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Dag Svensson tenía un portátil propio y casi siempre se quedaba trabajando en casa, pero también acudía a la redacción más o menos dos días por semana, y últimamente más a menudo. En Mille

Mikael hizo una copia de los zips y los guardó bajo llave en el armario de seguridad de su despacho. Luego dedicó cuarenta y cinco minutos a repasar el contenido del disco original: una treintena de carpetas e incontables subcarpetas. Se trataba de la investigación realizada por el propio Dag Svensson durante cuatro años para su libro sobre el trafficking. Mikael leyó los nombres de los documentos buscando algo que pudiera contener material sensible: los nombres de las fuentes protegidas de Dag Svensson. Advirtió que Dag Svensson había sido muy meticuloso con las fuentes; todo ese material estaba en una carpeta denominada «Fuentes/secreto». En la carpeta había ciento treinta y cuatro documentos de diverso tamaño, la mayoría bastante pequeños. Mikael los marcó todos y los eliminó. No los envió a la papelera de reciclaje; los llevó a un icono del programa Burn que, no sólo los tiraba a la papelera, sino que los borraba byte a byte.

Luego se metió en el correo de Dag Svensson. A Dag le habían dado una dirección temporal en mille

Por último, le metió mano a la montaña de papeles que, como material de referencia, apuntes, recortes de prensa, sentencias y correspondencia, había ido acumulando Dag Svensson. Para curarse en salud, se acercó a la fotocopiadora e hizo una copia de todo lo que le pareció importante, en total unas dos mil páginas. De modo que tardó tres horas.

Separó todo el material que, de una u otra manera, podría estar relacionado con alguna fuente secreta. Eso supuso más de cuarenta páginas, principalmente apuntes de dos cuadernos A4 que Dag guardaba bajo llave en su mesa. Mikael lo introdujo en un sobre y se lo llevó a su despacho. Luego dejó el resto del material en la mesa.

Entonces pudo respirar tranquilo; bajó al 7-Eleven, donde tomó café y se comió un trozo de pizza. Suponía, erróneamente, que la policía llegaría en cualquier momento para registrar la mesa de Dag.

Apenas pasadas las diez de la mañana, a Bublanski se le abrió una inesperada luz en sus pesquisas, cuando el doctor Le

– Es referente al doble asesinato de Enskede.

– ¿Ya?

– Recibimos el arma esta mañana temprano y todavía no he terminado el análisis, pero tengo información que tal vez te pueda interesar.

– Bien. Cuéntame tus conclusiones -lo animó el agente Burbuja.

– Se trata de un Colt 45 Magnum, fabricado en Estados Unidos en 1981.

– Ajá.

– Hemos obtenido huellas dactilares y posiblemente de ADN, pero analizarlo nos llevará algo más de tiempo. También hemos echado un vistazo a las balas con las que mataron a la pareja. Como era de esperar, proceden del revólver. Suele ser así cuando encontramos un arma en la escalera del escenario del crimen. Las balas están muy fragmentadas pero tenemos un trozo para comparar. Es probable que sea el arma homicida.

– Un arma ilegal, supongo. ¿Tienes el número de serie?

– Es completamente legal, propiedad de un tal Nils Eric Bjurman, abogado, y fue adquirida en 1983. Es miembro del club de tiro de la policía. Reside en Upplandsgatan, cerca de Odenplan.

– ¿Qué coño estás diciendo?

– También tenemos, como ya te he dicho, varias huellas dactilares en el arma. Pertenecen, como mínimo, a dos personas.

– A menos que el arma haya sido robada o vendida, información de la que carezco, lo más lógico es suponer que una de las series de huellas pertenece a Bjurman.

– Vale. En otras palabras: estamos delante de lo que en la jerga policial se viene llamando «una pista».

– Para la otra persona tenemos una coincidencia en el registro criminal: las huellas del pulgar y el índice de la mano derecha.

– ¿De quién se trata?

– De una mujer nacida el 30 de abril de 1978. La detuvieron en Gamia Stan por malos tratos en 1995 y fue entonces cuando se le tomaron las huellas.

– ¿Tienes su nombre?

– Sí. Se llama Lisbeth Salander.

El agente Burbuja arqueó las cejas y apuntó el nombre y el número de identificación personal en un cuaderno que estaba sobre su mesa.

Cuando Mikael Blomkvist regresó a la redacción tras su tardía comida, se fue directamente a su despacho y cerró la puerta, una inequívoca señal de que no deseaba que lo molestaran. Aún no había tenido tiempo de ocuparse de toda la información complementaria que se encontraba en el correo electrónico y en los apuntes de Dag Svensson. Lo que debía hacer ahora era sentarse y examinar, con nuevos ojos, tanto el libro como los artículos, sin olvidar la desgraciada circunstancia de que su autor estaba muerto y de que, por lo tanto, sería incapaz de contestar a las preguntas que se derivaran de los pasajes más complicados.

Tenía que decidir si en un futuro sería posible publicar el libro. También debía determinar si había algo en todo aquel material que pudiera constituir el móvil del asesinato. Abrió su ordenador y se puso a trabajar.

Jan Bublanski mantuvo una breve conversación con el fiscal instructor del sumario, Richard Ekström, para informarlo de los resultados del laboratorio. Decidieron que el propio Bublanski y su colega Sonja Modig fueran a buscar a Bjurman para tomarle declaración -que podría convertirse en un interrogatorio o incluso acabar en detención si lo estimaban necesario-, mientras que Hans Faste y Curt Svensson se centrarían en Lisbeth Salander, para pedirle que explicara por qué sus huellas dactilares aparecían en el arma homicida.

En un principio, encontrar al abogado Bjurman no presentaba mayor problema; su dirección constaba en Hacienda, en el registro de armas y en el departamento de Tráfico. Además, venía, sin ningún tipo de restricción, en la guía telefónica. Bublanski y Modig se desplazaron hasta Odenplan y consiguieron entrar en el inmueble de Upplandsgatan justo cuando un hombre joven salía por el portal.

Luego la cosa se complicó. Al llamar a la puerta, nadie abrió. Por eso se dirigieron al bufete de Bjurman, en Sankt Eriksplan, y repitieron el proceso, con el mismo desmoralizante resultado.

– Quizá esté en los juzgados -aventuró la inspectora Sonja Modig.

– Quizá haya huido a Brasil después de haber cometido un doble asesinato -replicó Bublanski.

Sonja Modig asintió y miró de reojo a su colega. Estaba a gusto en su compañía. No le habría importado tirarle los tejos si no fuera porque era madre de dos niños y tanto ella como él se hallaban, cada uno por su lado, felizmente casados. De reojo dirigió la mirada a las placas de latón que lucían las otras puertas de la planta y constató que los vecinos más cercanos eran un dentista llamado Norman, una empresa denominada N-Consulting y un abogado que atendía al nombre de Rune Håkansson.

Llamaron a la puerta de Håkansson.

– Buenos días, me llamo Modig y éste es el inspector Bublanski. Somos de la policía y estamos buscando a su vecino, el abogado Bjurman. ¿No sabrá usted, por casualidad, dónde podríamos localizarlo?

Håkansson negó con la cabeza.

– De un tiempo a esta parte lo veo poco. Cayó gravemente enfermo hace dos años y prácticamente ha abandonado sus actividades. La placa permanece en la puerta, pero no pasa por aquí más que una vez cada dos meses.

– ¿Está gravemente enfermo? -preguntó Bublanski.

– No lo sé a ciencia cierta. Siempre estaba trabajando a toda máquina y luego enfermó. Cáncer o algo así, supongo. No tengo mucho trato con él.

– ¿Cree que tuvo cáncer o lo sabe con certeza? -preguntó Sonja Modig.

– Bueno… no lo sé. Tenía una secretaria, Britt Karlsson o Nilsson, o algo así; una mujer mayor. La despidió. Fue ella quien me comentó que se había puesto enfermo, pero no sé de qué. Eso sucedió en la primavera de 2003. No lo volví a ver hasta finales de ese mismo año y entonces me dio la sensación de que tenía diez años más; estaba demacrado y, de repente, le habían salido canas. Saqué mis conclusiones. ¿Porqué? ¿Ha hecho algo?

– Que nosotros sepamos, no -contestó Bublanski-. Sin embargo, lo estamos buscando por un asunto de cierta urgencia.

Volvieron al piso de Odenplan y llamaron de nuevo a la puerta del piso de Bjurman. Siguieron sin obtener respuesta. Al final, Bublanski sacó su móvil y marcó el número del de Bjurman. Le salió el consabido mensaje: «En estos momentos el abonado no se encuentra disponible. Por favor, vuelva a intentarlo pasados unos minutos».

Probó con el fijo. Desde la escalera oyeron unas lejanas llamadas que sonaron al otro lado de la puerta, hasta que se puso en marcha un contestador que pidió al que llamaba que dejara un mensaje. Se miraron y se encogieron de hombros.

Era la una del mediodía.

– ¿Café?

– Mejor una hamburguesa.

Se fueron paseando hasta el Burger King de Odenplan. Sonja Modig se comió una Whopper y Bublanski una hamburguesa vegetariana antes de regresar a Kungs-holmen.

El fiscal Ekström convocó una reunión en su despacho para las dos de la tarde. Bublanski y Modig se sentaron, uno junto al otro, al lado de la ventana. Curt Svensson llegó dos minutos después y se sentó enfrente. Jerker Holmberg entró con una bandeja de cafés en vasos de papel. Acababa de hacer una breve visita a Enskede y tenía la intención de volver más tarde, cuando los técnicos hubiesen terminado.

– ¿Dónde está Faste? -preguntó Ekström.

– En la comisión de servicios sociales. Ha llamado hace cinco minutos y ha dicho que llegaría con un poco de retraso -contestó Curt Svensson.

– De acuerdo. Empecemos de todos modos. ¿Qué tenemos? -inquirió Ekström sin más preámbulos. Señaló a Bublanski en primer lugar.

– Hemos buscado al abogado Nils Bjurman. No está en casa y tampoco en su despacho. Según un vecino suyo, abogado, enfermó hace dos años y en la práctica ha abandonado todas sus actividades.

Sonja Modig continuó:

– Bjurman tiene cincuenta y seis años de edad, carece de antecedentes penales. Es, principalmente, abogado de empresas. No me ha dado tiempo a averiguar más.

– Pero ¿es el propietario del arma que se usó en Enskede?