Страница 104 из 131
– ¿Por qué lo dices?
– Me da la sensación de que está amargado, de que algo le corroe por dentro.
– Lo siento. Bohman está bien, aunque sigue sin gustarme que haya gente de fuera en el equipo.
Sonja Modig asintió con la cabeza.
– Bueno, ¿y qué vamos a hacer?
– Tendrás que aguantarle lo que queda de semana. Armanskij nos ha dicho que, si no hay resultados, se retirarán. Ponte a investigar y hazte a la idea de que te toca hacer todo el trabajo a ti solita.
Las indagaciones de Sonja Modig cesaron cuarenta y cinco minutos más tarde. La apartaron del equipo. De repente, el fiscal Ekström la convocó a una reunión en su despacho, donde ya estaba Bublanski. Los dos hombres estaban rojos de rabia. El periodista freelance, Tony Scala, acababa de publicar la primicia de que Paolo Roberto había rescatado a la bollera BDSM Miriam Wu de un secuestrador. El texto contenía varios detalles que sólo se conocían en el ámbito de la investigación. Estaba formulado de tal manera que daba a entender que la policía se estaba planteando la posibilidad de dictar auto de procesamiento contra Paolo Roberto por malos tratos graves.
Ekström ya había recibido varias llamadas de periodistas pidiendo información sobre el papel del boxeador en los sucesos. Se dejó dominar por la emoción y los nervios cuando acusó a Sonja Modig de filtrar la historia. Modig declinó de inmediato toda responsabilidad, pero resultó estéril. Ekström quería que abandonara la investigación. Bublanski estaba furioso y cerró filas con Modig.
– Sonja dice que no ha filtrado nada. Para mí, eso es más que suficiente. Es una locura echar a una investigadora con experiencia que ya conoce el caso.
Ekström replicó haciendo patente una abierta desconfianza hacia Modig. Enfurruñado y en silencio, acabó por sentarse a su mesa. Su decisión era inamovible.
– Modig, no puedo demostrar que filtres información, pero no tengo ninguna confianza en ti. Quedas excluida del equipo de este caso desde este mismo instante. Cógete el resto de la semana libre. El lunes te encomendaré otras tareas.
Modig no tenía elección. Asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Bublanski la detuvo.
– Sonja, y que conste en acta, no creo en absoluto en esta acusación y cuentas con mi total confianza. Pero no soy yo el que toma las decisiones. Pásate por mi despacho antes de irte.
Ella asintió con la cabeza. Ekström parecía furioso. El color del rostro de Bublanski había adquirido un tono preocupante.
Sonja Modig volvió a su despacho, donde, antes de la interrupción, ella y Niklas Eriksson se encontraban trabajando con el ordenador de Dag Svensson. La dominaba la ira, estaba al borde de las lágrimas. Eriksson la miró de reojo y notó que algo iba mal, pero no dijo nada. Ella lo ignoró. Se sentó a su mesa y se quedó mirando fijamente al vacío. Un tenso silencio se instaló en la habitación.
Al final, Eriksson se disculpó y anunció que iba al baño. Le preguntó a Modig si quería que le trajera café. Ella negó con la cabeza.
Cuando Eriksson salió, Sonja se levantó y se puso la chaqueta. Cogió su bolso y se dirigió al despacho de Bublanski. Él le señaló la silla de visitas.
– Sonja, no me voy a rendir en este asunto a menos que me echen a mí también. Me parece inaceptable y pienso defenderlo hasta sus últimas consecuencias. De momento permanecerás en la investigación, bajo mis órdenes. ¿Comprendido?
Ella asintió con la cabeza.
– No te vas a marchar a casa ni te vas a tomar el resto de la semana libre, como ha dicho Ekström. Te ordeno que vayas a la redacción de Mille
Sonja Modig respiraba un poco mejor.
– No le he dicho nada a Niklas Eriksson.
– Yo me ocupo de él. Se unirá al grupo de Curt Svensson. ¿Has visto a Hans Faste?
– No. Salió nada más acabar la reunión.
Bublanski suspiró.
Mikael Blomkvist volvió del Södersjukhuset a eso de las ocho de la mañana. Tenía mucho sueño atrasado y, esa misma tarde, debía estar fresco para reunirse con Gu
Sonja Modig fue a la redacción de Mille
– Hay un problema -dijo Erika Berger.
– Tú dirás -contestó Sonja Modig.
– No se trata de que no queramos que se resuelvan los asesinatos o nos neguemos a prestar ayuda a la policía. Os hemos entregado todo el material del ordenador de Dag Svensson. Es una cuestión ética. Los medios de comunicación y los policías no funcionan muy bien juntos.
– Eso ya me ha quedado más claro esta mañana, te lo aseguro -sonrió Sonja Modig.
– ¿Por qué lo dices?
– Por nada. Sólo era una reflexión personal.
– Ah, bueno. Para salvaguardar la credibilidad, los medios de comunicación tienen que mantener una distancia manifiesta con las autoridades. Los periodistas que aparecen cada dos por tres en comisaría y colaboran en las investigaciones oficiales acaban siendo los chicos de los recados de la policía.
– Sí, he conocido a unos cuantos -dijo Modig-. Pero, según tengo entendido, también se da lo contrario: hay policías que se convierten en los chicos de los recados de cierto sector de la prensa.
Erika Berger se rió.
– Tienes razón. Por desgracia, tengo que reconocer que en Mille
Sonja Modig asintió con la cabeza.
– Hay que tener en cuenta dos cosas. En primer lugar, estamos hablando del asesinato de uno de nuestros colaboradores. Desde ese punto de vista, por supuesto que ayudaremos en todo lo que esté en nuestra mano, faltaría más. Pero el segundo aspecto es que hay cosas que no podemos compartir con la policía. Me refiero a nuestras fuentes.
– Puedo ser flexible, me comprometo a protegerlas. No tengo ningún interés en ellas.
– No se trata de si tus intenciones son sinceras o no, ni de nuestra confianza en ti, sino de que nosotros jamás revelamos una fuente, independientemente de las circunstancias.
– De acuerdo.
– A eso hay que añadirle que nosotros estamos llevando nuestra propia investigación, la cual debe ser considerada como un trabajo periodístico. Proporcionaremos información de los resultados a la policía cuando tengamos algo listo para publicar, pero no antes.
Erika Berger arrugó la frente y reflexionó un instante. Al final movió la cabeza, como dándose la razón.
– Bueno, también tengo que seguir siendo capaz de mirarme al espejo por las mañanas. Vamos a hacerlo de la siguiente manera. Puedes trabajar con nuestra colaboradora Malin Eriksson. Ella conoce a la perfección el material, será la responsable de establecer el límite. Su misión será guiarte por el libro de Dag Svensson, del que ya tenéis una copia. El objetivo es elaborar una lista de presuntos culpables.
Cuando cogió el tren de cercanías en Södra Station para ir a Södertälje, Irene Nesser no sabía nada de lo sucedido la noche anterior. Vestía un tres cuartos de cuero negro, pantalones oscuros y un recatado jersey de punto rojo. Llevaba unas gafas colocadas a modo de diadema en la cabeza.
Al llegar a Södertälje, caminó hasta la parada para coger el autobús que iba a Strängnäs. Al subir pidió un billete para Stallarholmen. Poco después de las once, se bajó al sur de Stallarholmen. Estaba en una parada desde donde no había ningún edificio a la vista. Visualizó el mapa en su cabeza. El lago Mälaren quedaba unos cuantos kilómetros al noreste. El campo estaba lleno de las típicas casas de vacaciones y unos cuantos chalés habitados todo el año. La vivienda del abogado Bjurman estaba situada en una zona de casas de recreo a casi tres kilómetros de la parada. Tomó un trago de agua de una botella de plástico y echó a andar. Llegó unos cuarenta y cinco minutos después.
Primero dio un paseo por el lugar examinando el vecindario. La casa de la derecha estaba a más de ciento cincuenta metros y no había nadie. A la izquierda, había un barranco. Dejó atrás dos casas de campo antes de llegar a una pequeña urbanización donde advirtió señales de vida; una ventana abierta y una radio encendida. Pero se encontraba a unos trescientos metros de la casa de Bjurman, de modo que podría trabajar relativamente tranquila.
Se había llevado las llaves que encontró en el piso de Bjurman. No tuvo problemas para abrir la puerta. La primera medida que tomó consistió en dejar abiertos los postigos de una ventana de la parte trasera de la casa, lo que le ofrecía una salida alternativa en caso de que surgiera algún percance en el porche. El problema potencial que visualizaba era que a algún policía se le ocurriera darse una vuelta por allí.
La casa de campo de Bjurman era una construcción antigua, compuesta por un cuarto de estar relativamente grande, un dormitorio y una pequeña cocina con agua corriente. Una rudimentaria letrina, sin instalación de agua ni luz situada al fondo del jardín, hacía las veces de cuarto de baño. Dedicó veinte minutos a registrar armarios, roperos y cómodas. No encontró ni un solo papel que pudiera tener algo que ver con Lisbeth Salander o con Zala.
Por último, salió al jardín y examinó el retrete y una leñera. Allí no había nada de valor ni ninguna documentación. El viaje había sido en vano.
Se sentó en el porche, bebió más agua y se comió una manzana.
Cuando fue a cerrar los postigos de la ventana, se detuvo en el vestíbulo y reparó en una escalera de aluminio de un metro de alto. Volvió a entrar en el cuarto de estar y examinó el techo revestido de madera. La trampilla que daba al desván, situada entre dos vigas, resultaba casi imperceptible. Cogió la escalera y la abrió. Encontró cinco carpetas de tamaño A4.
El gigante rubio estaba preocupado. Todo se había ido al garete y las desgracias se sucedían sin cesar.