Buscó un tenedor y comió de pie, directamente del envase. Sentía un vacío en el estómago pero no tenía apetito. Sólo quería engullir la comida cuanto antes. Cuando terminó, abrió una cerveza Vestfyn, que se bebió directamente de la botella.
Sin encender ninguna luz, se acercó a la ventana y se puso a contemplar Gamla Stan. Se quedó quieto durante más de veinte minutos procurando dejar de pensar.
Hacía exactamente veinticuatro horas que Dag Svensson lo llamó al móvil mientras él se encontraba en la fiesta de la casa de su hermana. En ese momento tanto Dag como Mia estaban todavía con vida.
No había dormido en treinta y seis horas. La época en la que podía saltarse el sueño sin pagar las consecuencias ya era historia. También sabía que no iba a poder conciliar el sueño sin pensar en todo lo que había visto. Era como si las imágenes de Enskede se hubieran grabado para siempre en su retina.
Al final, apagó el móvil y se metió entre las sábanas. A las once seguía sin dormirse. Se levantó y preparó café. Puso un Cd y escuchó a Debbie Harry cantar una canción sobre una chica llamada Maria. Se arropó con una manta y se sentó en el sofá del salón mientras tomaba café y cavilaba sobre Lisbeth Salander.
¿Qué sabía realmente de ella? Prácticamente nada.
Sabía que tenía memoria fotográfica y que como hacker era un hacha. Sabía que era una mujer rara e introvertida a la que no le gustaba hablar de sí misma y que desconfiaba por completo de las autoridades.
Sabía que podía ser brutalmente violenta. Gracias a eso él seguía con vida.
Pero no tenía ni idea de que la hubieran declarado incapacitada ni de que se encontrara sometida a la tutela de un administrador, ni de que hubiera pasado parte de su adolescencia en el psiquiátrico.
Debía elegir bando.
En algún momento, después de la medianoche, decidió que, simplemente, no le daba la gana creerse las conclusiones de la policía. Antes de juzgarla le debía, por lo menos, la oportunidad de explicarse.
Ignoraba a qué hora consiguió, por fin, conciliar el sueño, pero a las cuatro y media de la madrugada se despertó en el sofá. Fue tambaleándose hasta la cama y volvió a dormirse en seguida.