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Caminaban sin prisa. A intervalos regulares, Niederma

Continuaron más de cuatrocientos metros por una senda casi impracticable. Lisbeth tropezó dos veces, pero en ambas Niederma

– Gira a la derecha aquí -dijo Niederma

Unos diez metros después llegaron a un claro. Lisbeth vio una fosa excavada en el suelo. A la luz de la linterna de Niederma

Zalachenko estaba jadeando. Tardó más de un minuto en empezar a hablar.

– Debería decir algo, pero me parece que no tengo nada que decirte.

– No te preocupes -contestó Lisbeth-. Yo tampoco tengo gran cosa que decirte.

Ella le mostró una torcida sonrisa.

– Acabemos con esto de una vez -sentenció Zalachenko.

– Me alegro de que lo último que he hecho haya sido asegurarme de que te detengan -le comentó Lisbeth-. Esta misma noche la policía llamará a tu puerta.

– Chorradas. Sabía que intentarías marcarte ese farol. Has venido aquí para matarme, nada más. No has hablado con nadie.

Lisbeth Salander mostró una torcida sonrisa aún más amplia. De repente, adquirió un aspecto malvado.

– ¿Puedo enseñarte algo, papá?

Se metió la mano en el bolsillo izquierdo de la pernera y sacó un objeto cuadrado. Ronald Niederma

– Todas las palabras que has pronunciado durante la última hora han salido por una radio de Internet.

Levantó su Palm Tungsten T3.

La frente de Zalachenko se arrugó en ese sitio donde deberían haber estado sus cejas.

– A ver -dijo mientras extendía la mano sana.

Lisbeth se lo tiró. Él lo cogió al vuelo.

– ¡Y una mierda! -dijo Zalachenko-. Esto es una Palm normal y corriente.

Cuando Ronald Niederma

«Debería aullar de dolor.»

Niederma

Niederma

«Lo conseguiré.»

Avanzó dos pasos hacia la maleza cuando, por el rabillo del ojo -clic- vio a Alexander Zalachenko levantar el brazo.

«El puto viejo también tiene una pistola.»

El descubrimiento impactó en su cabeza como un latigazo.

Cambió de dirección en el mismo instante en que él disparó. La bala le dio en la parte exterior de la cadera y le hizo perder el equilibrio.

No le dolió.

La segunda bala le alcanzó la espalda y fue a parar a su omoplato izquierdo. Un agudo y paralizante dolor le recorrió el cuerpo.

Cayó de rodillas. Durante unos segundos, fue incapaz de moverse. Era consciente de que Zalachenko estaba a su espalda, a unos seis metros. Obstinada, se puso de pie con un último esfuerzo y dio un tambaleante paso hacia la cortina de arbustos protectores.

Zalachenko tuvo tiempo de apuntar.

La tercera bala impactó a dos centímetros detrás de la parte superior de su oreja. Le perforó el hueso parietal y ocasionó una telaraña de fisuras radiales en el cráneo. Continuó su trayectoria hasta acabar descansando en la materia gris a unos cuatro centímetros por debajo de la corteza cerebral.

Para Lisbeth Salander la descripción médica habría sido puramente académica. En términos prácticos, la bala le provocó un trauma masivo inmediato. Su última percepción fue un shock de color rojo ardiente que se convirtió en una luz blanca.

Luego oscuridad.

Clic.

Zalachenko intentó pegarle otro tiro, pero las manos le temblaban tanto que fue incapaz de apuntar. «Ha estado a punto de escapar.» Al final, se dio cuenta de que Lisbeth ya estaba muerta. Bajó el arma entre temblores mientras la adrenalina le fluía por todo el cuerpo. Miró la pistola. En un principio, había pensado dejarla en casa, pero al final decidió ir a buscarla y se la metió en el bolsillo de la cazadora. Como si necesitara una mascota. «Ella era un monstruo.» Ellos eran dos hombres y además, era Ronald Niederma

Echó un vistazo al cuerpo de su hija. A la luz de la linterna, parecía una muñeca de trapo ensangrentada. Le puso el seguro a la pistola, se la guardó en el bolsillo de la cazadora y se acercó a Ronald Niederma

– Creo que me han vuelto a romper el hueso de la nariz -dijo.

– Idiota -le contestó Zalachenko-. Ha estado a punto de escaparse.

Niederma

– Levántate y ponte derecho, joder.

Zalachenko movió la cabeza con desprecio.

– ¿Qué diablos harías sin mí?

Niederma

– Entiérrala ya, a ver si podemos volver a casa de una vez -ordenó Zalachenko.

En su estado, a Ronald Niederma

Mientras observaba el trabajo de Niederma

Eran las nueve de la noche cuando Zalachenko miró a su alrededor y asintió con la cabeza. Consiguieron encontrar la Sig Sauer de Niederma

Cuando hubo terminado, abrió una cerveza mientras Niederma