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El sábado anterior a la semana de Pascua, Mikael Blomkvist visitó, por la noche, a una antigua novia de Slipgatan, en Hornstull. Había aceptado -algo raro en él- una invitación para una fiesta. Ella estaba casada y ya no tenía ningún interés en mantener relaciones íntimas con Mikael, pero trabajaba en los medios y solían saludarse cuando, ocasionalmente, se cruzaban. Ella acababa de terminar un libro -con el que llevaba, por lo menos, diez años- que trataba de algo tan curioso como la visión que se tiene de las mujeres dentro de los medios de comunicación. En una ocasión, Mikael contribuyó con material para el libro, cosa que motivó esa invitación.
El papel de Mikael se limitó a investigar un sencillo tema. Había sacado el documento donde figuraba la estrategia para conseguir una igualdad sexual que la agencia TT, Dagens Nyheter, Rapport y numerosos otros medios se jactaban de respetar, y luego contó cuántos hombres y cuántas mujeres había en la dirección de esas empresas por encima de secretaria de redacción. El resultado fue vergonzoso. Director general: hombre. Presidente de la junta directiva: hombre. Editor jefe: hombre. Jefe de redacción internacional: hombre. Jefe de redacción: hombre… y así sucesivamente hasta que, más bien como una excepción, apareció la primera mujer, tipo estrella de los informativos o magazines, como Christina Sutterström o Amelia Adamo.
La fiesta era privada y la mayoría de los invitados eran personas que, de uno u otro modo, la habían ayudado con el libro.
Fue una velada muy animada, con buena comida y distendida charla. Mikael había pensado volver a casa bastante temprano, pero casi todos los allí presentes eran viejos conocidos que raramente coincidían. Además, ninguno de ellos le dio demasiado la lata con el caso We
Mikael vio pasar el autobús nocturno antes de llegar a la parada, pero la noche no era fría y, en vez de esperar al próximo, decidió volver andando a casa. Siguió por Högalidsgatan hasta la iglesia y giró en Lundagatan, lo que le despertó viejos recuerdos.
Mikael había mantenido la promesa que hizo en diciembre de no pasar por Lundagatan para no alimentar la vana ilusión de que Lisbeth Salander volviese a aparecer en su horizonte. Esa noche se detuvo, en la acera de enfrente, ante su portal. Le asaltó el impulso de cruzar la calle y llamar a su puerta, pero se dio cuenta de las pocas esperanzas que había de que ella estuviera y de la probabilidad aun menor de que quisiera hablar con él.
Al final, se encogió de hombros y siguió caminando hacia Zinkensdamm. No había avanzado ni unos sesenta metros cuando oyó un ruido. Giró la cabeza y el corazón le dio un vuelco; resultaba difícil no reconocer ese delgaducho cuerpo. Lisbeth Salander acababa de salir a la calle y caminaba en dirección opuesta. Ella se detuvo frente a un coche que estaba aparcado.
Mikael abrió la boca para llamarla, pero la voz se ahogó en la garganta. De repente, vio que una silueta se separaba de uno de los coches estacionados en el arcén. Era un hombre que, como deslizándose, se acercaba a Lisbeth por detrás. A Mikael le dio la impresión de que era alto y de que tenía una prominente barriga. Llevaba coleta.
En el mismo momento en que iba a meter la llave en la puerta de su Honda color burdeos, Lisbeth Salander oyó un ruido y, por el rabillo del ojo, percibió un movimiento. Él se acercó por detrás, en diagonal, y ella se dio media vuelta un segundo antes de que él llegara. Lo identificó inmediatamente como Carl-Magnus Magge Lundin, treinta y seis años, Svavelsjö MC, el que días atrás se había reunido con el gigante rubio en el Blombergs Kafé.
Registró inmediatamente a Magge Lundin como un tipo de unos ciento veinte kilos de peso y aspecto agresivo. Lisbeth no lo dudó ni un microsegundo: usó las llaves a modo de puño americano y le golpeó con la rapidez de un reptil, produciéndole un profundo corte en la mejilla, desde el nacimiento de la nariz hasta la oreja. Acto seguido, el tipo abrazó el aire. A Lisbeth Salander parecía habérsela tragado la tierra.
Mikael Blomkvist vio que Lisbeth Salander le pegaba un puñetazo. En cuanto golpeó a su atacante, se echó al suelo y, rodando, se metió bajo el vehículo.
Un segundo después, Lisbeth ya estaba en pie, al otro lado del coche, preparada para la batalla o para huir. Por encima del capó, cruzó su mirada con la de su enemigo e inmediatamente se decidió por la segunda alternativa. A él le sangraba la mejilla. Antes de que le diera tiempo a distinguirla, ella ya se alejaba por Lundagatan, en dirección a la iglesia de Högalid.
Mikael permaneció paralizado, con la boca abierta, cuando, de repente, el agresor echó a correr tras Lisbeth Salander. Parecía un tanque persiguiendo a un cochecito de juguete.
Lisbeth subió las escaleras, dos peldaños por zancada, hasta la parte alta de Lundagatan. Una vez arriba miró de reojo y vio que su perseguidor ponía el pie en el primer escalón. «Es rápido.» Ella estuvo a punto de tropezar con los triángulos señalizadores y los montones de arena de una zanja abierta en plena calle por los operarios municipales, pero en el último segundo los vio y los esquivó.
Magge Lundin casi había subido las escaleras cuando Lisbeth Salander volvió a entrar en su campo de visión. Le dio tiempo a percibir que ella le tiraba algo, pero no a reaccionar antes de que el adoquín le diera en una sien. No fue un lanzamiento muy certero, pero llevaba una considerable fuerza y le abrió otra brecha en la cara. Sintió que perdía el equilibrio y que el mundo le daba vueltas al caer de espaldas, rodando por las escaleras. Consiguió frenar la caída agarrándose a la barandilla, pero perdió varios segundos.
El estado de parálisis de Mikael cesó en cuanto el hombre desapareció por las escaleras. Le gritó que la dejara en paz.
Lisbeth había atravesado la mitad de una plazoleta cuando reparó en la voz de Mikael. «¡Por todos los diablos!» Cambió de dirección y se asomó a la barandilla. Vio a Mikael Blomkvist a tres metros por debajo de ella. Dudó una décima de segundo antes de salir pitando de nuevo.
En el mismo instante en que Mikael echó a correr hacia las escaleras, se percató de que una Dodge Van arrancó delante del portal de Lisbeth Salander, justo al lado del coche que ella había intentado abrir. El vehículo salió y enfiló rumbo a Zinkensdamm. Al pasar ante él, Blomkvist vislumbró una cara, pero bajo la tenue iluminación nocturna la matrícula resultaba ilegible.
Indeciso, miró de reojo el vehículo pero salió en pos del perseguidor de Lisbeth. Le dio alcance en lo alto de las escaleras. El hombre se había parado de espaldas a Mikael y permanecía inmóvil, observando los alrededores.
Justo cuando Blomkvist lo alcanzó, se dio media vuelta y, con el dorso de la mano, propinó a Mikael un fuerte revés en la cara. Lo pilló completamente desprevenido. Se desplomó y cayó de cabeza por las escaleras.
Lisbeth oyó los semiapagados gritos de Mikael y estuvo a punto de detenerse. «¿Qué diablos está pasando?» Luego miró de reojo y vio que Magge Lundin, a unos cuarenta metros de distancia, echaba a correr hacia ella. «Es más rápido. Me va a alcanzar.»
Interrumpió sus pensamientos, giró a la izquierda y subió a toda pastilla un par de escaleras, hasta la zona ajardinada que había entre los edificios. Llegó a una plazoleta que no ofrecía el más mínimo escondite y recorrió el tramo que distaba hasta la próxima esquina en un tiempo que habría impresionado a la mismísima Carolina Klüft, la campeona del heptatlón. Torció a la derecha, se dio cuenta de que se adentraba en un callejón sin salida y dio media vuelta. Justo cuando llegó a la fachada lateral del siguiente edificio descubrió a Magge Lundin en las escaleras. Ella continuó saliendo de su campo de visión unos cuantos metros más y se tiró de cabeza a unos rododendros que crecían en una jardinera que había a lo largo de toda la fachada lateral.
Oyó los pesados pasos de Magge Lundin, pero no lo pudo ver. Permaneció completamente quieta entre los arbustos y arrimada a la pared.
Lundin pasó ante su escondite y se paró a menos de cinco metros. Esperó unos diez segundos antes de continuar su búsqueda a la carrera. Volvió unos minutos después. Se detuvo en el mismo sitio que antes. Esta vez permaneció inmóvil durante treinta segundos. Lisbeth tensó los músculos, preparada para huir de inmediato si la descubría. Luego él volvió a moverse. Pasó a menos de dos metros de ella. Oyó que sus pasos se alejaban.
A Mikael le dolía el cuello y la mandíbula cuando, aturdido y a duras penas, consiguió ponerse de pie. Notó el sabor de la sangre de su labio partido. Intentó dar unos pasos pero se tambaleó.
Llegó nuevamente a lo alto de las escaleras y miró a su alrededor. Vio que el agresor corría cien metros calle abajo. El hombre de la coleta se detuvo y paseó la mirada entre los edificios y, acto seguido, continuó corriendo por la calle. Mikael se asomó a la barandilla y lo vio cruzar Lundagatan y entrar en el mismo Dodge Van que unos instantes antes había arrancado delante del portal de Lisbeth Salander. La furgoneta desapareció inmediatamente al doblar la esquina de la calle que bajaba hacia Zinkensdamm.
Mikael paseó lentamente por la parte alta de Lundagatan, buscando a Lisbeth Salander. Ni rastro. La verdad era que no vio ni un alma y se asombró de lo desierta que podía estar una calle de Estocolmo a las tres de la madrugada de un domingo de marzo. Al cabo de un rato volvió al portal de Lisbeth, en la parte baja de Lundagatan. Al pasar ante el coche donde se produjo la agresión pisó algo y reconoció las llaves de Lisbeth. Cuando se inclinó para recogerlas, descubrió su bolso debajo del coche.
Sin saber qué hacer, Mikael se quedó un largo rato esperando. Al final se acercó al portal y probó las llaves. No entraban.
Lisbeth Salander permaneció entre los arbustos durante quince minutos sin moverse más que para consultar el reloj. A las tres y pico oyó que un portal se abría y se cerraba, así como unos pasos que se dirigían hacia el aparcamiento de bicicletas.
En cuanto el ruido cesó se puso lentamente de rodillas y asomó la cabeza entre los arbustos. Examinó cada rincón de la plazoleta pero no vio a Magge Lundin. Con la máxima prudencia -siempre alerta y preparada para dar la vuelta y salir huyendo en cualquier momento- dirigió sus pasos hacia la calle. Se quedó arriba, junto a la barandilla, escudriñando toda Lundagatan. Vio a Mikael Blomkvist delante de su portal. Sostenía su bolso.
Se quedó completamente quieta, oculta tras una farola cuando la mirada de Mikael Blomkvist barrió la parte alta de la calle. No la descubrió.
Mikael Blomkvist permaneció ante el portal más de treinta minutos. Ella lo observó, paciente e inmóvil, hasta que él se rindió y echó a andar hacia Zinkensdamm. Cuando Mikael desapareció de su campo de visión, Lisbeth aguardó un instante antes de reflexionar sobre lo ocurrido.
«Mikael Blomkvist.»
No le entraba en la cabeza cómo era posible que él hubiera surgido de la nada. Por lo demás, la agresión no daba lugar a muchas interpretaciones.
«Carl Magnus Lundin de los Cojones.»