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– No te lo estoy vendiendo. Puedes venirte esta misma noche y quedarte el tiempo que quieras; y no tendrías que pagar nada en un año. No me permiten alquilarlo pero sí hacer que figures en el contrato como mi pareja de hecho. Así te librarás de tener líos con los vecinos.

– Lisbeth: ¿me estás proponiendo matrimonio? -preguntó Mimmi, riéndose.

Lisbeth se puso más seria que un ministro.

– Yo no lo quiero para nada. Y no, no tengo intención de venderlo.

– O sea, ¿que puedo vivir allí gratis? ¿En serio?

– Sí.

– ¿Por cuánto tiempo?

– El que quieras. ¿Te interesa?

– Claro que me interesa. No recibo ofertas de un piso gratis en pleno Södermalm todos los días.

– Hay una pega.

– Lo suponía.

– Puedes quedarte el tiempo que quieras pero yo seguiré domiciliada aquí, de modo que las cartas te llegarán a ti. Todo lo que tienes que hacer es encargarte de mi correo y llamarme si hay algo de interés.

– Lisbeth, eres la tía más chiflada que conozco. ¿A qué te dedicas en realidad? ¿Dónde vas a vivir?

– Ya lo hablaremos -contestó Lisbeth evasivamente.

Acordaron verse esa misma tarde para que Mimmi pudiera echarle un vistazo a la casa. En cuanto colgó el teléfono, Lisbeth se sintió de mucho mejor humor. Consultó su reloj y constató que todavía le sobraba tiempo antes de que llegara Mimmi. Dejó el piso y bajó al Handelsbanken de Hornsgatan, donde cogió un número y esperó pacientemente su turno.

Se identificó y explicó que había pasado una temporada en el extranjero y que deseaba consultar el saldo de su cuenta corriente. Oficialmente, disponía de 82.670 coronas. La cuenta llevaba más de un año sin movimientos, a excepción de un ingreso de 9.312 coronas realizado durante el otoño: la herencia de su madre.

Lisbeth Salander sacó esa cantidad en metálico. Reflexionó un rato. Quería emplear el dinero en algo que hubiera hecho feliz a su madre. Algo apropiado. Se acercó hasta la oficina de correos de Rosenlundsgatan y, anónimamente, ingresó el importe en la cuenta de uno de los centros de acogida de mujeres maltratadas de Estocolmo. No supo muy bien por qué lo hizo.

Eran las ocho de la tarde del viernes cuando Erika apagó el ordenador y se estiró. Había pasado las últimas nueve horas ultimando el número de marzo de Mille

Así que Erika Berger se sentía cansada y le dolía el culo, pero se encontraba satisfecha tanto con el día como con la vida en general. La economía de la revista era estable, los gráficos eran ascendentes, los textos entraban antes del deadline o, por lo menos, no se retrasaban demasiado, el personal estaba contento y, más de un año después, todavía seguían con el subidón de adrenalina que el caso We

Tras haber dedicado un rato a masajearse el cuello, constató que necesitaba una ducha y pensó en usar el cuchitril que había detrás de la pequeña cocina. Pero le dio demasiada pereza y, en su lugar, puso los pies sobre la mesa. Dentro de tres meses cumpliría cuarenta y cinco años, y toda esa vida por delante, de la que todo el mundo hablaba, ya empezaba, cada día más, a formar parte de su pasado. En el contorno de los ojos y de la boca presentaba una fina red de pequeñas arrugas y líneas, pero sabía que todavía seguía siendo guapa. Dos veces por semana se sometía a unas infernales sesiones de gimnasio, pero había notado que, cuando navegaba con su marido, le resultaba cada vez más difícil trepar por el mástil del barco. Siempre le tocaba a ella. Greger tenía un vértigo terrible.

Erika constató también que sus primeros cuarenta y cinco años, a pesar de unos cuantos ups and downs, habían sido, en general, felices. Tenía dinero, estatus, una casa estupenda y un trabajo que le gustaba. Tenía un hombre cariñoso que la quería y del que, después de quince años de matrimonio, seguía enamorada. Y además, un agradable y, por lo visto, incansable amante, que si bien era cierto que no satisfacía su espíritu, sí lo hacía con su cuerpo cuando lo necesitaba.

Sonrió al pensar en Mikael Blomkvist. Se preguntó cuándo reuniría el coraje de confiarle el secreto de que se había enrollado con Harriet Vanger. Ninguno de los dos había dicho ni palabra sobre su relación, pero Erika no tenía ni un pelo de tonta. Fue en agosto, en la junta directiva, al reparar en una mirada que Mikael y Harriet se intercambiaron, cuando se dio cuenta de que había algo entre ellos. Por pura maldad, algo más tarde, esa misma noche, llamó tanto al móvil de Mikael como al de Harriet y se encontró, sin sorpresa alguna por su parte, con que los dos estaban apagados. Era cierto que eso no constituía ninguna prueba determinante, pero en las juntas directivas siguientes constató que, por las noches, el teléfono de Mikael tampoco se encontraba disponible. El otro día, después de la junta anual, casi le entró la risa al ver la rapidez con la que Harriet se levantó de la cena, con la tonta excusa de que quería ir al hotel para descansar. Erika ni pretendía husmear ni estaba celosa. Sin embargo, tenía en mente aprovechar alguna ocasión propicia para pincharlos con el tema.

No se metía en los asuntos de faldas de Mikael, pero esperaba que su relación con Harriet no derivara en futuros problemas para la junta. Aunque tampoco le quitaba el sueño. Mikael contaba con una larga serie de relaciones a sus espaldas, tras las cuales seguía manteniendo una amistad con la mujer en cuestión. Sólo en muy contadas ocasiones tuvo algún que otro quebradero de cabeza.

Erika Berger estaba enormemente contenta de ser amiga y confidente de Mikael. En ciertos aspectos, era tonto de remate, pero en otros se mostraba tan perspicaz que más bien parecía un oráculo. En cambio, Mikael no entendía el amor que Erika sentía por su marido. Simplemente nunca había comprendido por qué ella consideraba a Greger como un ser fascinante, cariñoso, interesante, generoso y, sobre todo, desprovisto de los típicos defectos masculinos que ella tanto odiaba. Greger era el hombre con el que deseaba envejecer. Le habría gustado tener niños con él, pero no había sido posible y ya resultaba demasiado tarde. Sin embargo, como compañero de vida no podía imaginar una alternativa mejor y más estable: una persona en quien confiar completa e incondicionalmente que siempre estaba cuando ella lo necesitaba.

Mikael era diferente. Se trataba de un hombre con tantas y tan variopintas facetas que a veces parecía presentar múltiples personalidades. En su trabajo era cabezota y siempre estaba centrado en su tarea, casi patológicamente. Cogía una historia y no la dejaba hasta que rozaba la perfección y ataba todos los cabos sueltos. En sus mejores momentos resultaba brillante, y en los peores era mucho mejor que la media. Parecía poseer un talento prácticamente intuitivo para olfatear en qué historia había gato encerrado y en cuál un simple artículo sin ningún tipo de interés. Erika Berger jamás se arrepintió de empezar a colaborar con Mikael.

Tampoco de haberse convertido en su amante.

La única persona que entendía la pasión sexual que Erika Berger sentía por Mikael Blomkvist era su marido, y la entendía porque ella se había atrevido a hablarle de sus necesidades. No se trataba de infidelidad sino de deseo. El sexo con Mikael Blomkvist le daba un subidón que ningún otro hombre era capaz de darle, incluido Greger.

Para Erika Berger el sexo era importante. Perdió su virginidad cuando tenía catorce años y dedicó gran parte de su adolescencia a buscar satisfacción, sin conseguirla. Lo probó todo, desde magreos con compañeros de clase y una relación complicada con un profesor mayor, hasta sexo por teléfono y sexo suave, de terciopelo, con un neurótico. Del mundo del erotismo experimentó casi todo lo que le interesaba. Coqueteó con el bondage y fue miembro del Club Extreme, que organizaba fiestas no del todo aceptadas socialmente. En varias ocasiones tuvo experiencias sexuales con otras mujeres, constatando, decepcionada, que no era lo suyo y que éstas no eran capaces de excitarla ni una mínima parte de lo que lo hacía un hombre. O dos. Junto con Greger había explorado el sexo con dos hombres -uno de ellos un destacado galerista- y descubrió no sólo que su marido presentaba marcadas inclinaciones bisexuales y que ella misma casi se paralizó de placer al sentir cómo dos hombres la acariciaban y satisfacían simultáneamente, sino también que experimentaba una sensación placentera difícil de interpretar al ver cómo su marido era acariciado por otro hombre. Repitieron el trío con el mismo éxito con un par de personas a las que empezaron a recurrir con regularidad.

Su vida sexual con Greger, por tanto, no resultaba ni aburrida ni insatisfactoria; lo que sucedía era que con Mikael Blomkvist la experiencia se le antojaba completamente diferente.

Él tenía talento. Aquello, simplemente, era SJB. Sexo Jodidamente Bueno.

Tan bueno que ella lo vivía como si hubiese alcanzado el equilibrio óptimo entre Greger como marido y Mikael como amante, según sus necesidades. No podía vivir sin ninguno de los dos y no pensaba elegir.

Y su marido lo entendía. Por muy ingeniosos que fueran los acrobáticos ejercicios que él realizara en el jacuzzi, ella tenía una necesidad que iba más allá de lo que él podía ofrecerle.

Lo que más le gustaba a Erika de su relación con Mikael era el prácticamente inexistente control que Mikael ejercía sobre ella. No era en absoluto celoso y -aunque a ella le entraran varios ataques de celos cuando empezaron a salir, hacía ya veinte años- Erika había descubierto que con él no tenía por qué mostrarse celosa. Lo suyo se basaba en la amistad, y la lealtad de Mikael como amigo carecía de límites. Se trataba de una relación que podía superar las pruebas más difíciles.

Erika Berger era consciente de que pertenecía a un grupo de personas cuyo modo de vida no tendría mucho éxito entre los miembros de la asociación cristiana de amas de casa de Skövde. No le preocupaba. Ya en su adolescencia, decidió que lo que ella hiciera en la cama y cómo viviera su vida no concernía a nadie más que a ella. Pero, aun así, la irritaba que muchos de sus conocidos siempre cuchichearan y cotillearan a sus espaldas sobre su relación con Mikael Blomkvist.

Mikael era un hombre; podía ir de cama en cama sin que nadie arqueara una ceja. Ella era una mujer y el hecho de que tuviera un amante -contando, incluso, con la bendición de su marido y considerando, además, que llevaba veinte años siéndole fiel a su amante- daba lugar a unas interesantísimas conversaciones de sobremesa.

Fuck you all. Reflexionó un rato y luego descolgó el teléfono para llamar a su marido.

– Hola, cariño. ¿Qué haces?

– Estoy escribiendo.