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Se acercó y la volvió a besar en la mejilla.

– Tranquilo, hasta dentro de tres semanas no seré doctora. Y las manos quietas cuando estoy conduciendo.

Dag Svensson se rió. Luego se puso serio.

– Por cierto, y siento aguarte la fiesta, hará un año que entrevistaste a una chica llamada Irina P.

– Irina P., veintidós años, de San Petersburgo. Llegó aquí por primera vez en 1999 y luego hizo unos cuantos viajes más. ¿Por qué?

– Hoy he visto a Guibrandsen, el policía que llevaba la investigación de los burdeles de Södertälje. ¿Te has enterado de que la semana pasada encontraron a una chica flotando en el canal de Södertälje? La noticia apareció con grandes titulares en los vespertinos. Era Irina P.

– ¡Oh, no! ¡Qué horror!

Se quedaron en silencio justo al pasar por Skansktull.

– Está en la tesis -dijo finalmente Mia Bergman-. Bajo el seudónimo de Tamara.

Dag Svensson abrió From Russia with Love por el capítulo dedicado a las entrevistas y buscó a Tamara. Leyó atentamente mientras Mia pasó por Gullmarsplan y por Globen.

– La trajo una persona a la que llamas Anton.

– No puedo emplear nombres verdaderos. Me han advertido de que en la defensa de la tesis me lo podrían criticar. Las chicas han de aparecer bajo seudónimo. Se juegan la vida. Consecuentemente, tampoco nombro a los puteros, ya que entonces les sería muy fácil deducir con qué chica he estado hablando. Así que, para que no haya detalles concretos, sólo uso nombres falsos y personas anónimas en todos los casos.

– ¿Quién es Anton?

– Probablemente se llame Zala. Nunca lo he conseguido identificar, pero creo que es polaco o yugoslavo, y que en realidad tiene otro nombre. Hablé con Irina P. cuatro o cinco veces y hasta nuestro último encuentro no lo mencionó. Estaba intentando arreglar su vida y pensaba dejarlo, pero le tenía un miedo terrible.

– Mmm… -dijo Dag Svensson.

– ¿Qué?

– Me estaba preguntando… Hará un par de semanas que me topé con el nombre de Zala.

– ¿Dónde?

– Le enseñé el material a Sandström. Ese maldito periodista putero. Joder, es un verdadero hijo de puta.

– ¿Por qué?

– En primer lugar no es un auténtico periodista. Hace revistas promocionales para empresas. Lo que pasa es que tiene unas fantasías tremendamente enfermizas con violaciones que luego lleva a cabo con esa chica…

– Ya lo sé. Fui yo quien la entrevistó.

– Pero ¿has visto que ha hecho el layout de un folleto informativo para el Instituto Nacional de Salud Pública sobre enfermedades de transmisión sexual?

– No lo sabía.

– Me entrevisté con él la semana pasada y le enseñé el material. Se quedó completamente hecho polvo, claro está, cuando le presenté toda la documentación y le pregunté por qué iba con putas adolescentes de los países del Este para hacer realidad sus fantasías de violación. Al final me dio algo parecido a una explicación.

– ¿Ah sí?

– Sandström ha ido a parar a una situación en la que no sólo es cliente sino que también lleva a cabo una serie de gestiones para la mafia sexual. Me facilitó los nombres de los que conocía, entre ellos el de Zala. No dijo nada en especial sobre él, pero es un nombre bastante poco habitual.

Mia Bergman lo miró de reojo.

– ¿No sabes quién es? -preguntó Dag.

– No. Nunca he podido identificarlo. Sólo es un nombre que aparece de vez en cuando. Las chicas parecen tenerle un miedo impresionante y nadie ha querido contar nada más.