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Sorteando las mesas del Café Hedon con dos ardientes vasos de caffè latte en las manos, Mikael Blomkvist pasó a menos de dos metros por detrás del abogado Nils Bjurman hasta donde estaba sentada Erika Berger. En su vida habían oído hablar del abogado, de modo que no repararon en su presencia.
Erika arrugó la nariz y desplazó un cenicero para hacer sitio a los vasos. Mikael colgó la cazadora en el respaldo de la silla, se acercó el cenicero y encendió un cigarrillo. Erika odiaba el humo del tabaco y miró algo molesta a Mikael. Él le pidió disculpas y, soplando, le apartó el humo.
– Creía que lo habías dejado.
– Una recaída pasajera.
– Voy a dejar de acostarme con hombres que huelan a tabaco -dijo con una amable sonrisa.
– No problem. El mundo está lleno de chicas menos quisquillosas -replicó Mikael, devolviéndole la sonrisa.
Erika Berger alzó la mirada al cielo.
– ¿Cuál es el problema? He quedado con Charlie dentro de veinte minutos. Vamos a ir al teatro.
Charlie era Charlotta Rosenberg, la amiga de infancia de Erika.
– Nuestra chica en prácticas me saca de quicio. Encima es hija de una de tus amigas. Lleva dos semanas con nosotros y se va a quedar ocho más. No sé si la aguantaré tanto tiempo.
– Me he dado cuenta de que te echa miradas lascivas. Espero, por supuesto, que te portes como un caballero.
– Erika, la chica tiene diecisiete años y una edad mental de poco más de diez. Y estoy siendo muy generoso.
– Lo que le pasa es que está impresionada por haberte conocido. Simple idolatría, sin duda.
– Anoche, a las diez y media, llamó al telefonillo de casa, dispuesta a subir con una botella de vino.
– Ufff -dijo Erika Berger.
– Guárdate tus ufff -replicó Mikael-. Si tuviera veinte años menos, tal vez no lo dudaría ni un segundo. Pero, por Dios… tiene diecisiete años. Yo voy a cumplir cuarenta y cinco.
– No me lo recuerdes. Tenemos la misma edad.
Mikael Blomkvist se inclinó hacia atrás y sacudió la ceniza del cigarrillo.
Mikael Blomkvist tenía muy presente que el caso We
Resultaba obvio que quienes lo invitaban lo hacían porque deseaban incorporarlo a su círculo de conocidos; de ahí, el beso de bienvenida que le daban en la mejilla esas personas que apenas le habían dado la mano anteriormente, pero que ahora querían parecer íntimos amigos y confidentes. No se trataba tanto de colegas de los medios de comunicación -a ésos ya los conocía y con ellos ya tenía alguna relación, buena o mala- como de las, así llamadas, personalidades del mundo de la cultura: actores, mediocres contertulios de la vida social y famosos de pacotilla. Simplemente, les daba prestigio contar con Mikael Blomkvist como invitado en una fiesta de presentación de algo o en una cena privada. A lo largo del último año le habían estado lloviendo invitaciones y solicitudes para participar en un evento tras otro. Empezaba a ser una costumbre contestar diciendo cosas como «me encantaría pero, lamentablemente, tengo otro compromiso», etcetera.
A las desventajas de su condición de famoso también se sumaba una creciente oleada de rumores. En una ocasión, un conocido se puso en contacto con él tras haber oído que Mikael había acudido a un centro de desintoxicación para drogadictos. En realidad, el consumo total de drogas que Mikael había realizado desde su adolescencia se limitaba a unos cuantos porros y a la cocaína que probó una vez, hacía ya más de quince años, con una chica holandesa cantante de un grupo de rock. El consumo de alcohol se lo había tomado más en serio, aunque, aun así, se reducía a alguna que otra borrachera en una cena o en una fiesta. Cuando acudía a algún bar, raramente se bebía más de una pinta de cerveza; tampoco le importaba tomarla sin alcohol. En el mueble bar de su casa tenía vodka y unas cuantas botellas de whisky de malta que le habían regalado y que abría tan pocas veces que resultaba ridículo.
El hecho de que Mikael fuera soltero y de que hubiera tenido varias aventuras y relaciones esporádicas era bien conocido tanto dentro como fuera de su círculo de amistades, lo cual daba lugar a otra serie de rumores. Hacía ya mucho tiempo que su relación con Erika Berger era objeto de numerosas especulaciones. Durante el último año éstas habían sido completadas con afirmaciones tales como que Mikael iba de cama en cama, ligaba sin parar y se aprovechaba de su condición de famoso para tirarse, una tras otra, a las clientas de todos los bares de Estocolmo. El rumor llegó a tal extremo que un periodista que apenas conocía a Mikael le preguntó si no debería pedir ayuda para que lo trataran de su adicción al sexo. El comentario surgió a raíz de que un célebre actor norteamericano acudiera a una clínica especializada en el tratamiento de dicho problema.
Es cierto que Mikael había tenido numerosas y breves relaciones; en alguna ocasión incluso mantuvo varias simultáneamente. Ni él mismo sabía muy bien a qué se debía. Era consciente de que físicamente no estaba mal pero nunca se había considerado especialmente atractivo. Sin embargo, a menudo le decían que poseía un algo especial que provocaba que las mujeres se interesaran por él. Una vez, Erika Berger le comentó que irradiaba, al mismo tiempo, confianza en sí mismo y seguridad, y que tenía el don de hacer que las mujeres se sintieran relajadas y sin necesidad de demostrarle nada. Acostarse con él no era ni incómodo, ni complicado, ni arriesgado; más bien estaba desprovisto de exigencias y resultaba eróticamente placentero. Como debía ser, según Mikael.
Al contrario de lo que pensaba la mayoría de sus amigos, Mikael nunca había sido un ligón. Como mucho, se hacía notar y daba a entender que estaba dispuesto, pero siempre dejaba que la mujer tomara la iniciativa. Las más de las veces el sexo llegaba como una consecuencia lógica. Las mujeres con las que acababa acostándose raramente eran ocasionales one night stands; es cierto que ese tipo de mujeres también había existido, pero, en general, terminaban siendo sesiones bastante insatisfacto-rias. Las mejores relaciones de Mikael habían sido con personas que había llegado a conocer bien y que le gustaban. Por eso no era fruto de la casualidad que, veinte años antes, hubiera iniciado una relación con Erika Berger: eran amigos y se atraían mutuamente.
Sin embargo, la fama adquirida en los últimos tiempos había provocado que las mujeres se sintieran cada vez más atraídas por su persona de una forma que a él se le antojó rarísima e incomprensible. Lo más sorprendente era que las jóvenes le tiraran los tejos impulsivamente en las situaciones más inesperadas.
No obstante -por muy cortas que fuesen sus faldas y por muy bien proporcionados que estuviesen sus cuerpos-, el interés de Mikael se dirigía a un tipo de mujer completamente distinto al de las entusiastas adolescentes. Cuando era más joven, las chicas con las que salía tenían, por lo general, más edad que él; en algunos casos eran, incluso, bastante mayores y mucho más experimentadas. A medida que fue cumpliendo años, sin embargo, la diferencia se fue compensando progresivamente. Sin lugar a dudas, Lisbeth Salander, con veinticinco años, había bajado notablemente la media de edad de sus compañeras de cama.
Esa era la razón de su apresurada reunión con Erika.
Con el objeto de hacerle un favor a una de las amigas de Erika, Mille
No tardó en darse cuenta de que ella no perdía ocasión de acercarse a él. Mikael fingía no percatarse de sus avances -exageradamente obvios-, cosa que sólo provocó que ella redoblara sus esfuerzos. Resultaba simplemente fastidioso.
De repente, Erika Berger se rió.
– No me lo puedo creer: sufres acoso sexual en el trabajo.
– Ricky, esto me resulta muy desagradable. Por nada del mundo quisiera herirla o avergonzarla. Pero es menos sutil que una yegua en celo. Estoy algo preocupado por lo que pueda llegar a hacer.
– Mikael, está enamorada de ti y, sencillamente, es demasiado joven para saber cómo actuar.
– Sorry. Te equivocas. Sabe jodidamente bien cómo hacerlo. Hay algo raro en su comportamiento y le está empezando a molestar que yo no muerda el anzuelo. Y lo que menos necesito ahora es otra ola de rumores que me presente como un viejo verde tipo Mick Jagger a la caza de conejitas.
– De acuerdo. Lo entiendo. O sea, que anoche ella se presentó en tu casa.
– Con una botella de vino. Dijo que había estado en la fiesta de un «conocido» que vivía en el barrio, intentando que su visita sonara a simple casualidad.
– ¿Y qué le contestaste?
– No la dejé pasar. Mentí y le dije que llegaba en un momento inoportuno, que estaba con una mujer.
– ¿Y cómo se lo tomó?
– Se mosqueó de la hostia pero se largó.
– ¿Y qué quieres que yo haga?
– Get her off my back. El lunes pienso hablar con ella en serio. O para o la echo a patadas de la redacción.
Erika Berger meditó un momento.
– No. No le digas nada. Hablaré con ella.
– No tengo elección.
– Está buscando un amigo, no un amante.
– No sé lo que andará buscando, pero…
– Mikael, yo también he pasado por eso. Hablaré con ella.
Nils Bjurman, al igual que cualquiera que hubiera visto la tele o leído un periódico durante el último año, sabía quién era Mikael Blomkvist. Sin embargo, no lo reconoció; y, aunque lo hubiese hecho, no habría reaccionado. Ignoraba por completo que existiera un vínculo entre la redacción de Mille
Además, estaba demasiado inmerso en sus propios pensamientos como para prestarle atención a su entorno.
Liberado, por fin, de su parálisis intelectual había empezado a analizar lentamente su propia situación y a cavilar sobre cómo aniquilar a Lisbeth Salander.
El problema giraba en torno a un solo escollo: el mismo de siempre.
Lisbeth Salander disponía de una película de noventa minutos que había grabado con cámara oculta y que mostraba en detalle cómo la violaba. Había visto la película. No daba pie a interpretaciones benévolas. Si alguna vez llegara al conocimiento del fiscal o -aún peor- si cayera en las garras de los medios de comunicación, su vida, su carrera profesional y su libertad se acabarían. Gracias a sus conocimientos de las penas impuestas por violación con agravantes, aprovechamiento de una persona en situación de dependencia, maltrato y maltrato grave, estimaba que le caerían unos seis años de cárcel. Un fiscal quisquilloso podría, incluso, apoyarse en una parte de la película para alegar intento de asesinato.
Le había faltado poco para ahogarla durante la violación, cuando, excitado, le hundió un cojín en la cara. Ojalá hubiera llegado hasta el final.