Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 60 из 131

Encontró la cartera de Dag Svensson en el bolsillo interior de una americana y la añadió al informe. Contenía un carnet anual del gimnasio Friskis & Svettis, una tarjeta de crédito de Handelsbanken y casi cuatrocientas coronas en efectivo. Encontró el bolso de Mia Bergman y dedicó unos minutos a clasificar el contenido. También ella tenía un carnet anual de Friskis & Svettis, una tarjeta del cajero automático, una de cliente de Konsum y otra de algo llamado Club Horisont, que presentaba un globo terrestre como logotipo. Además, llevaba más de dos mil quinientas coronas en efectivo, cantidad que había que considerar relativamente alta aunque no disparatada, teniendo en cuenta que tenían pensado irse de viaje ese fin de semana. El hecho de que el dinero permaneciera en la cartera redujo, sin embargo, la probabilidad de que el móvil del asesinato fuera el robo.

Bolso de Mia Bergman hallado en la entrada, sobre el estante para los abrigos: una agenda de bolsillo de tipo ProPlan, una libretita de direcciones y un cuaderno negro elegantemente encuadernado.

Holmberg hizo nuevamente una pausa para tomar café y constató que, por raro que pudiera parecer, seguía sin encontrar -de momento- nada embarazoso o de carácter muy íntimo y personal en la casa de la pareja Svensson-Bergman. No había objetos sexuales escondidos, nada de ropa interior escandalosa ni ningún cajón lleno de películas porno. No había encontrado cigarrillos de marihuana ni ningún otro rastro de actividades delictivas. Parecía ser una pareja del extrarradio de Estocolmo completamente normal, tal vez -desde un punto de vista policial- algo más aburrida de lo normal.

Al final volvió al dormitorio y se sentó a la mesa de trabajo. Abrió el cajón superior. La siguiente hora la pasó ordenando papeles. Inmediatamente se percató de que tanto los cajones como la estantería albergaban una amplia documentación de fuentes y referencias a la tesis doctoral de Mia Bergman: From Russia with Love. El material estaba pulcramente clasificado, al igual que una buena investigación policial; por unos instantes Holmberg se zambulló en algunos pasajes. «Mia Bergman se habría ganado un puesto en la brigada», se dijo a sí mismo. Una parte de la estantería se hallaba medio vacía y contenía, al parecer, material que pertenecía a Dag Svensson. Se trataba principalmente de recortes de prensa de sus propios artículos y de temas que le interesaban.

Dedicó un rato a repasar el contenido del ordenador y advirtió que poseía cerca de cinco gigabytes; allí había de todo, desde programas hasta cartas, artículos y archivos pdf descargados. En otras palabras: no era algo que pensara leer esa misma tarde. Añadió al material intervenido el equipo y diversos Cds, así como un lector de zips y, más o menos, una treintena de discos en ese formato.

Luego, durante un breve instante, se sumió en sus cavilaciones. Por lo que había podido ver, el ordenador contenía el material de Mia Bergman. Dag Svensson era periodista y debería contar con un ordenador como principal herramienta de trabajo, pero ese de sobremesa ni siquiera tenía correo electrónico. Por lo tanto, Dag Svensson guardaba otro en algún sitio. Jerker Holmberg se levantó y paseó meditabundo por la casa. En la entrada había una mochila negra con un compartimento vacío para el ordenador y unos cuadernos. Fue incapaz de encontrar ningún portátil escondido en el apartamento. Sacó las llaves y bajó al patio, donde registró el coche de Mia Bergman y luego un trastero del sótano. Tampoco allí había nada.

«Lo curioso del perro es que no ladró, mi querido Watson.»

En el informe de los objetos intervenidos apuntó que en la casa parecía faltar un ordenador.

A eso de las seis y media de la tarde, nada más regresar de Lundagatan, Bublanski y Faste acudieron al despacho del fiscal Ekström para reunirse con él. Curt Svensson, tras una llamada telefónica, había sido enviado a la Universidad de Estocolmo para hablar con la directora de la tesis de Mia Bergman. Jerker Holmberg continuaba en Enskede y Sonja Modig era la responsable de la investigación forense en Odenplan. Habían pasado más de diez horas desde que Bublanski fuera puesto al frente de la investigación y siete desde que se iniciara la búsqueda de Lisbeth Salander. Bublanski resumió lo ocurrido en Lundagatan.

– ¿Y quién es Miriam Wu? -preguntó Ekström.

– Seguimos sin saber gran cosa de ella. No está fichada. Será Hans Faste quien se encargue de buscarla mañana por la mañana.

– Pero ¿Salander no está en Lundagatan?

– Por lo que hemos podido ver no hay nada que sugiera que vive allí. Por ponerte un ejemplo: toda la ropa del armario es de otra talla.

– Y menuda ropa -añadió Hans Faste.

– ¿Por qué? -preguntó Ekström.

– No es precisamente el tipo de ropa que regalarías en el Día de la Madre.

– De momento no sabemos nada sobre Miriam Wu -dijo Bublanski.

– Pero, joder, ¿qué más quieres? Tiene un armario repleto de uniformes de puta…

– ¿Uniformes de puta? -se asombró Ekström.

– Sí, ya sabes: cuero y charol, corsés y un cajón lleno de trastos fetichistas y juguetes sexuales. Y toda esa mierda tampoco parece ser muy barata.

– ¿Quieres decir que Miriam Wu es una prostituta?

– De momento no sabemos nada de Miriam Wu -repitió Bublanski.

– La investigación de los servicios sociales de hace unos años daba a entender que Lisbeth Salander se movía en esos círculos -dijo Ekström.

– Y los servicios sociales suelen saber de lo que hablan -apostilló Faste.

– El informe de los servicios sociales no se basa ni en detenciones ni en investigaciones -comentó Bublanski-. Salander fue cacheada en Tantolunden cuando contaba dieciséis o diecisiete años y se encontraba en compañía de un hombre considerablemente mayor. Ese mismo año la detuvieron por embriaguez. En esa ocasión también se hallaba en compañía de un hombre mayor.

– O sea, que no debemos precipitarnos en nuestras conclusiones -dijo Ekström-. Vale. Pero me estoy acordando de que la tesis de Mia Bergman trataba de trafficking y de prostitución. Existe, por lo tanto, una posibilidad de que haya contactado con Lisbeth Salander y con esa Miriam Wu, que, de alguna manera, las provocara y que eso, a su vez, constituyera el móvil del asesinato.

– Tal vez Bergman contactó con su administrador y ahí se montó el jaleo -apuntó Faste.

– Es posible -contestó Bublanski-. Pero eso lo deberá aclarar la investigación. Lo importante ahora es que encontremos a Salander. Evidentemente, no reside en Lundagatan. También significa que debemos hallar a Miriam Wu y preguntarle cómo acabó en ese apartamento y qué relación mantiene con Salander.

– ¿Y cómo damos con Salander?

– En alguna parte tiene que estar. El problema es que el único sitio en el que ha residido siempre es Lundagatan. No ha registrado ningún cambio de dirección.

– Se te olvida que también estuvo ingresada en Sankt Stefan y con distintas familias de acogida.

– No se me olvida. -Bublanski comprobó sus papeles-. Pasó por tres familias de acogida distintas cuando contaba quince años. No funcionó. Desde poco antes de cumplir los dieciséis y hasta los dieciocho, vivió con un matrimonio en Hägersten: Fredrik y Monika Gullberg. Curt Svensson irá a visitarlos esta noche cuando termine en la universidad.

– ¿Qué hacemos con la rueda de prensa? -preguntó Faste.

A las siete de la tarde un tétrico ambiente reinaba en el despacho de Erika Berger. Mikael Blomkvist había permanecido callado y casi inmóvil desde que el inspector Bublanski se había marchado. Malin Eriksson se había ido en bici hasta Lundagatan para cubrir la operación de la unidad de intervención. Volvió informando de que no parecían haber detenido a nadie y de que el tráfico había sido restablecido. Henry Cortez llamó avisando de que se había enterado de que la policía ahora buscaba una mujer cuyo nombre no le había sido facilitado. Erika le dijo de quién se trataba.

Erika y Malin intentaron decidir lo que había que hacer, pero no llegaron a ninguna conclusión sensata. La situación se complicaba aun más porque Mikael y Erika conocían el papel que Lisbeth Salander había desempeñado en el caso We

– Me voy a casa -dijo Mikael Blomkvist, levantándose de repente-. Estoy hecho polvo. Ya no puedo ni pensar. Necesito dormir.

Miró a Malin.

– Todavía nos queda mucho por hacer. Mañana es viernes de Pascua y sólo pienso dedicarlo a dormir y ordenar papeles. Malin, ¿podrías trabajar estas fiestas?

– ¿Tengo otra elección?

– No. Empezaremos el sábado a las doce. ¿Qué tal si quedamos en mi casa en vez de en la redacción?

– De acuerdo.

– Mi intención es replantear las directrices del plan de trabajo que nos marcamos esta mañana. Ahora ya no se trata sólo de saber si la investigación realizada por Dag Svensson tiene algo que ver con el asesinato. Ahora se trata de averiguar quién mató a Dag y a Mia.

Malin se preguntó cómo podrían lograr una cosa así, pero no dijo nada. Mikael se despidió de Malin y Erika con la mano, y desapareció sin más comentarios.

A las siete y cuarto, Bublanski, el jefe de la investigación, subió a desgana al estrado de la sala de prensa de la policía, tras el instructor del sumario, el fiscal Ekström. La rueda de prensa se había anunciado para las siete pero se había retrasado quince minutos. A diferencia de Ekström, Bublanski no tenía ningún interés por estar ante una docena de cámaras de televisión. Hallarse expuesto a ese tipo de atención lo hacía sentir poco menos que presa del pánico, y nunca se acostumbraría ni le empezaría a gustar verse a sí mismo en la tele.

Ekström, en cambio, se sentía como pez en el agua. Se ajustó las gafas y adoptó un favorecedor semblante serio. Dejó que los fotógrafos dispararan durante un rato antes de levantar las manos pidiendo orden en la sala. Habló como siguiendo un guión:

– Les doy mi más cordial bienvenida a esta apresurada rueda de prensa motivada por los asesinatos ocurridos la pasada noche en Enskede y también porque tenemos más información que compartir con ustedes. Soy el fiscal Richard Ekström y éste es el inspector Jan Bublanski, de la brigada de delitos violentos de la policía criminal de Estocolmo, que dirige la investigación. Les voy a leer un comunicado y luego abriré un turno de preguntas.

Ekström se calló y contempló al grupo de periodistas que se había presentado menos de treinta minutos después de que los avisaran. Los asesinatos de Enskede constituían una noticia importante y llevaban camino de adquirir aún más envergadura. Constató con satisfacción que tanto «Aktuellt» como «Rapport» y TV4 se hallaban presentes, y reconoció a los reporteros de la agencia TT y a los de los periódicos vespertinos y matutinos. Además, había muchos periodistas a los que no conocía. En total habría, por lo menos, veinticinco profesionales en la sala.