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Capítulo 5 Miércoles, 12 de enero -Viernes, 14 de enero
Äppelviken le pareció un lugar extraño y desconocido cuando, por primera vez en dieciocho meses, Lisbeth enfiló el camino de la entrada con su alquilado Nissan Miera. Desde que cumplió los quince años solía ir un par de veces al año a la residencia donde ingresaron a su madre después de que ocurriera Todo Lo Malo. A pesar de sus escasas visitas, Äppelviken había constituido un punto fijo en la existencia de Lisbeth. Era el lugar donde su madre había pasado sus últimos diez años y donde acabó falleciendo con tan sólo cuarenta y tres, después del fatídico y definitivo derrame cerebral.
El nombre de su madre era Agneta Sofia Salander. Los últimos catorce años de su vida habían estado marcados por una sucesión de pequeños derrames cerebrales que le impidieron cuidar de sí misma y realizar sus actividades cotidianas. Hubo períodos en los que no fue posible comunicarse con ella y en los cuales, incluso, le resultó difícil reconocer a Lisbeth.
Pensar en su madre siempre le producía una sensación de desamparo y la sumía en la más absoluta oscuridad. En su adolescencia albergó, durante mucho tiempo, la esperanza de que se curara y de poder establecer algún tipo de relación con ella. Siempre supo que eso no ocurriría jamás.
La madre de Lisbeth era delgada y bajita pero, ni de lejos, tan anoréxica como ella. Al contrario, era realmente guapa y estaba bien proporcionada. Al igual que la hermana de Lisbeth.
Camilla.
Lisbeth no quería pensar en su hermana.
A Lisbeth se le antojaba una ironía del destino que ella y su hermana fueran tan drásticamente distintas. Eran gemelas, nacidas con un intervalo de veinte minutos.
Lisbeth era la primogénita. Camilla era guapa.
Resultaban tan diferentes que era increíble que se hubieran formado en el mismo útero. Si algo del código genético de Lisbeth Salander no hubiera fallado, ella también habría tenido exactamente la misma deslumbrante belleza que su hermana.
Y con toda seguridad habría sido igual de tonta.
Desde su más tierna infancia, Camilla siempre fue extrovertida, popular y una alumna sobresaliente. Lisbeth, en cambio, era callada e introvertida, y raramente contestaba a las preguntas de los profesores, cosa que se reflejaba en unas notas extraordinariamente dispares. Ya en primaria, Camilla se distanció tanto de Lisbeth que ni siquiera iban juntas al colegio. Los profesores y los compañeros advirtieron que las dos chicas nunca se relacionaban y que jamás se sentaban cerca. Desde tercero cursaron sus estudios en clases distintas. Desde que tenían doce años y ocurrió Todo Lo Malo se criaron en diferentes familias de acogida. No se habían visto desde que había cumplido los diecisiete y, en aquella ocasión, Lisbeth terminó con un ojo morado y Camilla con un labio partido. Lisbeth desconocía el paradero actual de Camilla, pero tampoco había hecho ningún esfuerzo por averiguarlo.
No había amor entre las hermanas Salander. A ojos de Lisbeth, Camilla era falsa, manipuladora y mala persona. No obstante, era Lisbeth la que tenía una sentencia judicial que afirmaba que no estaba bien de la cabeza.
En el aparcamiento destinado a las visitas, se abotonó la desgastada chupa de cuero antes de atravesar la lluvia y dirigirse hacia la entrada principal. Se detuvo en un banco y recorrió el recinto con la mirada. Fue en ese lugar, precisamente en ese mismo banco, donde, dieciocho meses antes, vio a su madre por última vez. Le hizo una inesperada visita a la residencia de Äppelviken, cuando se dirigía hacia el norte para ayudar a Mikael Blomkvist a cazar a un asesino múltiple, loco pero metódico. Su madre estaba inquieta y no pareció reconocer muy bien a Lisbeth pero, aun así, no la quería dejar marchar. Contempló a su hija con cierta confusión en la mirada mientras se resistía a soltarle la mano. Lisbeth tenía prisa y se zafó, le dio un abrazo a su madre y salió de allí montada en su moto.
La directora de Äppelviken, Agnes Mikaelsson, pareció alegrarse de ver a Lisbeth. La saludó amablemente y la acompañó a un trastero de donde recogieron una caja. Lisbeth la levantó. Pesaba un par de kilos. Para tratarse de la herencia de toda una vida, no era gran cosa.
– No sabía qué hacer con las pertenencias de tu madre -dijo Mikaelsson-. Pero tenía el presentimiento de que un día aparecerías.
– He estado de viaje -contestó Lisbeth.
Le dio las gracias por guardarle la caja. La llevó hasta el coche y abandonó Äppelviken por última vez.
Algo después de las doce, Lisbeth ya estaba de regreso en Mosebacke. Subió la caja hasta el piso y, sin abrirla, la colocó en un trastero de la entrada y volvió a salir.
Nada más abrir el portal, un coche de la policía pasó a poca velocidad. Lisbeth se detuvo y observó atentamente la autoritaria presencia que se hallaba ante su do-micilio pero, como los agentes no mostraron ningún signo hostil, los dejó ir.
Por la tarde fue a H &M y a KappAhl y renovó su vestuario. Se hizo con un fondo de armario compuesto por pantalones, vaqueros, jerséis y calcetines. No le interesaba la ropa de marca, pero sintió cierto placer en poder comprar, sin pestañear, media docena de vaqueros. La compra más extravagante la realizó en Twilfit, donde adquirió un gran número de bragas y sujetadores a juego. Se trataba, de nuevo, de prendas básicas pero, después de media hora buscando con cierta vergüenza, también cogió un conjunto que le pareció sexy o incluso «porno», y que antes nunca se le habría pasado por la cabeza comprar. Cuando, esa misma noche, se lo probó, se sintió inmensamente ridícula. Lo que vio en el espejo fue una escuálida y tatuada chica vestida con una grotesca indumentaria. Se lo quitó todo y lo tiró a la basura.
Adquirió unos robustos zapatos de invierno en Din Sko y dos pares más finos para estar por casa. También se llevó, por impulso, unas botas negras de tacón que la hacían unos cuantos centímetros más alta. Se hizo, además, con una buena cazadora de invierno de ante marrón.
Llevó las compras a casa y, antes de ir a Ringen para devolver el coche alquilado, se preparó un café y unos sándwiches. Regresó andando y pasó el resto de la tarde sentada en el vano de la ventana, contemplando la bahía de Saltsjön.
Mia Bergman, doctoranda en criminología, cortó la tarta de queso y la decoró con un trozo de helado de frambuesa. Antes de poner un plato para Dag Svensson y otro para ella, sirvió a Erika Berger y Mikael Blomkvist. Malin Eriksson se había negado rotundamente a tomar postre, así que se contentó con un café solo en una peculiar taza de porcelana, decorada a la antigua, con flores.
– Era la vajilla de mi abuela materna -dijo Mia Bergman al ver que Malin examinaba la taza.
– Le da pánico que se rompa alguna de las piezas -apostilló Dag Svensson-. Sólo la saca cuando tenemos visitas muy distinguidas.
Mia Bergman sonrió.
– Me crié en casa de mi abuela durante muchos años y esto es prácticamente lo único que me queda de ella.
– Son preciosas -dijo Malin-. Mi cocina es cien por cien Ikea.
Mikael Blomkvist pasó de las tazas floreadas y, en su lugar, observó con ojos críticos el plato con la tarta de queso. Pensó si no debería aflojarse el cinturón un agujero. Al parecer, Erika Berger compartía la misma sensación.
– Dios mío, yo también debería haber renunciado al postre -dijo como disculpándose mientras miraba de reojo a Malin Eriksson antes de coger la cuchara con decisión.
En realidad no iba a ser más que una sencilla cena de trabajo para, por una parte, dejar asentadas las premisas de la colaboración y, por otra, seguir hablando del número temático de Mille
Dag Svensson y Mia Bergman vivían en Enskede, en un apartamento de un dormitorio. Llevaban saliendo un par de años, y hacía uno que tomaron la decisión de irse a vivir juntos.
Habían quedado sobre las seis. Cuando se sirvió el postre ya eran las ocho y media y todavía no se había dicho ni una sola palabra sobre el verdadero objetivo de la cena. Sin embargo, Mikael había descubierto que Dag Svensson y Mia Bergman le caían bien y que se encontraba muy a gusto en su compañía.
Fue Erika Berger quien, finalmente, dirigió la conversación hacia el tema por el que se habían reunido. Mia Bergman sacó una copia impresa de su tesis y la puso encima de la mesa. Tenía un título sorprendentemente irónico -From Russia with Love- que, evidentemente, hacía alusión al clásico libro de Ian Fleming. El subtítulo era Trafficking, crimen organizado y las medidas tomadas por la sociedad.
– Debéis diferenciar mi tesis del libro que Dag está escribiendo -dijo-. El libro es una agitadora versión centrada en los que se benefician del trafficking. Mi tesis está compuesta por estadísticas, estudios de campo, leyes y por un análisis de cómo la sociedad y los tribunales tratan a las víctimas.
– Es decir, a las chicas.
– Chicas jóvenes, normalmente de quince a veinte años, pertenecientes a la clase obrera y de bajo nivel educativo. A menudo proceden de familias con situaciones bastante conflictivas y no es raro que, ya en su infancia, hayan sido objeto de algún tipo de abuso. Si vienen a Suecia es, por supuesto, porque alguien las ha engañado y les ha metido un montón de mentiras en la cabeza.
– Los traficantes de sexo.
– En ese sentido hay cierta perspectiva de género en la tesis. Es raro que un investigador pueda determinar, tan nítidamente, los papeles que asume cada sexo. Las chicas, víctimas; los chicos, agresores. Con la excepción de unas pocas mujeres que se benefician del negocio, no existe ninguna otra forma de delincuencia en la que la naturaleza sexual constituya por sí misma una condición para el delito. Tampoco hay otra actividad delictiva donde la aceptación social sea tan grande y donde la sociedad haga tan poco para acabar con ella.
– Si lo he entendido bien, Suecia, a pesar de todo, cuenta con una legislación bastante dura en contra del trafficking y del comercio sexual -dijo Erika.
– No me hagas reír. Cientos de chicas (no existe una estadística exacta) son traídas anualmente a este país para trabajar de putas, cosa que, en este caso, debe entenderse como que entregan su cuerpo para que las violen sistemáticamente. Desde que la ley del trafficking entró en vigor no ha sido aplicada por la justicia más que en contadas ocasiones. La primera vez fue en abril de 2003, en el proceso contra aquella loca madame que se sometió a una operación de cambio de sexo. Como era de esperar, la declararon inocente.
– Espera, yo pensaba que la condenaron.
– Condenaron al burdel, pero a ella la absolvieron de las acusaciones de trafficking. Se dio la circunstancia de que las víctimas también iban a ser las testigos de cargo, pero se quitaron de en medio regresando a los países bálticos. Las autoridades intentaron que vinieran al juicio y fueron buscadas por, entre otros, la Interpol. Tras meses de búsqueda llegaron a la conclusión de que resultaba imposible averiguar su paradero.
– ¿Qué pasó con ellas?