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Se quedó indeciso un instante en el rellano de la escalera antes de dar la vuelta, algo frustrado, y abandonar el inmueble. Volvió a su casa de Bellmansgatan caminando a paso lento, puso la cafetera eléctrica y abrió los periódicos vespertinos mientras le echaba un vistazo a la edición nocturna de Rapport. Se sentía ligeramente preocupado y, por enésima vez, se preguntó qué habría ocurrido en realidad.

Un año antes, durante las fiestas de Navidad, había invitado a Lisbeth Salander a su casita de Sandhamn. Allí dieron largos paseos hablando tranquilamente sobre las consecuencias de aquellos dramáticos acontecimientos en los que ambos acababan de verse implicados y que Mikael, a posteriori, consideraría una crisis vital. Condenado por difamación, había pasado un par de meses en la cárcel, su carrera profesional como periodista se había hundido en el lodo y había abandonado el puesto de editor de la revista Mille

Durante esa persecución conoció a Lisbeth Salander. Distraídamente, Mikael se puso a toquetear la leve cicatriz que la soga había dejado por debajo de su oreja izquierda. Lisbeth no sólo le había ayudado a dar con el asesino, le había salvado la vida, literalmente.

Una vez tras otra lo sorprendió con sus curiosas habilidades: una memoria fotográfica y extraordinarios conocimientos de informática. Mikael Blomkvist se consideraba relativamente competente en la materia, pero Lisbeth Salander manejaba los ordenadores como si estuviera aliada con el mismísimo diablo. Poco a poco se había ido dando cuenta de que ella era una hacker de categoría mundial y de que, dentro de aquel exclusivo club internacional que se dedicaba a actividades delictivas en la informática de más alto nivel, ella era una leyenda, aunque sólo fuera conocida con el pseudónimo de Wasp.

Fue la capacidad de Lisbeth para entrar y salir de los ordenadores ajenos lo que le dio a Mikael el material que necesitaba para convertir su fracaso periodístico en el caso We

Un año antes ese scoop le había dado una enorme satisfacción: supuso una venganza personal y la manera de salir de esa marginación profesional en la que se encontraba. Pero aquel sentimiento desapareció en seguida. Antes de que pasaran un par de semanas ya estaba harto de contestar a las mismas preguntas de los periodistas y de los policías de la Brigada de Delitos Económicos. «Lo siento, pero no puedo revelar mis fuentes.» Un día, un periodista del Azerbajdzjan Times, publicado en inglés, se tomó la molestia de ir a Estocolmo sólo para hacerle las mismas preguntas tontas. Fue la gota que colmó el vaso. Mikael había reducido al mínimo el número de entrevistas, y durante los últimos meses, con escasas excepciones, sólo aceptaba entrevistas cuando «la de TV4» llamaba y lo convencía. Pero eso únicamente sucedía si la investigación entraba en una nueva fase.

La colaboración de Mikael con «la de TV4» respondía, además, a otras razones. Ella había sido la primera periodista en apostar por la noticia. Sin su labor la noche del mismo día en que Mille

La primera semana cubrió personalmente la información -era, de hecho, la única periodista bien informada sobre el tema- pero unos días antes de Navidad, Mikael se dio cuenta de que tanto los comentarios como los nuevos enfoques de la historia les habían sido encargados a sus colegas masculinos. Durante el fin de año, Mikael se enteró de que ella había sido apartada a codazos del tema con la excusa de que una historia tan importante debía ser tratada por los periodistas serios de economía y no por una niñata de Gotland, de Bergslagen o de donde cono fuera. La siguiente vez que los de TV4 lo llamaron para pedirle unas declaraciones, Mikael se limitó a decir que sólo aceptaría si ella hacía las preguntas. Transcurrieron unos días de contrariado silencio antes de que los chicos de TV4 claudicaran.

El decreciente interés de Mikael por el caso We

Se despidieron el día después de Navidad y no la vio durante los días anteriores a la Nochevieja. Una noche antes la telefoneó, pero ella no contestó.

En Nochevieja, Mikael acudió a su casa en dos ocasiones y llamó a la puerta. La primera vez había luz en su piso, pero ella no abrió. La segunda, el piso se encontraba a oscuras. El día de Año Nuevo volvió a llamarla, sin ningún éxito. A partir de entonces lo único que escuchó fue que el abonado no estaba disponible.

Durante los días sucesivos la vio dos veces. Como no había podido contactar con ella por teléfono, una tarde, a principios de enero, fue a su casa y se sentó a esperarla en la escalera, ante su misma puerta, con un libro en la mano. Permaneció allí pacientemente durante cuatro horas, hasta que ella apareció, poco antes de las once de la noche. Llevaba una caja de cartón y se paró en seco al verlo.

– Hola, Lisbeth -saludó, y cerró el libro.

Ella lo contempló con rostro inexpresivo, sin el menor atisbo de dulzura o amistad en la mirada. Luego pasó por delante de él e introdujo la llave en la puerta.

– ¿Me invitas a un café? -preguntó Mikael.

Ella se volvió y le dijo en voz baja:

– Vete. No quiero volver a verte.

Luego le dio con la puerta en las narices a un perplejo y desconcertado Mikael Blomkvist. La oyó echar la llave por dentro.

La segunda vez que la vio fue sólo tres días más tarde. Iba en el metro, desde Slussen hasta T-Centralen y, al detenerse el tren en Gamia Stan, miró por la ventana y la vio en el andén, a menos de dos metros. La descubrió exactamente en el mismo momento en el que las puertas se cerraban. Durante cinco segundos, ella lo atravesó con la mirada como si fuese transparente. Acto seguido, se dio la vuelta, echó a andar y desapareció de su campo de visión justo cuando el tren se puso en marcha.

El mensaje no daba lugar a malentendidos: Lisbeth Salander no quería tener ninguna relación con Mikael Blomkvist. Lo había eliminado de su vida con la misma eficacia con la que suprimía archivos de su ordenador, sin más explicaciones. Había cambiado el número de su móvil y no contestaba al correo electrónico.

Mikael suspiró, apagó el televisor, se acercó a la ventana y se puso a contemplar el Ayuntamiento.

Se preguntaba si obstinándose en pasar por su casa con regularidad estaba actuando correctamente. La actitud de Mikael siempre había sido quitarse del medio cuando una mujer daba señales tan claras de que no quería saber nada de él. A su modo de ver, no respetar eso sería una falta de consideración.

Mikael y Lisbeth se habían acostado. Pero fue ella quien tomó la iniciativa, y la relación duró seis meses. Que ella hubiera decidido acabar la historia tan sorprendentemente como la empezó no suponía ningún problema para Mikael; eso era asunto suyo. Mikael no tenía inconveniente alguno en aceptar el papel de ex novio -en el supuesto caso de que lo fuese-, pero ese total rechazo por parte de Lisbeth Salander lo desconcertaba.

No estaba enamorado de ella -eran más o menos tan incompatibles como podrían serlo dos personas cualesquiera-, pero la quería mucho y echaba de menos a esa maldita y complicada mujer. Había creído que la amistad era mutua. En resumen, se sentía como un idiota.

Permaneció junto a la ventana un buen rato.

Al final se decidió.

Si Lisbeth Salander lo odiaba tanto como para ni siquiera saludarlo cuando se veían en el metro, entonces su amistad tal vez se hubiera acabado y el daño era ya irreparable. A partir de ahora no intentaría volver a contactar con ella.

Lisbeth Salander consultó su reloj y constató que, a pesar de hallarse sentada a la sombra, estaba empapada de sudor. Eran las diez y media de la mañana. Memorizó una fórmula matemática de tres líneas de largo y cerró el libro Dimensions in Mathematics. Acto seguido cogió de la mesa la llave de la habitación y el paquete de tabaco.

Su habitación se encontraba en la segunda planta, que era, además, el último piso del hotel. Se quitó la ropa y se metió en la ducha.

Una lagartija verde de veinte centímetros la miró fijamente desde la pared, a poca distancia del techo. Lisbeth Salander le devolvió la mirada pero no hizo ningún amago de espantarla. Las lagartijas estaban por toda la isla y se colaban en las habitaciones a través de las persianas venecianas de las ventanas abiertas, por debajo de las puertas o a través del ventilador del sistema de refrigeración. Se sentía a gusto con esa compañía que, sobre todo, la dejaba en paz. El agua estaba fría pero no gélida, de modo que permaneció bajo la ducha durante cinco minutos para refrescarse.

Cuando volvió a salir a la habitación se detuvo desnuda delante del espejo del armario y, extrañada, examinó su cuerpo. Seguía pesando solamente unos cuarenta kilos y medía poco más de un metro y cincuenta centímetros. Qué le iba a hacer. Sus miembros eran delgados como los de una muñeca; sus manos, pequeñas. Y apenas tenía caderas.

Pero ahora tenía pechos.

Siempre había tenido el pecho plano, como si todavía no hubiese entrado en la pubertad. Dicho llanamente: siempre le pareció desagradable mostrarse desnuda porque se veía ridícula.

De repente, tenía pechos. No eran dos melones (cosa que no deseaba y que, con su flaco cuerpo, habría sido ridículo), sino dos pechos firmes y redondos de tamaño medio. El cambio se había efectuado con cuidado y las proporciones eran razonables. Pero la diferencia resultaba radical, tanto para su aspecto como para su bienestar personal.

Había pasado cinco semanas en una clínica de las afueras de Génova para hacerse con los implantes que constituirían la base de sus futuros pechos. Había elegido la clínica y los médicos de mejor reputación de Europa. La doctora, una mujer encantadora y dura de pelar, llamada Alessandra Perrini, había concluido que sus pechos no se habían desarrollado bien y que, por lo tanto, se podría realizar un aumento atendiendo a razones médicas.