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A medio camino en dirección a la muralla, Lisbeth se sintió exhausta, como si todas sus fuerzas la hubiesen abandonado. El corazón le dio un vuelco cuando, de repente, sintió que una mano la agarraba del hombro. Soltó a Geraldine Forbes, se giró y le dio una patada a Richard Forbes en la entrepierna. Él se tambaleó y cayó de rodillas. Lisbeth tomó impulso y le dio otra patada en la cara. Luego se enfrentó a la mirada aterrorizada de George Bland. Lisbeth le dedicó medio segundo de atención antes de volver a coger a Geraldine Forbes y arrastrarla.

Al cabo de unos segundos giró de nuevo la cabeza. A diez pasos por detrás de ellos, Richard Forbes, empujado por las ráfagas de viento, iba dando tumbos y haciendo eses como un borracho.

Un nuevo relámpago partió el cielo en dos y Lisbeth Salander abrió los ojos de par en par.

Por primera vez sintió un paralizante terror.

Detrás de Richard Forbes, a unos cien metros mar adentro, vio el dedo de Dios.

Una imagen momentánea congelada a la luz del relámpago, un pilar negro azabache que se elevó en el cielo hasta desaparecer de su campo de visión.

Mathilda.

No es posible.

Un huracán, sí.

¿Un tornado? Imposible.

Granada no es zona de tornados.

Un gigantesco tornado en una zona donde los tornados no pueden formarse.

Los tornados no se pueden originar en el agua.

Es científicamente imposible.

Es algo único.

Ha venido para llevarme.

George Bland también había visto el tornado. Mutua y simultáneamente, se gritaron que se dieran prisa, pero ninguno de los dos pudo entender lo que el otro decía.

Veinte metros para la muralla. Diez. Lisbeth tropezó y cayó de rodillas. Cinco. En la puerta, volvió la vista atrás por última vez. Divisó vagamente a Richard Forbes en el mismo instante en que era arrastrado hacia el agua como por una mano invisible y desaparecía. Con la ayuda de George Bland introdujo el peso que arrastraba. Tambaleándose, avanzaron por el patio. A través de la tormenta, Lisbeth oyó el ruido de los cristales de las ventanas haciéndose añicos y los penetrantes quejidos de las chapas que se doblaban. Una tabla voló por los aires justo delante de sus narices. Acto seguido, algo le dio en la espalda provocándole dolor. Al alcanzar la recepción, la intensidad del viento disminuyó.

Lisbeth detuvo a George Bland y, agarrándolo del cuello de la camisa, le acercó la cabeza a su boca y le gritó al oído:

– La hemos encontrado en la playa. No hemos visto a su marido. ¿Lo has entendido?

George asintió.

Bajaron a Geraldine Forbes arrastrándola por la escalera. Lisbeth le dio unas patadas a la puerta del sótano. Freddy McBain abrió y los miró fijamente. Luego cogió el peso que arrastraban y, de un tirón, los metió dentro antes de cerrar la puerta. En apenas un segundo el insoportable estruendo de la tormenta se redujo a un simple chirrido y traqueteo de fondo. Lisbeth inspiró profundamente.

Ella Carmichael sirvió una taza de café caliente y se la dio a Lisbeth. Esta se encontraba tan agotada que apenas tenía fuerzas para levantar el brazo. Estaba sentada en el suelo y apoyada contra la pared, completamente rendida. Alguien la había abrigado con mantas. También a George Bland. Estaba empapada y presentaba un corte que sangraba abundantemente, justo por debajo de la rodilla. En los vaqueros tenía un desgarrón de unos diez centímetros que no recordaba haberse hecho. Sin el menor interés observó que Freddy McBain y algunos clientes del hotel atendían a Geraldine Forbes y le ponían una venda en la cabeza. Captó algunas palabras sueltas y entendió que alguien de ese grupo era médico. Se percató de que el sótano estaba lleno; a los clientes del hotel se les habían unido más personas de fuera que buscaban refugio.

Finalmente, Freddy McBain se acercó a Lisbeth Salander y se agachó.

– Está viva.

Lisbeth no contestó.

– ¿Qué ha pasado?

– La hemos encontrado en la playa, delante de la muralla.

– Cuando conté a los clientes que había en el sótano eché en falta a tres personas: tú y los Forbes. Fue Ella quien me dijo que saliste disparada como una loca nada más estallar la tormenta.

– Salí corriendo para buscar a mi amigo George. -Lisbeth hizo señas con la cabeza en dirección a su amigo-. Vive un poco más abajo de la carretera, en un cobertizo que quizá ya no exista.

– Has cometido una estupidez, pero has sido muy valiente -dijo Freddy McBain, mirando de reojo a George Bland-. ¿Visteis al marido, Richard Forbes?

– No -contestó Lisbeth con una mirada neutra.

George Bland negaba con la cabeza mientras observaba a Lisbeth con el rabillo del ojo.

Ella Carmichael ladeó la cabeza y le echó una incisiva mirada a Lisbeth Salander. Ésta se la devolvió con ojos inexpresivos.

Geraldine Forbes se despertó hacia las tres de la madrugada. A esas alturas, Lisbeth Salander se había dormido con la cabeza apoyada contra el hombro de George Bland.

De alguna milagrosa manera, Granada sobrevivió a esa noche. Al amanecer, el temporal había amainado y había sido reemplazado por la peor lluvia que Lisbeth Salander había visto jamás. Freddy McBain dejó salir del sótano a los clientes.

El hotel Keys -que había sido devastado, al igual que toda la costa- iba tener que pasar por una importante reforma. El bar exterior de Ella Carmichael había desaparecido, y un porche había quedado totalmente destrozado. Los postigos de las ventanas habían sido arrancados de cuajo de la fachada y una parte del tejado saliente del hotel se había doblado. La recepción era un caos de escombros.

Lisbeth cogió a George Bland y, tambaleándose, se fueron a la habitación. De manera provisional colgó una manta en el hueco de la ventana para que no entrara la lluvia. George Bland se topó con la mirada de Lisbeth.

– Habrá menos cosas que explicar si decimos que no hemos visto a su marido -comentó Lisbeth antes de que a George le diera tiempo a hacer preguntas.

Él asintió. Lisbeth se quitó la ropa, la dejó caer al suelo y dio un par de palmaditas en la cama. George volvió a asentir, se desnudó y se metió entre las sábanas junto a Lisbeth. Se durmieron en seguida.

A mediodía, cuando ella se despertó, el sol se filtraba entre las nubes. Le dolían todos los músculos del cuerpo y su rodilla se había hinchado tanto que le costaba doblar la pierna. Sigilosamente, se levantó de la cama, se metió bajo la ducha y se quedó mirando a la lagartija verde, que volvía a estar nuevamente en la pared. Se puso unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, y salió cojeando de la habitación sin despertar a George Bland.

Ella Carmichael estaba todavía en pie. Parecía cansada pero ya había montado el bar al lado de la recepción. Lisbeth se sentó a una mesa junto a la barra y pidió un café y un sandwich. De reojo, miró por las ventanas destrozadas de la entrada. Había aparcado un coche de policía. Acababan de traerle el café cuando Freddy McBain salió de su despacho, ubicado junto al mostrador de la recepción, seguido de un agente uniformado. McBain la descubrió allí y, antes de dirigirse a la mesa donde se hallaba Lisbeth, le dijo algo al policía.

– Este es el agente Ferguson. Quiere hacerte unas preguntas.

Lisbeth asintió educadamente. Ferguson parecía cansado. Sacó un cuaderno y un bolígrafo, y apuntó el nombre de Lisbeth.

– Miss Salander, tengo entendido que usted y su amigo encontraron anoche a la esposa de Richard Forbes durante el huracán.

Lisbeth asintió.

– ¿Dónde la encontró?

– En la playa, a poca distancia de la puerta de la muralla -contestó Lisbeth-. Tropezamos prácticamente con ella.

El agente Ferguson tomó nota.

– ¿Dijo algo?

Lisbeth negó con la cabeza.

– ¿Estaba inconsciente?

Lisbeth asintió con un gesto de sensatez.

– Tenía una herida espantosa en la cabeza.

Lisbeth volvió a asentir.

– ¿Sabe usted cómo se la hizo?

Lisbeth negó con un movimiento de cabeza. Ante su falta de palabras, Ferguson pareció algo irritado.

– Había muchos trastos volando por los aires -dijo a modo de ayuda-. A mí casi me da una tabla en la cabeza.

Ferguson asintió con semblante serio.

– ¿Se ha lesionado la pierna?

Ferguson señaló la venda de Lisbeth.

– ¿Qué le ocurrió?

– No lo sé. No descubrí la herida hasta que bajé al sótano.

– Estaba acompañada de un joven.

– George Bland.

– ¿Dónde vive?

– En el cobertizo que hay tras The Coconut, un poco más abajo, de camino al aeropuerto. Si es que queda algo…

Lisbeth se abstuvo de comentar que, en aquel momento, George Bland se hallaba durmiendo en su cama, en la primera planta.

– ¿Vio a Richard Forbes?

Lisbeth negó con la cabeza.

Aparentemente, al agente Ferguson no se le ocurrió ninguna pregunta más y cerró el cuaderno.

– Gracias, miss Salander. Tengo que redactar un informe sobre el fallecimiento.

– ¿Ha muerto?

– ¿La señora Forbes…? No, se encuentra en el hospital de Saint George's. Probablemente les deba la vida a usted y a su amigo. Pero su marido ha muerto. Lo encontraron en el aparcamiento del aeropuerto hace dos horas.

Más de seiscientos metros al sur.

– Estaba muy malherido -explicó Ferguson.

– Qué pena -dijo Lisbeth Salander sin manifestar mayores signos de shocl.

Cuando McBain y el agente Ferguson se hubieron alejado, Ella Carmichael se acercó y se sentó a la mesa de Lisbeth. Sirvió dos chupitos de ron. Lisbeth la observó fijamente.

– Después de una noche así, una necesita recobrar las energías. Invito yo. Invito a todo el desayuno.

Las dos mujeres se miraron. Luego levantaron los vasitos y brindaron.

Durante mucho tiempo, Mathilda iba a ser objeto de estudios científicos y discusiones entre instituciones meteorológicas del Caribe y de Estados Unidos. Tornados de la magnitud de Mathilda eran prácticamente desconocidos en la región. Se consideraba teóricamente imposible que se formaran en el agua. Al final, los expertos se pusieron de acuerdo en que una muy peculiar conjunción de frentes se había aliado para crear un «seudotornado», algo que, en realidad, no era un tornado de verdad, pero que lo parecía. Algunos críticos con esta idea defendieron ciertas teorías sobre el efecto invernadero y la alteración del equilibrio ecológico.

Lisbeth Salander pasaba de las discusiones teóricas. Sabía lo que había visto y decidió evitar que alguna de las hermanas de Mathilda volviera a cruzarse en su camino.

Varias personas sufrieron daños durante la noche. Milagrosamente sólo una había fallecido. Nadie podía entender qué llevó a Richard Forbes a salir en medio de un huracán, excepto, tal vez, esa falta de sensatez que siempre parecía caracterizar a los turistas norteamericanos. Geraldine Forbes no podía contribuir con ninguna explicación. Sufría una grave conmoción cerebral y sólo guardaba unos recuerdos inconexos de los acontecimientos ocurridos durante la noche.

Sin embargo, estaba desconsolada por haberse quedado viuda.