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Lisbeth Salander volvió derecha a su casa de Mosebacke. Apresuró el paso con la sensación de que el tiempo apremiaba.

Llamó a Södersjukhuset y, tras dar la tabarra un rato en unas cuantas centralitas del hospital, consiguió localizar a Holger Palmgren. Hacía catorce meses que se encontraba en la residencia de rehabilitación de Erstaviken, en Älta. De inmediato, Äppelviken acudió a su mente. Al llamar le dijeron que estaba durmiendo pero que lo podría visitar al día siguiente.

Lisbeth pasó la noche en su piso, deambulando de un lado para otro. Se sentía incómoda. Se acostó temprano y se durmió casi en seguida. Se despertó a las siete, se duchó y desayunó en el 7-Eleven. A eso de las ocho se acercó hasta la oficina de alquiler de coches de Ringvägen. «Tengo que comprarme un coche.» Alquiló el mismo Nissan Miera que había cogido un par de semanas antes para ir a Äppelviken.

Nada más aparcar delante de la residencia la invadió un repentino nerviosismo, pero hizo de tripas corazón y entró. Se acercó a la recepción y solicitó ver a Holger Palmgren.

Una mujer llamada Margit, según rezaba en su placa identificativa, consultó sus papeles y le comentó que se hallaba en fisioterapia y que no estaría disponible hasta después de las once. Lisbeth podía esperar en la sala de espera o volver más tarde. Se dirigió al aparcamiento, se sentó en el coche y se fumó tres cigarrillos mientras esperaba. A las once regresó a la recepción. Le dijeron cómo llegar al comedor: cogiendo el pasillo de la derecha hasta el final y luego girando a la izquierda.

Se detuvo en la entrada y descubrió a Holger Palmgren en un comedor medio vacío. Se encontraba sentado de frente respecto a ella, concentrado en un plato. Sostenía torpemente el tenedor con toda la mano e intentaba, con gran esfuerzo, llevarse la comida a la boca. Aproximadamente una de cada tres veces fracasaba en su intento y la comida se le caía del tenedor.

Se le veía hundido y parecía tener cien años. Su rostro estaba extrañamente rígido. Se hallaba en una silla de ruedas. Fue entonces cuando Lisbeth Salander asimiló que, efectivamente, estaba vivo y cuando constató que Armanskij no le había mentido.

Holger Palmgren juró en silencio mientras por tercera vez intentó coger un poco de pastel de macarrones con el tenedor. Aceptaba que no podía andar bien y que había otras cosas que tampoco era capaz de hacer. Pero odiaba no poder comer en condiciones, y que a veces babeara, como un bebé.

Mentalmente sabía a la perfección cómo hacerlo. Bajar el tenedor con el ángulo apropiado, empujar, levantarlo y llevárselo a la boca. Pero había algún problema con la coordinación. La mano parecía tener vida propia: cuando daba la orden para elevarla, ésta se desplazaba lentamente a un lado; cuando la dirigía hacia la boca, cambiaba de dirección en el último momento y se iba hacia la mejilla o la barbilla.

Pero también sabía que la rehabilitación daba resultado. Apenas seis meses antes la mano le temblaba tanto que no podía llevarse a la boca ni un solo bocado. Ahora es cierto que las comidas le llevaban su tiempo, pero, por lo menos, comía sin ayuda. No pensaba rendirse hasta que volviera a recuperar el completo control de sus miembros.

Estaba bajando el tenedor para coger más comida cuando una mano apareció por detrás y se lo quitó suavemente. Vio cómo la mano pinchaba un poco de pastel de macarrones y lo levantaba. Inmediatamente reconoció aquella delgada mano de muñeca, giró la cabeza y se encontró con los ojos de Lisbeth Salander a menos de diez centímetros de su cara. Su mirada se mantenía a la expectativa. Parecía angustiada.

Durante un largo rato, Palmgren permaneció inmóvil contemplando su rostro. De repente el corazón le empezó a palpitar de una manera absurda. Luego abrió la boca y aceptó la comida.

Le dio de comer bocado a bocado. Por lo general, Palmgren odiaba que lo ayudaran en el comedor, pero entendió que Lisbeth Salander necesitaba hacerlo. No es que él fuera un desvalido vegetal. Ella le daba de comer como un gesto de humildad: un sentimiento sumamente raro, tratándose de ella. Le preparaba porciones de un tamaño adecuado y esperaba a que terminara de masticar. Cuando él le señaló un vaso de leche que tenía una pajita, ella se lo sostuvo para que pudiera beber.

No intercambiaron palabra durante toda la comida. En cuanto él tragó el último bocado, ella soltó el tenedor y lo interrogó con la mirada. Él negó con la cabeza. «No, no quiero más.»

Holger Palmgren se reclinó en la silla de ruedas e inspiró hondo. Lisbeth levantó la servilleta y le limpió la boca. De repente se sintió como si fuera el jefe de la mafia de una película norteamericana en la que un capo di tutti capi le presentaba sus respetos. Se imaginó a Lisbeth besándole la mano y sonrió ante la absurda fantasía.

– ¿Hay alguna manera de conseguir un café en este sitio? -preguntó ella.

Él balbuceó. Ni sus labios ni su lengua podían articular los sonidos correctamente.

– Msa volver esqna. («La mesa que hay al volver la esquina.»)

– ¿Quieres uno? ¿Con leche y sin azúcar, como siempre?

Le indicó que «sí» con un movimiento de cabeza. Ella se llevó la bandeja y volvió al cabo de un par de minutos con dos tazas de café. Él reparó en que Lisbeth tomaba el café solo, lo cual era raro. Sonrió al advertir que ella había guardado la pajita del vaso de leche para su café. Permanecieron en silencio. Holger Palmgren quería decir mil cosas pero no fue capaz de pronunciar sílaba alguna. Sus miradas, en cambio, se cruzaron una y otra vez. Lisbeth Salander tenía cara de sentirse terriblemente culpable. Al final rompió su silencio.

– Creí que estabas muerto -dijo-. No sabía que vivías. Si lo hubiera sabido, nunca habría… te habría visitado hace ya mucho tiempo.

Él asintió.

– Perdóname.

Volvió a asentir. Sonrió. Fue una sonrisa torcida, una curvatura de labios.

– Te encontrabas en coma y los médicos dijeron que te ibas a morir. Pensaban que fallecerías en uno o dos días, así que yo me marché de allí. Lo siento. Perdóname.

Él levantó su mano y la puso sobre la de ella, pequeña. Ella se la apretó fuertemente y suspiró de alivio.

– Tabas desparcida. («Estabas desaparecida.»)

– ¿Has hablado con Dragan Armanskij?

Él movió la cabeza afirmativamente.

– He estado de viaje. Tuve que marcharme. No me despedí de nadie. Me fui sin más. ¿Estabas preocupado?

Negó con la cabeza.

– No tienes que preocuparte nunca por mí.

– Nnca tado procupdo. Tú sempre… t las apñas. Per Armskij taba procupdo. («Nunca he estado preocupado por ti. Tú siempre te las apañas. Pero Armanskij sí estaba preocupado.»)

Por primera vez ella sonrió y Holger Palmgren se relajó. Era la misma torcida sonrisa de siempre. La miró de arriba abajo. Comparó la imagen que guardaba de ella en la memoria con la de la chica que ahora se hallaba frente a él. Había cambiado. Estaba entera, limpia y bien vestida. Se había quitado el piercing del labio y… mmm… el tatuaje de la avispa del cuello tampoco estaba. Parecía adulta. Por primera vez en muchas semanas, Palmgren se rió. Sonó como un ataque de tos.

Lisbeth mostró una sonrisa aún más torcida y de repente un cálido sentimiento que llevaba mucho tiempo sin experimentar inundó su corazón.

– Tlass arrglado ben. («Te las has arreglado bien.»)

Señaló su ropa con el dedo. Ella asintió.

– Me las arreglo estupendamente.

– ¿Q tal nuvo mintrador? («¿Qué tal el nuevo administrador?»)

Holger Palmgren vio que la cara de Lisbeth se ensombrecía. De repente, su boca se tensó ligeramente. Ella lo contempló con ojos inocentes.

– Bien… Sé manejarlo.

Las cejas de Palmgren se arquearon a modo de interrogación. Lisbeth miró a su alrededor y cambió de tema.

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

Palmgren no se había caído de un guindo. Había sufrido una apoplejía y le costaba hablar y coordinar sus movimientos, pero su inteligencia permanecía intacta y su radar en seguida detectó un tono falso en la voz de Lisbeth Salander. Desde que la conocía se había dado cuenta de que ella jamás mentía directamente, pero también de que no siempre era del todo sincera. Su manera de mentir consistía en desviar el tema. Al parecer, había algún problema con el nuevo administrador, lo que no sorprendía a Holger Palmgren.

De repente sintió un profundo arrepentimiento. ¿Cuántas veces había pensado en contactar con su colega Nils Bjurman para enterarse del estado de Lisbeth Salander y acabó renunciando a ello? ¿Y por qué no se había metido con el tema de la declaración de incapacidad de Lisbeth mientras le quedaban fuerzas para hacer algo? Sabía por qué: egoistamente, había querido mantener vivo el contacto con ella. Quería a esa cría tan condenadamente conflictiva como si fuera la hija que nunca tuvo, y deseaba tener alguna razón para continuar con la relación. Además, resultaba demasiado complicado y demasiado pesado para un vegetal como él, internado en una residencia, empezar a trabajar cuando incluso le costaba abrirse la bragueta cada vez que, tambaleándose, se dirigía al cuarto de baño. Se sentía como si en realidad fuera él quien había traicionado a Lisbeth Salander. «Pero ella siempre sobrevive… Es la persona más capaz que he conocido jamás.»

– Trbn.

– No te entiendo.

– Tribnl.

– ¿El tribunal? ¿A qué te refieres?

– Dbms anlar tu de… declcn d neaped…

Al no ser capaz de expresar las palabras, Holger Palmgren torció el gesto y enrojeció. Lisbeth le puso una mano en el brazo y se lo apretó cuidadosamente.

– Holger… no te preocupes por mí. He pensado ocuparme de mi declaración de incapacidad dentro de poco. Ese trabajo ya no te corresponde, pero no es del todo improbable que recurra a ti. ¿Te parece bien? ¿Serías mi abogado si te necesitara?

Él negó con la cabeza.

– Dmasdo vij -golpeó la mesa con un nudillo-. Vijj… bbo.

– Sí, con esa actitud estás demostrando que no eres más que un maldito viejo bobo. Yo necesito un abogado. Te quiero a ti. Tal vez no seas capaz de formular tus alegaciones finales en el tribunal, pero me podrás aconsejar llegado el momento. ¿Vale?

Volvió a negar con la cabeza. Luego asintió.

– ¿Trbjs?

– No te entiendo.

– ¿Dnd trab jas? ¿No Rmskich? («¿Dónde trabajas? ¿No trabajas para Armanskij?»)

Lisbeth dudó un minuto mientras pensaba cómo explicar su situación. Resultaba complicado.

– Holger, ya no trabajo para Armanskij. Ya no necesito trabajar para él para ganarme la vida. Tengo mi propio dinero y estoy bien.

El ceño de Palmgren volvió a fruncirse.

– A partir de ahora te voy a visitar muchas veces. Te lo contaré… pero no nos estresemos. Ahora mismo quiero hacer otra cosa.

Se agachó, puso una bolsa sobre la mesa y sacó un tablero de ajedrez.

– Hace dos años que no te doy una paliza al ajedrez.